Mª Soledad Martín Turiño
Martes, 03 de Enero de 2023
ZAMORANA

Un cuento, una historia, un deseo

[Img #73581]Cae la noche sobre este pueblo zamorano pequeño y deshabitado; en el interior de alguna casa se encienden las luces y un puntito de esperanza abriga el alma al verlas: no todo está perdido.

 

Llegaron procedentes de un país pobre que no les ofrecía ningún futuro; era un grupo de diez o doce personas entre los que había algunos niños que correteaban ajenos al cansancio reflejado en el rostro de los mayores. Decidieron huir de su vida anterior porque la amenaza de una invasión era cada vez más inquietante; vendieron sus pertenencias, sacaron a la calle sus enseres domésticos haciendo un mercadillo al que se acercaban los curiosos para mirar más que adquirir, y malvendieron la casa con el pedazo de huerta aneja que les mataba el hambre surtiéndoles de verduras y hortalizas.

 

Se habían reunido en el bar del pueblo, siempre vacío, en una noche como esta: oscura y triste. En silencio, cada uno fue poniendo en el centro de la mesa el dinero que tenía; lo juntaron, lo contaron y lo dividieron en partes iguales entre las cuatro familias. A nadie se le ocurrió porfiar si alguien merecía más o si el vecino había conseguido menos; lo importante era que juntos habían tomado una decisión y debían estar unidos para que se materializara.

 

Con el capital conseguido les daba para comprar los billetes de avión y huir lo más lejos posible, además de un pequeño colchón para sobrevivir un tiempo hasta que se instalaran. Este pequeño pueblo de Zamora fue el elegido, aunque no lo hicieron por un deseo especial; tan solo el dedo marcó un punto minúsculo en el mapa y a él fue donde se dirigieron.

 

Al llegar, hablaron con el alcalde dispuestos a afincarse allí, trabajar en lo que fuera menester y escolarizar a sus hijos. El edil, cuando vio el grupo de gentes desesperadas por empezar una nueva vida sin miedos, no pudo menos que emocionarse. El pueblo era pequeño, no había trabajo y apenas se cultivaba el campo por falta de manos; era, en fin, uno de esos lugares dejados de la mano de Dios, un sitio por el que nadie se interesa y cuya existencia a nadie preocupa.

 

Las casas vacías estaban medio derruidas, la maleza crecía en las calles sin asfaltar y los cardos secos emergían por todas partes dando idea de un descuido al que todos se habían acostumbrado. Sin embargo, el alcalde era un hombre tozudo y desesperado por esa dejadez, así que se le ocurrió pedirles que acondicionaran las casas vacías que nadie reclamaba y se instalaran en ellas. Los inmigrantes, tanto hombres como mujeres, se aplicaron a la tarea: eligieron las casas que estaban en mejor estado y fueron reparando tejados, reforzando muros y construyendo cercados con materiales provenientes de las otras viviendas medio destruidas. Al cabo de unos meses, siempre bajo la atenta vigilancia del alcalde, que les ayudó raspando una pequeña cantidad procedente del erario público, las familias estaban acomodadas en cuatro casas que habían pintado y embellecido; pero ahí no acabó la cosa. Cuando terminaron con las viviendas, desbrozaron maleza, quitaron cardos, allanaron las calles y, de acuerdo con el ayuntamiento, ayudaron en la tarea de desescombrar y eliminar las ruinas de las viejas viviendas.

 

Eran personas trabajadoras, curtidas en el esfuerzo y lo que para ellos fue una forma lógica de empezar, los vecinos lo vieron también como un cambio para el pueblo. Algunos les contrataron para que pintaran sus casas, para hacer obras de albañilería, electricidad o pequeños trabajos que ellos ya no podían llevar a cabo en unas casas enormes y con muchos años; y las mujeres cuidaban a personas ancianas que vivían solas ocupándose de la comida y limpieza. El cura se encargó de instruir a los niños y darles plaza en el pueblo contiguo, a apenas un par de kilómetros, y era él quien los llevaba a la escuela cada día.

 

Con el transcurrir de los meses, el pueblo había cambiado radicalmente, no solo en el exterior, que aparecía más pulcro y cuidado, sino en que se había instalado un sentimiento de unidad entre todos los vecinos, tanto los autóctonos, como los foráneos; ahora todos eran de allí y estaban contentos de que así fuera.

 

Las familias empezaron a crecer, nacieron tres niños más y el grupo siguió plantando en sus cercados las verduras y hortalizas, tal y como habían hecho en su país. Adquirieron también algunos animales domésticos y de ellos consumían leche, huevos y carne.

 

Fue tal la novedad que causaron con su llegada, que los pueblos colindantes les contrataban para labores domésticas o derivadas de las pequeñas granjas; de este modo fueron abriéndose paso mientras se acostumbraban a aquella forma de vida que les había acogido desde la otra parte de lo que fue su mundo anterior.

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Esto, que solo es un cuento de Navidad, fruto del delirio de la pluma que escribe a su libre albedrío, podría ser un hecho si se reivindicaran los pueblos de Zamora, si se les dotara de gente dispuesta a instalarse en ellos con unas mínimas condiciones de estabilidad; invirtiendo, atrayendo a gente de las ciudades, ofreciendo posibilidades de trabajo o instalando empresas que impidieran la huida a las grandes ciudades.

 

¡Ojalá este cuento se haga realidad! Aún no ha terminado la Navidad.

 

 

Mª Soledad Martín Turiño

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