COSAS MÍAS
Regresar a mi Ítaca, a mi Zamora
Eugenio-Jesús de Ávila
Cada vez que me voy de Zamora pienso en que quizá ya no volveré. No le tengo miedo a la muerte. Me da más pánico la vida que vivimos, que padecemos, que sufrimos. A mi edad, ya no me queda mucho que hacer. Tampoco hice grandes cosas durante mi deambular por este valle de lágrimas con alguna sonrisa cuando nieva. Estuve, pero no fui. Y ahora, cuando febrero se nos muere y marzo se anuncia en las flores de nata de los almendros y el trino de las avecillas, vivo para gozar, para sentir, para el placer de amar y deleite de arte superior.
Cuando viajo más allá de mi patria grande, España, y de mi patria chica, Zamora, siento no haberlas servido como hubieran merecido. Tampoco tuve ni el talento ni el genio para potenciar su belleza, para profundizar en sus libertades.
Y si no regreso, confieso que fui un volcán en erupción cuando amé a unas cuantas mujeres, y que me jacto de haber tenido amigos, pocos, extraordinarios e inteligentes, una familia que me quiso y quise y una pasión por mi tierra como si Zamora, ciudad y provincia, fuese mi mejor amante.
No puedo presumir de haber sido una buena persona, pero si afirmo que no he sido malo del todo. No envidié, pero provoqué envidia en estado puro. Forma parte de mi blasón el odio con el que distinguieron malandrines de toda laya. Lógico en una ciudad dominada por un caciquismo mediocre, el miedo a no sé qué y dónde pensar fue siempre un verbo prohibido para las masas, para un pueblo cruzado de brazos que permitió al mal crecer para instalarse “forever” en el poder.
Y si regreso, te buscaré para empezar a amarte como si fuera la primera vez. Soy un Ulises zamorano que volverá a su Ítaca, a la que bautizo como Zamora. Me aguarda Penélope.
Eugenio-Jesús de Ávila
Cada vez que me voy de Zamora pienso en que quizá ya no volveré. No le tengo miedo a la muerte. Me da más pánico la vida que vivimos, que padecemos, que sufrimos. A mi edad, ya no me queda mucho que hacer. Tampoco hice grandes cosas durante mi deambular por este valle de lágrimas con alguna sonrisa cuando nieva. Estuve, pero no fui. Y ahora, cuando febrero se nos muere y marzo se anuncia en las flores de nata de los almendros y el trino de las avecillas, vivo para gozar, para sentir, para el placer de amar y deleite de arte superior.
Cuando viajo más allá de mi patria grande, España, y de mi patria chica, Zamora, siento no haberlas servido como hubieran merecido. Tampoco tuve ni el talento ni el genio para potenciar su belleza, para profundizar en sus libertades.
Y si no regreso, confieso que fui un volcán en erupción cuando amé a unas cuantas mujeres, y que me jacto de haber tenido amigos, pocos, extraordinarios e inteligentes, una familia que me quiso y quise y una pasión por mi tierra como si Zamora, ciudad y provincia, fuese mi mejor amante.
No puedo presumir de haber sido una buena persona, pero si afirmo que no he sido malo del todo. No envidié, pero provoqué envidia en estado puro. Forma parte de mi blasón el odio con el que distinguieron malandrines de toda laya. Lógico en una ciudad dominada por un caciquismo mediocre, el miedo a no sé qué y dónde pensar fue siempre un verbo prohibido para las masas, para un pueblo cruzado de brazos que permitió al mal crecer para instalarse “forever” en el poder.
Y si regreso, te buscaré para empezar a amarte como si fuera la primera vez. Soy un Ulises zamorano que volverá a su Ítaca, a la que bautizo como Zamora. Me aguarda Penélope.




















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.43