Redacción
Miércoles, 26 de Octubre de 2022
HABLEMOS

Censura y oligopolio editorial

Carlos Domínguez

[Img #71187]   Tanto por el lado de lo correcto como de lo incorrecto, pues ¡ay, ay, ay! con la parcelita propia, la plebécula mediática practica el veto y la exclusión. Salvo honrosas excepciones que tienen que ver con la modestia, y de hecho la razón y la libertad siempre lo fueron, el oficialismo de uno u otro signo escribe, larga, pontifica con sus amigotes, paniaguados y serviles, en espectáculos matutinos que causarían espanto de quedar aún por lares gacetilleros un mínimo de rubor y  pundonor.

 

   Vista la degradación de lo que en su día mereció el calificativo mayor de prensa libre, es decir, opiniones críticas y abiertas, el asunto no requiere comentario. Aun así, el esperpento diario en tales ámbitos oculta algo de más gravedad, como es el cerrojazo al verdadero pensamiento, nunca exabruptos de cualquier mastuerzo sabelotodo provisto de cámara o micrófono, sino producciones de naturaleza científica que no encajan en los cánones de la corrección/incorrección habitual. La auténtica censura no es la que se acredita con singular desparpajo en supuestos medios informativos, altavoces indistintos de una divulgación y publicidad mercachifle. El veto clamoroso es el instaurado por oligopolios editoriales con sellos que, amparándose en el falso pedigrí de avant-garde progresista, ejercieron y ejercen de púlpitos del marxismo con sus innumerables vástagos, igual que de adláteres obsequiosos de la rancia patulea del sesenta y ocho. Estructuralismo y pensamiento débil, cual aseado remake del Soviet estalinista; ou non?

 

   No es preciso señalar ni en Barcelona ni en Madrid, pues marcas y logos están en la mente de todos. Pero con independencia de la bochornosa línea favorable a la tirada de los más burdos panfletos de las ideologías de moda cuando no del cuore, ello bajo índex de la actual corrección/incorrección, producciones teóricas fruto de una investigación rigurosa no tienen la menor oportunidad, al dictado de los mastodontes que señorean, como hicieron  a lo largo del último medio siglo, el mundo editorial por aquí de habla hispana. Suele aducirse que, a diferencia quizá de novelillas “históricas” hoy tan publicitadas, esas obras no venden, a raíz de la calidad de un público ajeno a estrictas inquietudes intelectuales. Pero la cuestión no se halla en la rentabilidad, dado que los multimillonarios grupos en ese campo no se rigen por cálculos económicos. Su misión es ideológica, en alianza con la política y sus aparatos.

 

   Cuando, para publicar, un oligopolio pide al autor el aval o la socorrida subvención de la institución que lo apadrina, llámese Universidad, Fundación, Sociedad o lo que se quiera, en el fondo le importan un bledo los pocos miles de euros que va a embolsarse. Si bien ayudan, lo que interesa es la relación con estructuras funcionariales o académicas infeudadas, buscando asegurar por lo empresarial, social y “cultural”, una posición de dominio en provechoso maridaje con las tupidas redes del poder. A lo cual se añadiría la propina de la subvención, a sabiendas por otro lado de la situación de práctica supervivencia que atraviesan las pequeñas editoriales, por motivos financieros y a menudo por falta del valor que en otro tiempo caracterizó la libre difusión de las ideas, al margen de criterios de oportunidad. Monetarios, sin descartar otros menos confesables.

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