HABLEMOS
Única causa
Carlos Domínguez
Una sociedad enferma, que bajo dominio del Estado y sus burocracias ha perdido toda dignidad y humanidad, hace chacota en plenas Navidades y cada 28 de diciembre de lo que, real o no, se tendrá por primer genocidio del Estado aniquilando la familia y a quien, he ahí lo abyecto de la acción, se hallaba libre de culpa por la inocencia de la edad. Al menos para nuestra civilización, pues los secuaces del indigenismo y la pachamama prefieren pasar por alto los ritos sacrificiales de miles de niños, cuyas vidas se inmolaron a las muy ecológicas y sangrientas deidades de la América precolombina.
Inocentes inmaculados los hay y habrá siempre, pues la figura del Hombre, ese nuevo Ídolo elevado a los altares de la Sociedad y del Estado, lleva a infamias sin cuento, verdadera historia universal parafraseando a un Borges sorprendentemente visionario y lúcido. Es por ello que cualquiera se pregunta si el Estado social del Bienestar, garantizando por encima de todo el maná clientelar de viejos pensionados, no oculta una gran Infamia tras las formas planificadas de la mal llamada interrupción del embarazo, de la mano de ideologías que, entre otras perlas, propalan aquello del: “nosotras parimos, nosotras decidimos”.
Más allá de subterfugios sobre la naturaleza del embrión, sobre plazos e incluso deformidades, la ignominia no puede ser mayor cuando el Tribunal Supremo de EEUU deroga el derecho al aborto, para evidenciar lo monstruoso de que millones y millones de vidas humanas, infinitos seres privados del derecho a existir a lo largo de décadas, lo fueron en la sinrazón de un legalismo, del quítame allá esas pajas de un voto de más o de menos, emitido por quienes, investidos del supuesto manto moral y prístino de sus togas, decidieron en su día, igual que deciden ahora, que el nasciturus tenía o no derecho a ser alumbrado. No es preciso abundar en la inmoralidad que subyace a la ingeniería masiva y socializada del aborto, contando con el patrocinio del Estado. Se trata de la peor plaga que, bajo paraguas de unas mismas siglas e ideología, impera hoy sobre cualquier signo no ya de libertad, sino de estricta humanidad. La resistencia, la lucha contra el aborto como práctica socializada y masiva dadas las cifras, representa en la época actual la única causa. Libre de culpa, que para él siempre sería la abstracta del Hombre, el nasciturus tiene derecho a vivir porque en ello, a diferencia del animal y por mucho que lo nieguen, radica la verdadera esencia de lo humano. Inseparable de la maternidad.
Una sociedad enferma, que bajo dominio del Estado y sus burocracias ha perdido toda dignidad y humanidad, hace chacota en plenas Navidades y cada 28 de diciembre de lo que, real o no, se tendrá por primer genocidio del Estado aniquilando la familia y a quien, he ahí lo abyecto de la acción, se hallaba libre de culpa por la inocencia de la edad. Al menos para nuestra civilización, pues los secuaces del indigenismo y la pachamama prefieren pasar por alto los ritos sacrificiales de miles de niños, cuyas vidas se inmolaron a las muy ecológicas y sangrientas deidades de la América precolombina.
Inocentes inmaculados los hay y habrá siempre, pues la figura del Hombre, ese nuevo Ídolo elevado a los altares de la Sociedad y del Estado, lleva a infamias sin cuento, verdadera historia universal parafraseando a un Borges sorprendentemente visionario y lúcido. Es por ello que cualquiera se pregunta si el Estado social del Bienestar, garantizando por encima de todo el maná clientelar de viejos pensionados, no oculta una gran Infamia tras las formas planificadas de la mal llamada interrupción del embarazo, de la mano de ideologías que, entre otras perlas, propalan aquello del: “nosotras parimos, nosotras decidimos”.
Más allá de subterfugios sobre la naturaleza del embrión, sobre plazos e incluso deformidades, la ignominia no puede ser mayor cuando el Tribunal Supremo de EEUU deroga el derecho al aborto, para evidenciar lo monstruoso de que millones y millones de vidas humanas, infinitos seres privados del derecho a existir a lo largo de décadas, lo fueron en la sinrazón de un legalismo, del quítame allá esas pajas de un voto de más o de menos, emitido por quienes, investidos del supuesto manto moral y prístino de sus togas, decidieron en su día, igual que deciden ahora, que el nasciturus tenía o no derecho a ser alumbrado. No es preciso abundar en la inmoralidad que subyace a la ingeniería masiva y socializada del aborto, contando con el patrocinio del Estado. Se trata de la peor plaga que, bajo paraguas de unas mismas siglas e ideología, impera hoy sobre cualquier signo no ya de libertad, sino de estricta humanidad. La resistencia, la lucha contra el aborto como práctica socializada y masiva dadas las cifras, representa en la época actual la única causa. Libre de culpa, que para él siempre sería la abstracta del Hombre, el nasciturus tiene derecho a vivir porque en ello, a diferencia del animal y por mucho que lo nieguen, radica la verdadera esencia de lo humano. Inseparable de la maternidad.





















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