ZAMORANA
Ligero de equipaje
Mª Soledad Martín Turiño
![[Img #95948]](https://eldiadezamora.es/upload/images/02_2025/987_9226_sol1.jpg)
Cuadro de honor con letras y rostros sonrientes en una enorme orla de fin de carrera. Hay que acercarse para ver los nombres de aquellos que hoy gozan de un nivel social que, quizá, ni siquiera soñaron un día. Ahí están: jueces, médicos, abogados, arquitectos, algún escritor, políticos, bohemios de altura… a algunos les ha perdido la pista porque son muchos años los transcurridos desde que colgó ese enorme cuadro que preside su despacho hasta la actualidad. Él mismo, que aparece en la fotografía como un muchacho sonriente, es ahora un viejo cansado que apenas se tiene en pie.
Es cierto que ha tenido una vida rica, ha viajado, ha trabajado en un puesto de responsabilidad y se ha codeado con muchos de sus compañeros que alcanzaron un nivel similar al suyo. En ocasiones, al principio numerosas, y con el transcurso de los años cada vez más esporádicas, se reunían para comer o cenar y allí se hacían negocios, o simplemente hablaban y recordaban; después se fueron distanciando, la vida los llevó por lugares diferentes e incluso varios de ellos acabaron trabajando fuera de España.
Hoy, a sus pasados ochenta y cinco años, con una vida plena, está y se siente solo. Nunca se casó, y no le queda más familia que unos sobrinos con los que apenas ha tenido trato, y una mujer que lleva toda la vida con él, le atiende, se ocupa de las tareas de la casa y es su única compañía.
Últimamente se está agobiando con la idea de qué va a ser de sus muchas pertenencias cuando falte: una envidiable biblioteca con ejemplares únicos, algunas primeras ediciones, que le ha acompañado cada tarde mientras hacía gestiones en su despacho; las colecciones de sellos y monedas que ocupaban varias estanterías perfectamente recopiladas en álbumes desde hace años, ya que la filatelia y la numismática fueron siempre dos de sus grandes pasiones; pero, además de esas joyas que albergaba el despacho, el resto de la casa estaba salpicado por adornos, cuadros, muebles y objetos traídos de todo el mundo, bien comprados o regalados por sus amigos.
A eso había que añadir un vestidor completo que incluía, aparte de todo tipo de ropa, un sinfín de accesorios: zapatos, alfileres de corbata, relojes, billeteros, gemelos, pitilleras, cinturones, petacas de licor, insignias, pañuelos de solapa, de bolsillo…
Empezaba a preocuparse seriamente por aquel patrimonio material al que no sabía qué utilidad podía dar. Su fortuna personal había decidido donarla a una institución y, con ayuda de su abogado, ya había redactado un testamento solidario que incluía la enorme casa donde residía en el centro de la ciudad. No olvidó a Balbina, la buena mujer que había sido su sombra, discreta y prudente, pero siempre a su lado. Balbina llegó del pueblo a servir siendo apenas una muchacha, y como no tenía más familia que un padre que falleció al poco tiempo de mudarse, él la adoptó como parte de la suya.
Una mañana llegó un abultado sobre junto con la correspondencia ordinaria; al abrirlo, recibió una alegría porque le invitaban a un homenaje de reconocimiento por su prestigiosa labor docente en aquella universidad que fue durante años su segunda casa. A raíz de esa invitación, pensó y pensó, y cuando lo tuvo claro, se le quitó un enorme peso de encima. Decidió donarles su biblioteca. Sabía que al rector, un viejo como él, le bailaban los ojos cada vez que acudía a visitarle y veía aquellos libros; así que cuando le propuso la idea, no tardó ni un segundo en aceptar. Le dijo que, tras proponerlo en la universidad, decidieron por consenso que la Biblioteca llevaría una placa con su nombre en agradecimiento a aquella considerable dádiva.
Se sintió muy liberado cuando, al cabo de varios meses y una vez terminada la correspondiente logística, las estanterías de su despacho se descargaron de libros. Solo quedaban los álbumes de monedas y sellos coleccionados durante años y que ahora seguramente tendrían un valor considerable a juzgar por la estimación que le hicieron dos expertos en la materia años atrás. Decidió donarlos al casino con la condición de que siempre permanecieran allí y, de ese modo, compartir con los socios, que eran además amigos, las largas tardes de invierno buceando con sus lupas en la antigüedad de aquellas piezas únicas.
Él mismo, enseñaba los mejores ejemplares, contaba su historia y todos pasaron mucho tiempo con aquellas colecciones que mataron el tiempo de unos ancianos algo anestesiados por la vida monótona de aquella ciudad y la falta de novedades para entretener su tiempo.
Ahora estaba feliz; la casa descargada de ornamentos y colgaduras, parecía la morada de un anacoreta, eliminada la barroca decoración que había recopilado año tras año; y por algún motivo, lejos de sentir añoranza, estaba satisfecho por haber aligerado la carga de unos objetos que ya constituían una rémora en su vida, porque ahora era tiempo de ir “ligero de equipaje” como decía el poeta, en las postrimerías de una muerte que le acechaba.
Continuó con su vida y gozaba de los paseos, los encuentros con viejos conocidos y las tardes en el casino. Tomó la costumbre de sentarse con Balbina después de cenar y enseñarla a leer y escribir; lamentaba el abandono y la invisibilidad en que la había tenido y, tras un tiempo considerable y mucha dosis de paciencia, aquel cerebro poco acostumbrado a pensar, floreció hasta ser capaz de tomarle gusto a la lectura. Ahora ya no eran dos desconocidos deambulando por el mismo espacio, descubrió que ninguno de los dos tenía familia, pero se tenían el uno al otro.
