NOCTURNOS
Te espero, mujer, en la cara oculta de una luna llena
Amo luego existo. Durante años me amaron, pero parecía como si no fuera conmigo. No notaba nada en mis adentros. Me encontraba con mujeres bonitas, sensibles, seductoras. Sin embargo, no sentía nada, como si mi alma se hubiera enrocado ante Eros. Me columpiaba en sus labios, saciaba mi sed en sus bocas, viajaba por la vía láctea de sus senos, anidaba en sus ombligos, bebía en sus fontanas, entraba en sus gineceos. Pero amaba sin poesía, como si fueran versos escritos por un poeta provinciano, ripios.
Y es que tengo un problema: no se amar a medias, porque toca, porque hay que buscar el placer que nos demanda el sexo. Necesito cópulas de almas para alcanzar el éxtasis del cuerpo. Si no conquisto la esencia de una dama, nunca intentaré entrar en la fortaleza de su carne. Y si se me quiere sin querer, si se me toma a cachondeo, para un rato, para unas risas, para unos besos sin carmín y unas caricias con guantes, desaparezco. No se puede amar sin que te amen. Se lo permiten los poetas. Yo todavía busco la rima para las estrofas de mi vida.
Amo siempre en presente, aunque, de vez en cuando, regreso al pretérito para aprender de mis errores eróticos. Ya no busco batir marcas, ni colecciono nombres de mujer, ni me entretengo en la taxonomía de senos y pubis femeninos.
Mi capacidad de seducción se fue perdiendo entre las arrugas del tiempo. Pero aspiro todavía a amar sin red, a querer a corazón abierto, para que la mujer que amo escuche como cantan mis aurículas y ventrículos cuando pronuncio su nombre; a venerar a la fémina que me enamore, aquella que me arranque de mi cuerpo para alojarme entre sus ingles y sentirme entre las circunvalaciones de su cerebro. No me queda mucho tiempo para amar del revés, desde dentro hacia afuera. Te espero, amor, en la cara oculta de cualquier luna llena.
Eugenio-Jesús de Ávila
Amo luego existo. Durante años me amaron, pero parecía como si no fuera conmigo. No notaba nada en mis adentros. Me encontraba con mujeres bonitas, sensibles, seductoras. Sin embargo, no sentía nada, como si mi alma se hubiera enrocado ante Eros. Me columpiaba en sus labios, saciaba mi sed en sus bocas, viajaba por la vía láctea de sus senos, anidaba en sus ombligos, bebía en sus fontanas, entraba en sus gineceos. Pero amaba sin poesía, como si fueran versos escritos por un poeta provinciano, ripios.
Y es que tengo un problema: no se amar a medias, porque toca, porque hay que buscar el placer que nos demanda el sexo. Necesito cópulas de almas para alcanzar el éxtasis del cuerpo. Si no conquisto la esencia de una dama, nunca intentaré entrar en la fortaleza de su carne. Y si se me quiere sin querer, si se me toma a cachondeo, para un rato, para unas risas, para unos besos sin carmín y unas caricias con guantes, desaparezco. No se puede amar sin que te amen. Se lo permiten los poetas. Yo todavía busco la rima para las estrofas de mi vida.
Amo siempre en presente, aunque, de vez en cuando, regreso al pretérito para aprender de mis errores eróticos. Ya no busco batir marcas, ni colecciono nombres de mujer, ni me entretengo en la taxonomía de senos y pubis femeninos.
Mi capacidad de seducción se fue perdiendo entre las arrugas del tiempo. Pero aspiro todavía a amar sin red, a querer a corazón abierto, para que la mujer que amo escuche como cantan mis aurículas y ventrículos cuando pronuncio su nombre; a venerar a la fémina que me enamore, aquella que me arranque de mi cuerpo para alojarme entre sus ingles y sentirme entre las circunvalaciones de su cerebro. No me queda mucho tiempo para amar del revés, desde dentro hacia afuera. Te espero, amor, en la cara oculta de cualquier luna llena.
Eugenio-Jesús de Ávila



















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