Redacción
Martes, 10 de Enero de 2023
HABLEMOS

Relativismo y suicidio cultural

Carlos Domínguez

[Img #73794]   Al presente, una plétora de subproductos invade el otrora fértil predio de la cultura, con ayuda de la plebécula mediática y sus infatigables púlpitos. Invasión en todos los órdenes, así la literatura, el pensamiento y el arte, especialmente una música cuya degradación llega a límites insospechados de la mano de ritmos con etiqueta original de choza vudú, sin excluir resabios de plantación esclavista. Occidente se enfrenta a un relativismo cultural como depurada forma de ideología, viniendo a denigrar con designio calculado lo mejor de su bagaje espiritual. Causa estupor ver cómo dentro de la actual sociedad de masas jóvenes y viejos, éstos con sesentayocho y añada a las espaldas, hacen objeto de culto aquello que al hilo de un variopinto repertorio constituye la antítesis de lo que no ha mucho se entendía cultura, fruto del trabajo de siglos llevado a cabo por las naciones europeas. Sería enojoso dar nombres, pero ya metidos en harina musical, baste recordar uno solo, Bach. Y yendo a la obra de semejante coloso, la pregunta es: ¿dónde se escucha y… suena Bach, más allá de círculos meritorios pero absolutamente restringidos?

 

   El relativismo que hace bueno el principio del “todo vale” desde la  excusa de una falsa autenticidad, confundida con la improvisación, la torpeza y la vulgaridad, para producir naderías que buscan una mínima justificación en la ideología multi, indi, eco, trans y demás, aboca a un verdadero suicidio, pues posiblemente el grado de perversión ha alcanzado un punto de no retorno, sin posibilidad de recuperar todo un acervo artístico, filosófico e intelectual. Occidente atravesó períodos convulsos, durante los cuales la cultura se abismó en profundas crisis de identidad, a merced del salvajismo, el primitivismo o la barbarie. Pero aún en tales coyunturas latía una promesa de futuro, anunciando la síntesis entre lo nuevo y lo viejo, retomando por razones de primacía y valor la acrisolada huella de nuestra tradición. Hoy, conforme a la barbarie sutil de la sociedad y la democracia de masas, coincidiendo con el dominio de una civilización tecnológica erigida en inmenso aparato de manipulación, cada vez estamos más lejos de recuperar la senda que Occidente jamás debió abandonar, para hacer frente no ya a formas degradadas del arte y la cultura, sino a los movimientos e ideologías que las auspician, con claro propósito político en la antesala del totalitarismo. Porque inútil sería engañarse. Fuera del “todo vale” bajo dogma e imposición de las nuevas/viejas ideologías, la Cultura tal como la heredamos y conocimos fue siempre baluarte de la verdad, mas igualmente de la libertad.

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