ZAMORANA
Entre la niebla
En este día en que la niebla ha bendecido a Zamora con un paisaje diferente, matizado por un manto blanco, me acerco a recorrer los jardines del castillo que a estas horas están completamente solitarios; voy de un extremo al otro, hacia las murallas, pasando junto al viejo olivo frente a la torre de la catedral; me detengo entre las almenas observando el barrio de Olivares y el paisaje que se extiende a mis pies, con el formidable Puente de los Poetas cruzando el rio de un lado al otro.
Camino absorta en mis pensamientos y, de pronto, escucho detrás de mí unos pasos que se acercan; continuo avanzando, pero el ruido de las pisadas sobre la arena húmeda hacen que me preocupe un poco, me detengo con el pretexto de tomar una instantánea y me doy cuenta de que otra persona transita ¡quién sabe si como yo, buscando un destino que no encuentra!, y coge otro camino; va a paso rápido y de vez en cuando consulta su reloj; supongo que será un reloj inteligente, de esos que cuentan el número de pasos, los latidos del corazón, lee los correos electrónicos y quizá hasta programe los planes del día. Al cabo de un rato nos cruzamos saludando con un cortés “buenos días”, y cada uno sigue su camino en direcciones opuestas. Me voy de aquí porque el frio es helador y cala hasta los huesos.
Dejo atrás el castillo, bordeo la catedral y el palacio episcopal, bajo la pequeña cuesta y cruzo la Puerta de Olivares para observar una excelente panorámica del puente de piedra que aún no han terminado de restaurar. Contemplo las obras durante un buen rato, como hacen los pensionistas desocupados, y no pierdo de vista el rio que baja con las aguas revueltas. Sobre la muralla, en este pequeño saliente que hace de observatorio, me gusta reflexionar mientras el viento despeja las malas ideas para dejar solo las más amables.
Reflexiono sobre la importancia de vivir en positivo, haciendo caso omiso a quienes perturban la cotidianidad con discordias e insidias, sin ver nunca el lado bueno; pienso en lo importante que es saber disfrutar de las pequeñas cosas de cada día, asumir siempre la parte grata y huir de aquellos que solo saben alterar o perjudicar, contagiando a los demás su zozobra.
Nadie duda de que tenemos motivos suficientes para estar en vilo o que nos pueda la desesperanza: nos gobiernan políticos ineficaces, somos testigos de guerras interminables, catástrofes cuyos efectos aún no se han paliado: terremoto de Lorca, volcán de La Palma, Dana de Valencia… a lo que se añade un día a día inestable, con un paro que no se soluciona, un grave problema de vivienda que afecta al futuro de los jóvenes y las personas vulnerables, una pobreza galopante que ya no pueden mitigar los bancos de alimentos… y un largo etc. Y si estos son tan solo algunos problemas de país, a nivel global, no podemos olvidar los nuestros propios, aquellos que afectan más directamente a nuestra ciudad o provincia, que no son pocos. Ayudar, hacer propuestas, hablar con las instituciones, criticar las cosas mal hechas, felicitar a quienes proponen buenas ideas, poner en valor sugerencias y proyectos… son tan solo algunos ejemplos de cómo podemos contribuir a nivel particular en favor de la comunidad.
No quiero que mis pensamientos adquieran una deriva que pueda alterarme, así que continúo mi camino cuesta abajo y bordeo el rio por una de sus orillas. Apenas hay gente en la calle, si acaso dos o tres personas que caminan sin prisa y se arriesgan a pillar un resfriado como estoy haciendo yo, pero el paseo merece la pena; me renueva, fortalece los sentidos y cuando llego a casa me acoge el confort de la calefacción y el abrigo de lo conocido, y me siento con el deleite de haber vivido un rato intenso, un paseo de esos que permiten luego un sosiego mental tan benéfico como la mejor medicina.
Mª Soledad Martín Turiño
En este día en que la niebla ha bendecido a Zamora con un paisaje diferente, matizado por un manto blanco, me acerco a recorrer los jardines del castillo que a estas horas están completamente solitarios; voy de un extremo al otro, hacia las murallas, pasando junto al viejo olivo frente a la torre de la catedral; me detengo entre las almenas observando el barrio de Olivares y el paisaje que se extiende a mis pies, con el formidable Puente de los Poetas cruzando el rio de un lado al otro.
Camino absorta en mis pensamientos y, de pronto, escucho detrás de mí unos pasos que se acercan; continuo avanzando, pero el ruido de las pisadas sobre la arena húmeda hacen que me preocupe un poco, me detengo con el pretexto de tomar una instantánea y me doy cuenta de que otra persona transita ¡quién sabe si como yo, buscando un destino que no encuentra!, y coge otro camino; va a paso rápido y de vez en cuando consulta su reloj; supongo que será un reloj inteligente, de esos que cuentan el número de pasos, los latidos del corazón, lee los correos electrónicos y quizá hasta programe los planes del día. Al cabo de un rato nos cruzamos saludando con un cortés “buenos días”, y cada uno sigue su camino en direcciones opuestas. Me voy de aquí porque el frio es helador y cala hasta los huesos.
Dejo atrás el castillo, bordeo la catedral y el palacio episcopal, bajo la pequeña cuesta y cruzo la Puerta de Olivares para observar una excelente panorámica del puente de piedra que aún no han terminado de restaurar. Contemplo las obras durante un buen rato, como hacen los pensionistas desocupados, y no pierdo de vista el rio que baja con las aguas revueltas. Sobre la muralla, en este pequeño saliente que hace de observatorio, me gusta reflexionar mientras el viento despeja las malas ideas para dejar solo las más amables.
Reflexiono sobre la importancia de vivir en positivo, haciendo caso omiso a quienes perturban la cotidianidad con discordias e insidias, sin ver nunca el lado bueno; pienso en lo importante que es saber disfrutar de las pequeñas cosas de cada día, asumir siempre la parte grata y huir de aquellos que solo saben alterar o perjudicar, contagiando a los demás su zozobra.
Nadie duda de que tenemos motivos suficientes para estar en vilo o que nos pueda la desesperanza: nos gobiernan políticos ineficaces, somos testigos de guerras interminables, catástrofes cuyos efectos aún no se han paliado: terremoto de Lorca, volcán de La Palma, Dana de Valencia… a lo que se añade un día a día inestable, con un paro que no se soluciona, un grave problema de vivienda que afecta al futuro de los jóvenes y las personas vulnerables, una pobreza galopante que ya no pueden mitigar los bancos de alimentos… y un largo etc. Y si estos son tan solo algunos problemas de país, a nivel global, no podemos olvidar los nuestros propios, aquellos que afectan más directamente a nuestra ciudad o provincia, que no son pocos. Ayudar, hacer propuestas, hablar con las instituciones, criticar las cosas mal hechas, felicitar a quienes proponen buenas ideas, poner en valor sugerencias y proyectos… son tan solo algunos ejemplos de cómo podemos contribuir a nivel particular en favor de la comunidad.
No quiero que mis pensamientos adquieran una deriva que pueda alterarme, así que continúo mi camino cuesta abajo y bordeo el rio por una de sus orillas. Apenas hay gente en la calle, si acaso dos o tres personas que caminan sin prisa y se arriesgan a pillar un resfriado como estoy haciendo yo, pero el paseo merece la pena; me renueva, fortalece los sentidos y cuando llego a casa me acoge el confort de la calefacción y el abrigo de lo conocido, y me siento con el deleite de haber vivido un rato intenso, un paseo de esos que permiten luego un sosiego mental tan benéfico como la mejor medicina.
Mª Soledad Martín Turiño




















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