ZAMORANA
Lo que fuimos y lo que somos
Lo que fue un día, aquello que marcó la existencia, que puso un punto de felicidad que, erradamente, soñaba sería eterna… todo es ya pasado.
Hay un momento en la vida, cuando se han cumplido casi dos tercios de ella y se dispone de más tiempo, porque la obligada actividad laboral ha cesado, que una mañana, te levantas y no te reconoces en el espejo: arrugas, flaccidez, ojeras, cansancio… signos visibles de la edad que nos apresuramos a ocultar con un baño de chapa y pintura para hacernos más gratos, para fingir que la imagen primera era un espejismo y es esta nuevo, maquillada y mejorada, la que nos corresponde; en esta sociedad en la que prima la imagen.
También ocurre a quienes pensamos demasiado, que se siente una punzada de vértigo al constatar que los hijos han crecido y hecho sus vidas, los padres se van irremediablemente, y comprobamos que nosotros somos los siguientes, y ante eso surgen las preguntas: ¿ha merecido la pena? ¿he aprovechado el tiempo?, o las constataciones: pude haber hecho mejor las cosas, aprendido más, viajado a otros lugares, conocido a más personas, pude haberme dedicado a los demás, ayudar a quien lo necesitaba, no centrarme tanto en mi propio egoísmo…. y, en un exceso de optimismo, creemos que aún hay tiempo, que pueden hacerse aquellas cosas que faltan, que se puede revertir la situación, pero nos agota la posibilidad de comenzar de nuevo, de poner toda la carne en el asador, de seguir luchando, porque eso es justamente lo que hemos hecho siempre y ahora todo el mundo dice que toca descansar, dedicarse a uno mismo, gozar de lo que siempre quisimos y aún no se ha realizado.
Sin embargo, cuando la mente deambula por impensados derroteros y no somos capaces de ponerle freno, a menudo nos sonrojan ideas o recuerdos que vivimos un día y de los que no nos sentimos orgullosos, por eso los aparcamos en un lugar recóndito como si no los hubiéramos protagonizado nunca: gente a la que ofendimos sin merecerlo, palabras que enmudecieron cuando debieron ser pronunciadas, acciones que debimos emprender y se quedaron en nada…
La mutabilidad de la vida, la desaparición de personas queridas, o la vejez que llega de pronto sin estar preparados, son detonantes suficientes para sentarse a reflexionar y poner remedio a aquello que nos mortifica; nada mejor que ir ligero de equipaje, deshacerse de lo innecesario, eliminar rémoras, poner orden en una vida relajada que no apabulle con objetos, tanto materiales como mentales, que nos estorben; solo así el tiempo fluirá en la certeza de que estamos preparados y, por supuesto, gozar de las cosas pequeñas, de la cotidianidad, del gesto de un niño, el nacimiento de una flor, el sonido de la lluvia o el silbido del viento, porque eso sí que merece la pena.
Mª Soledad Martín Turiño
Lo que fue un día, aquello que marcó la existencia, que puso un punto de felicidad que, erradamente, soñaba sería eterna… todo es ya pasado.
Hay un momento en la vida, cuando se han cumplido casi dos tercios de ella y se dispone de más tiempo, porque la obligada actividad laboral ha cesado, que una mañana, te levantas y no te reconoces en el espejo: arrugas, flaccidez, ojeras, cansancio… signos visibles de la edad que nos apresuramos a ocultar con un baño de chapa y pintura para hacernos más gratos, para fingir que la imagen primera era un espejismo y es esta nuevo, maquillada y mejorada, la que nos corresponde; en esta sociedad en la que prima la imagen.
También ocurre a quienes pensamos demasiado, que se siente una punzada de vértigo al constatar que los hijos han crecido y hecho sus vidas, los padres se van irremediablemente, y comprobamos que nosotros somos los siguientes, y ante eso surgen las preguntas: ¿ha merecido la pena? ¿he aprovechado el tiempo?, o las constataciones: pude haber hecho mejor las cosas, aprendido más, viajado a otros lugares, conocido a más personas, pude haberme dedicado a los demás, ayudar a quien lo necesitaba, no centrarme tanto en mi propio egoísmo…. y, en un exceso de optimismo, creemos que aún hay tiempo, que pueden hacerse aquellas cosas que faltan, que se puede revertir la situación, pero nos agota la posibilidad de comenzar de nuevo, de poner toda la carne en el asador, de seguir luchando, porque eso es justamente lo que hemos hecho siempre y ahora todo el mundo dice que toca descansar, dedicarse a uno mismo, gozar de lo que siempre quisimos y aún no se ha realizado.
Sin embargo, cuando la mente deambula por impensados derroteros y no somos capaces de ponerle freno, a menudo nos sonrojan ideas o recuerdos que vivimos un día y de los que no nos sentimos orgullosos, por eso los aparcamos en un lugar recóndito como si no los hubiéramos protagonizado nunca: gente a la que ofendimos sin merecerlo, palabras que enmudecieron cuando debieron ser pronunciadas, acciones que debimos emprender y se quedaron en nada…
La mutabilidad de la vida, la desaparición de personas queridas, o la vejez que llega de pronto sin estar preparados, son detonantes suficientes para sentarse a reflexionar y poner remedio a aquello que nos mortifica; nada mejor que ir ligero de equipaje, deshacerse de lo innecesario, eliminar rémoras, poner orden en una vida relajada que no apabulle con objetos, tanto materiales como mentales, que nos estorben; solo así el tiempo fluirá en la certeza de que estamos preparados y, por supuesto, gozar de las cosas pequeñas, de la cotidianidad, del gesto de un niño, el nacimiento de una flor, el sonido de la lluvia o el silbido del viento, porque eso sí que merece la pena.
Mª Soledad Martín Turiño




















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