![[Img #95948]](https://eldiadezamora.es/upload/images/02_2025/987_9226_sol1.jpg)
Cuadro de honor con letras y rostros sonrientes en una enorme orla de fin de carrera. Hay que acercarse para ver los nombres de aquellos que hoy gozan de un nivel social que, quizá, ni siquiera soñaron un día. Ahí están: jueces, médicos, abogados, arquitectos, algún escritor, políticos, bohemios de altura… a algunos les ha perdido la pista porque son muchos años los transcurridos desde que colgó ese enorme cuadro que preside su despacho hasta la actualidad. Él mismo, que aparece en la fotografía como un muchacho sonriente, es ahora un viejo cansado que apenas se tiene en pie.
Es cierto que ha tenido una vida rica, ha viajado, ha trabajado en un puesto de responsabilidad y se ha codeado con muchos de sus compañeros que alcanzaron un nivel similar al suyo. En ocasiones, al principio numerosas, y con el transcurso de los años cada vez más esporádicas, se reunían para comer o cenar y allí se hacían negocios, o simplemente hablaban y recordaban; después se fueron distanciando, la vida los llevó por lugares diferentes e incluso varios de ellos acabaron trabajando fuera de España.
Hoy, a sus pasados ochenta y cinco años, con una vida plena, está y se siente solo. Nunca se casó, y no le queda más familia que unos sobrinos con los que apenas ha tenido trato, y una mujer que lleva toda la vida con él, le atiende, se ocupa de las tareas de la casa y es su única compañía.
Últimamente se está agobiando con la idea de qué va a ser de sus muchas pertenencias cuando falte: una envidiable biblioteca con ejemplares únicos, algunas primeras ediciones, que le ha acompañado cada tarde mientras hacía gestiones en su despacho; las colecciones de sellos y monedas que ocupaban varias estanterías perfectamente recopiladas en álbumes desde hace años, ya que la filatelia y la numismática fueron siempre dos de sus grandes pasiones; pero, además de esas joyas que albergaba el despacho, el resto de la casa estaba salpicado por adornos, cuadros, muebles y objetos traídos de todo el mundo, bien comprados o regalados por sus amigos.
A eso había que añadir un vestidor completo que incluía, aparte de todo tipo de ropa, un sinfín de accesorios: zapatos, alfileres de corbata, relojes, billeteros, gemelos, pitilleras, cinturones, petacas de licor, insignias, pañuelos de solapa, de bolsillo…
Empezaba a preocuparse seriamente por aquel patrimonio material al que no sabía qué utilidad podía dar. Su fortuna personal había decidido donarla a una institución y, con ayuda de su abogado, ya había redactado un testamento solidario que incluía la enorme casa donde residía en el centro de la ciudad. No olvidó a Balbina, la buena mujer que había sido su sombra, discreta y prudente, pero siempre a su lado. Balbina llegó del pueblo a servir siendo apenas una muchacha, y como no tenía más familia que un padre que falleció al poco tiempo de mudarse, él la adoptó como parte de la suya.
Una mañana llegó un abultado sobre junto con la correspondencia ordinaria; al abrirlo, recibió una alegría porque le invitaban a un homenaje de reconocimiento por su prestigiosa labor docente en aquella universidad que fue durante años su segunda casa. A raíz de esa invitación, pensó y pensó, y cuando lo tuvo claro, se le quitó un enorme peso de encima. Decidió donarles su biblioteca. Sabía que al rector, un viejo como él, le bailaban los ojos cada vez que acudía a visitarle y veía aquellos libros; así que cuando le propuso la idea, no tardó ni un segundo en aceptar. Le dijo que, tras proponerlo en la universidad, decidieron por consenso que la Biblioteca llevaría una placa con su nombre en agradecimiento a aquella considerable dádiva.
Se sintió muy liberado cuando, al cabo de varios meses y una vez terminada la correspondiente logística, las estanterías de su despacho se descargaron de libros. Solo quedaban los álbumes de monedas y sellos coleccionados durante años y que ahora seguramente tendrían un valor considerable a juzgar por la estimación que le hicieron dos expertos en la materia años atrás. Decidió donarlos al casino con la condición de que siempre permanecieran allí y, de ese modo, compartir con los socios, que eran además amigos, las largas tardes de invierno buceando con sus lupas en la antigüedad de aquellas piezas únicas.
Él mismo, enseñaba los mejores ejemplares, contaba su historia y todos pasaron mucho tiempo con aquellas colecciones que mataron el tiempo de unos ancianos algo anestesiados por la vida monótona de aquella ciudad y la falta de novedades para entretener su tiempo.
Ahora estaba feliz; la casa descargada de ornamentos y colgaduras, parecía la morada de un anacoreta, eliminada la barroca decoración que había recopilado año tras año; y por algún motivo, lejos de sentir añoranza, estaba satisfecho por haber aligerado la carga de unos objetos que ya constituían una rémora en su vida, porque ahora era tiempo de ir “ligero de equipaje” como decía el poeta, en las postrimerías de una muerte que le acechaba.
Continuó con su vida y gozaba de los paseos, los encuentros con viejos conocidos y las tardes en el casino. Tomó la costumbre de sentarse con Balbina después de cenar y enseñarla a leer y escribir; lamentaba el abandono y la invisibilidad en que la había tenido y, tras un tiempo considerable y mucha dosis de paciencia, aquel cerebro poco acostumbrado a pensar, floreció hasta ser capaz de tomarle gusto a la lectura. Ahora ya no eran dos desconocidos deambulando por el mismo espacio, descubrió que ninguno de los dos tenía familia, pero se tenían el uno al otro.




















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.106