LA CIUDAD DEL ALMA
El misterio de la soledad nocturna en Zamora
Eugenio-Jesús de Ávila
Durante estos días gélidos, de nieblas hasta la hora de comer y tardes de sol mentiroso, Venus intenta seducir a la luna, ahora se dedica a tomar peso, a recoger más luz, a brillar para que los poetas escriban sus versos en el papiro de la noche.
Necesito mirar al cielo todos los días. Cuando es azul o gris, por la noche, negro, cuando titilan las estrellas, como luciérnagas del Universo. Siempre encuentro estrofas entre las nubes blancas; siluetas de rostros conocidos y contemplo como Eolo juegan con ellas. Elijo las noches para deleitarme con el cosmos, que leo como si fuera un libro de poemas. Me encanta hallar las rimas que ligan las estrofas que escriben los astros. Y me pregunto, ante tanta belleza, por el misterio de la vida, por la existencia de Dios y el final del amor. Y no encuentro respuestas.
Desciendo después desde las circunvalaciones de mi cerebro para fijarme en la ciudad del alma, tan bonita cuando sus hijos se han retirado a sus casas, tan sola, pero tan feliz sin gentes. La maldad descansa. La maledicencia guarda silencio. La calumnia duerme. La envidia descansa sobre las almohadas. Zamora sonríe, como los búhos a la busca del roedor perdido. Mi imaginación sube al tren de la memoria para recordar cómo sentía la belleza durante mi juventud, cómo paseaba por el casco histórico recreándome en los templos románicos, en la cúpula de la Catedral y su amiga íntima la torre, mientras escuchaba a la mujer que me acompañaba a la que abrazaría en la Rúa del Troncoso, la rúa de los besos, donde el amor se hace susurro, mirada, caricia, promesa.
Zamora se engalana mientras el sol se limpia su cabello en las aguas del Atlántico, para asistir más tarde a la danza eterna de la luna con Venus.
Zamora es más ya que la ciudad del alma, es la ciudad de la poesía noctámbula, de los versos que se escriben en el Universo, del amor de escarcha y niebla.
Eugenio-Jesús de Ávila
Durante estos días gélidos, de nieblas hasta la hora de comer y tardes de sol mentiroso, Venus intenta seducir a la luna, ahora se dedica a tomar peso, a recoger más luz, a brillar para que los poetas escriban sus versos en el papiro de la noche.
Necesito mirar al cielo todos los días. Cuando es azul o gris, por la noche, negro, cuando titilan las estrellas, como luciérnagas del Universo. Siempre encuentro estrofas entre las nubes blancas; siluetas de rostros conocidos y contemplo como Eolo juegan con ellas. Elijo las noches para deleitarme con el cosmos, que leo como si fuera un libro de poemas. Me encanta hallar las rimas que ligan las estrofas que escriben los astros. Y me pregunto, ante tanta belleza, por el misterio de la vida, por la existencia de Dios y el final del amor. Y no encuentro respuestas.
Desciendo después desde las circunvalaciones de mi cerebro para fijarme en la ciudad del alma, tan bonita cuando sus hijos se han retirado a sus casas, tan sola, pero tan feliz sin gentes. La maldad descansa. La maledicencia guarda silencio. La calumnia duerme. La envidia descansa sobre las almohadas. Zamora sonríe, como los búhos a la busca del roedor perdido. Mi imaginación sube al tren de la memoria para recordar cómo sentía la belleza durante mi juventud, cómo paseaba por el casco histórico recreándome en los templos románicos, en la cúpula de la Catedral y su amiga íntima la torre, mientras escuchaba a la mujer que me acompañaba a la que abrazaría en la Rúa del Troncoso, la rúa de los besos, donde el amor se hace susurro, mirada, caricia, promesa.
Zamora se engalana mientras el sol se limpia su cabello en las aguas del Atlántico, para asistir más tarde a la danza eterna de la luna con Venus.
Zamora es más ya que la ciudad del alma, es la ciudad de la poesía noctámbula, de los versos que se escriben en el Universo, del amor de escarcha y niebla.




















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