Eugenio de Ávila
Jueves, 24 de Enero de 2019
SIN PELOS EN LA LENGUA

Los hinchas políticos

Eugenio-Jesús de Ávila

[Img #25208]Convencido estoy de  que hay mucho hincha de fútbol en esto de la política. Me explico: hay personas que votan siempre a un mismo partido, hago lo que haga, se demuestre corrupciones varias, no cumpla el programa electoral, destroce la economía, empobrezca a la ciudad, región o nación. Da igual. Estos forofos nunca ven pena máxima en su área, pero, al menor toque a uno de sus jugadores en la zona de peligro, sancionarían con penalti. Nunca se fijan en el juego del contrario, solo en el del equipo propio.  Al enemigo, aunque haga maravillas, aunque venza por goleada, jamás se le reconocerá su superioridad. Y si tiene al mejor jugador, al líder más carismático, tampoco se le valorará con objetividad.  Si sale vencedora su escuadra es porque es la mejor; y si pierde, también ha sido por su culpa.  Corolario: el rival carece de mérito alguno.  El equipo contrario, pese a que gane con solvencia, jamás se le rendirá honores. Y, por supuesto, el árbitro siempre pitará a favor del contrario.

Hubo un tiempo, cuando eran un jovenzuelo, por lo tanto, carente de experiencia, votaba como si mi equipo, el Athletic Club de Bilbao, jugase en las elecciones, locales o legislativas. Me traía sin cuidado el programa del partido al que más cercano me sentía. Depositaba su papeleta en las urnas porque me lo demandaba el corazón, nunca entraba la razón en esa elección política. Y, por supuesto, los jugadores (políticos) de los equipos rivales, ante todo los de derechas, me resultaban odiosos, repelentes, vomitivos.

Después, cuando los años te ajustan la inteligencia y compruebas que aquel equipo que creías el mejor del mundo te defrauda, porque no cumple con sus programas, ni, por supuesto, con su ideología, inicias otra etapa que definiría como la del escepticismo. No crees en nada, como es mi caso. Y se llegue a votar, o no votar, en contra en vez a favor de. Colocas sobre el álbum de la política a todas las formaciones y, poco a poco, vas descartando candidatos. Y así hasta que solo te quedan dos para decidir. Y si la duda es máxima, o te abstienes o votas al menos malo y, en las elecciones locales, a la persona que  más conozcas.

Resulta empírico que la gente de izquierdas de toda la vida, desde la juventud hasta la madurez, odian a cualquier candidato que presente la derecha, la descafeinada, que es la del PP, la que ha pasado su ideología por un lavado con lejía, hasta la auténtica, la de Vox. Aznar no había hecho nada, ni bueno -¿lo hizo?-, pero como fue el candidato del PP se le puso a parir. Después llegó Rajoy, un presidente nefasto, pusilánime, y su Soraya, otra mujer que debería haberse dedicado a la Abogacía del Estado y nunca a la política, y sucedió igual que con su antecesor. Y eso que el registrador de la Propiedad no tocó ni una sola de las leyes ideológicas de Zapater: Memoria Histórica y Aborto, por ejemplo, y castigo con impuestos de izquierdas, de socialdemocracia sueca, a las clases medias, en absoluto neoliberales como dicen los estalinistas o socialistas burgueses.

Por lo que respecta a la gente de derechas, que, como creo, somos todos, aunque nos creamos de izquierdas, pasa de los líderes políticos de la que consideramos izquierda. A Felipe González le votaron hasta los conservadores. Julito Anguita caía muy bien. Al mil veces traicionado, Pablo Iglesias, monarca delas purgas incruentas, le han votado burguesazos auténticos, gente muy bien colocada, doctores en Medicina, notarios, abogados importantes. Me da que obreros, muy pocos. Paradojas políticas.

Ahora bien, en los últimos tiempos Zapatero, con todo merecimiento, y el doctor Sánchez, por sus alianzas antinatura con los partidos antiespaña y filoterroristas para gobernar España, tampoco cae nada bien, padecen la misma inquina que los políticos de derechas. Se trata, pues, de que los votantes de los partidos se han convertido en hinchas políticos.

Yo, por suerte, no tengo equipo. Votaré, en todo caso, si, al final, no hago caso a lo que recomendaba mi inolvidable maestro, García Trevijano y me abstengo, en contra, para castigar el más malo.

Una última cuestión para refrendar lo escrito. Recuerdo que, en mis años juveniles, casi todos los niños eran del Real Madrid. Entonces éramos muy pocos los seguidores del Barça y del Athlétic Club. Y los que se apuntaban al club catalán los guiaba más el odio al conjunto blanco que el amor a la institución azulgrana, de tal manera, se alegraban más del fracaso del equipo de Bernabeu que del éxito de la escuadra blaugrana.

En nuestra ciudad y provincia sucede algo parecido. El zamorano común festeja más el revés ajeno que el éxito propio. No hay remedio. Mientras la razón y el talento no intervengan en política y solo decidan vísceras, ni Zamora ni España tendrá solución a sus cuitas.

 

 

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