Eugenio de Ávila
Viernes, 08 de Febrero de 2019
PERSPECTIVAS

Zamora: ciudad de la ucronía

Eugenio-Jesús de Ávila

[Img #25540]Cuando visito cualquier ciudad, como cuando me presentan a una dama, aprecio, en principio, su aspecto exterior, desde la limpieza, hasta su patrimonio histórico, y, ¡cómo no! su paisaje, su agenda cultural, gastronomía, estado de las rúas y avenidas principales, aceras, jardines, fuentes, plazas, amabilidad de su gente, cafeterías, bares de tapa, restaurantes…

Si no fuese zamorano y decidiese conocer a la ciudad que no se ganó en una hora, me encontraría con un casco histórico muy perjudicado por tantos solares y casas en pésimo estado, casi en ruina, a 200 metros dela plaza de la Catedral; por cables de compañías multinacionales afeando fachadas, entornos; suelos, baldosas, aceras manchadas orines, líquidos, chicles, caquitas de canes; edificios como el de los hermanos García Casado, en el corazón de Zamora, con sus locales, magníficos, cerrados, y enfrente, lo que fue un afamado restaurante, El Serafín, también “fermé”, y, en la plaza de Sagasta, algo indefinible, con tres árboles, y poco más. Y si me adentro en la plaza de San Gil, me topo con un parque infantil y la señalización de un templo románico y me pregunto por qué no se ha dado visibilidad, palabra que tanto se utiliza ahora, el perímetro del templo, su pila bautismal. Esa ágora me parece hermosísima. Pero necesita ciertos retoques. Tampoco es espacio para colocar una tienda de servicios. Digo. También observo edificios abandonados. Increíble.

Y, de repente, me encuentro con la plaza de la Constitución, quizá el espacio urbano más sobrio de una ciudad española. Hace daño descomunal secarral, más si al norte nos hallamos con una bellísima iglesia románica. Y me pregunto: ¿La autoridad competente carece de sentimientos estéticos para cambiarla, para que zamoranos y visitantes la disfruten?

Tomo dirección hacia el casco histórico.  Desemboco en la Plaza Mayor, que clama por una reforma. Y sigo cuestionando a los partidos políticos zamoranos: ¿No se realizó un proyecto, obra de un arquitecto apellidado Casas, que retomaba los edificios, con soportales, junto al templo de San Juan, con lo que ese espacio se convertiría en una verdadera Plaza Mayor, no en una zona indescriptible, fea, tanto que mancha la imagen de la ciudad del románico.

Después, me deslumbra el patrimonio histórico de esta ciudad, con templos restaurados, algunos maltratados por garabatos de badulaques, descerebrados. La plaza de Viriato me gusta, pero necesitaría una hermosa fuente y retirar tanto canto, imposible de pasear.

Y, antes de llegar a la Catedral, una mezcla de estilos arquitectónicos, producto de caprichos eclesiásticos y de incendios, observo edificios antiguos, deshabitados, que dan una imagen de ruina y abandono, y solares, uno de ellos, en la Rúa de los Notarios, que muestra un muro inclinado, que, cualquier día, se vendrá abajo, a poco que la erosión haga su trabajo sobre los materiales que lo conforman.

También contemplo un caserón, extraordinario, sobre el que me contaron que se restauró ha tiempo, que estuvo abierto al público como cafetería, bar, pub. Pero sus dueños decidieron cerrarlo. Y hasta la fecha. Frente a ese edificio, lo que fue un convento, en el que vivían las monjitas más pobres de Zamora, ahora abandonado, propiedad de la Iglesia, con el que todavía no se sabe qué hacer. Y en la plaza de la Catedral, a su izquierda, un búnker, que ocupan funcionarios de un organismo que se sacó de la manga la Junta de Castilla y León para premiar con sobresueldos a ex presidentes y alcaldes de la doble región, y a unas decenas de funcionarios.

