COSAS PROPIAS
Agosto, el mes de mi vida, el mes de las Perseidas
Eugenio-Jesús de Ávila
Agosto, el mes dedicado al gran emperador romano, César Augusto Octavio, sobrino-nieto de Julio César, el autor de la Guerra de las Galias, es mi mes preferido de los doce del año. La razón comprensible, y no porque me sienta más orgasmos durante estos 30 días del octavo mes del año: nací un 13 de agosto. El año importa poco.
Agosto, además, es el mes por antonomasia de las vacaciones. Zamora reúne a los zamoranos que trabajan lejos de nuestra tierra, con los que pasamos todo el año respirando cerca del Duero, escondiéndonos entre las nieblas y celebrando la primavera entre flores y trinos de ruiseñores, jilgueros, mirlos…
Los que ya vivimos el júbilo de hacer lo que nos apetezca cada segundo de lo que nos quede de vida, ya sea amar, escribir, viajar, soñar despiertos, sentimos que agosto es siempre, incluso aunque sea diciembre y enero. La diferencia consiste en la temperatura. Y poco más. Porque todo el tiempo es nuestro.
Y celebraré el 13 de agosto con mi gente. Hubo años, en los que damas, de las que estuve profundamente enamorado, me acompañaban en esa noche: o mirábamos las estrellas fugaces desde la oscuridad de Valderrey, o cenábamos en el Parador y después disfrutábamos de una copa en alguna terraza del casco histórico… Aquello sucedió. Lo recuerdo siempre. Memoria erótica. Ya no volverá. Nací en agosto. No me importaría despedirme de la vida en el mes del césar Augusto Octavio enganchándome a una de las Perseidas que me conduzcan al fin del universo.
Eugenio-Jesús de Ávila
Agosto, el mes dedicado al gran emperador romano, César Augusto Octavio, sobrino-nieto de Julio César, el autor de la Guerra de las Galias, es mi mes preferido de los doce del año. La razón comprensible, y no porque me sienta más orgasmos durante estos 30 días del octavo mes del año: nací un 13 de agosto. El año importa poco.
Agosto, además, es el mes por antonomasia de las vacaciones. Zamora reúne a los zamoranos que trabajan lejos de nuestra tierra, con los que pasamos todo el año respirando cerca del Duero, escondiéndonos entre las nieblas y celebrando la primavera entre flores y trinos de ruiseñores, jilgueros, mirlos…
Los que ya vivimos el júbilo de hacer lo que nos apetezca cada segundo de lo que nos quede de vida, ya sea amar, escribir, viajar, soñar despiertos, sentimos que agosto es siempre, incluso aunque sea diciembre y enero. La diferencia consiste en la temperatura. Y poco más. Porque todo el tiempo es nuestro.
Y celebraré el 13 de agosto con mi gente. Hubo años, en los que damas, de las que estuve profundamente enamorado, me acompañaban en esa noche: o mirábamos las estrellas fugaces desde la oscuridad de Valderrey, o cenábamos en el Parador y después disfrutábamos de una copa en alguna terraza del casco histórico… Aquello sucedió. Lo recuerdo siempre. Memoria erótica. Ya no volverá. Nací en agosto. No me importaría despedirme de la vida en el mes del césar Augusto Octavio enganchándome a una de las Perseidas que me conduzcan al fin del universo.




















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