Accedo a los jardines de la Catedral y me hallo ante el Castillo de Zamora, que tanto protagonismo obtuvo en la Alta y Baja Edad Media, donde se vivieron tragedias, dignas de haber sido escritas por Shakespeare.  Se restauró en un tiempo récord. Se hizo una gran labor, pero queda mucho por hacer.

Me impresiona la Torre de la Catedral. Se me invita a subir hasta su tejado. Alucino. Y pregunto por qué no es accesible al público. Se me dice que hubo un proyecto y que hay empresarios que aman el patrimonio monumental de Zamora dispuestos a que sea visitable para los ciudadanos, indígenas o foráneos. La Iglesia recaudaría un buen montón de euros para dedicarlo a sus obras sociales.

Como me gusta la historia, si fuera zamorano, habría exigido a la institución correspondiente que realizara catas arqueológicos en la zona ajardinada, porque, convencido estoy, se encontrarían restos del pasado de esta ciudad mítica. ¿Por qué no se ha hecho nada al respecto? Si  Zamora fuera una ciudad catalana o vasca, o andaluza, hace tiempo que se habría excavado la zona ajardinada para buscar el tiempo pretérito.  Se percibe que los zamoranos padecen cierta apatía antropológica y desconocen su historia.

Después paseo alrededor de la muralla, en muchos tramos muy deteriorada, debido a la erosión del tiempo, a la roca de arenisca con la que se construyeron. Me ilustran con que existe un Plan Directo de la Muralla de Zamora, elaborado durante el periodo democrático, pero que sigue sin ejecutarse. Eso sí, cuando se cae algún muro, se improvisa y se vuelve a montar. Chapuzas. Desinterés.

Quiero ver el Duero, que ya aprecié desde un mirador, y desciendo hasta su ribera diestra, que requiere ciertos arreglos de todo tipo. Y me encaro con el puente de piedra, una obra magnífica. Sé que tuvo dos torres majestuosas, derribadas en 1905, porque así lo consideró la autoridad municipal de entonces. Y que un reconocido e ilustre arquitecto zamorano, industrial hostelero, erudito en la historia de la ciudad, realizó un precios proyecto para restaurar las torres y recuperar el último arco de la margen derecha, hoy en día sepultado por la calzada, que podría convertir a este viaducto en uno de los más hermosos de España, en un potente atractivo turístico, una imagen más del patrimonio monumental de la ciudad. El coste no sería excesivo. Pero se choca con la autoridad de Patrimonio de la Junta, refractaria a esa recuperación. Habrá que esperar a su jubilación para que los zamoranos conozcan cómo fue su ciudad en el pasado.

Concluyo mi paseo. Y siento que esta ciudad posee un potencial extraordinario que se fundamenta  en sus  monumentos, gastronomía, simpatía de su gente, tranquilidad, belleza, paisaje y el río Duero. Ahora bien, creo que a las autoridades zamoranas les falta sensibilidad para “vender” tan rico patrimonio histórico, cierta conciencia estética y decisión para abordar, junto a otras instituciones autonómicas y centrales, inversiones que restauren y recuperen lo que la historia lego a la ciudad del Romancero, y, por supuesto, ideas para transformar el turismo de bocata en turismo cultural.

Antes de irme de Zamora, con un sabor agridulce; antes de abandonar la ciudad de la ucronía, lo que pudo haber sido y no fue, me dicen en el magnífico hotel, tanto por su servicio como por su cocina,  en el que me he alojado, construido junto al templo románico de Santa María de la Horta, que todavía no se ha encontrado un espacio para albergar la obra de uno de los mejores escultores españoles del siglo XX, Baltasar Lobo, ni tampoco para instalar un Museo de León Felipe, otro insigne poeta, nacido en Tábara.

Y he llegado a una conclusión: Alguien le ha echado un mal de ojo a esta ciudad leonesa, porque no es posible que posee tantos potenciales, tanta riqueza patrimonial, y los zamoranos se conformen con que el turismo aumentó en el pasado año, cuando, por su capacidad monumental y pasado histórico podría colocarse como destino turístico de primera magnitud.

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