ENCUENTRO
Luis Felipe Delgado desarrolla una magistral lección de historia y poesía sobre la Pasión en Zamora
El periodista zamorana ofrece una extraordinaria conferencia en la que disecciona la intrahistoria de la Semana Santa de Zamora y dibuja sus procesiones y grupos escultóricos con su clásica y profunda prosa poética
La organización de este Encuentro Cultural y turístico del VII Congreso Nacional de Cofradías de Semana Santa y de Semanas Santas de Interés Turístico Internacional sabía que no hay en nuestra ciudad una personalidad tan erudita, de prosa tan rica y poética como la del periodista Luis Felipe Delgado de Castro, al que encargó una conferencia sobre la Pasión en Zamora, aunque fuera en un horario tan poco apropiado como el de las 17.00 horas de una tarde de viernes.
El maestro de periodista, perfecto conocedor de la intrahistoria de la Semana Santa contemporánea, inició su conferencia hablando de tres épocas en la Historia de la Pasión de Zamora, para después entrar en un discurso impresionista, emotivo,lírico, de la esencia de nuestra Semana Santa y de sus instantes más evocadores, impactantes e inolvidables. Y, sin olvidar, que se trata de abordar una representación religiosa, de una fe, de unas creencias, del Evangelo, en definitiva.
No hemos querido realizar una sipnosis de lo que ha dicho esta tarde Delgado de Castro, en la carpa instalada para este VII Congreso Nacional de Cofradías y Hermandades de Semana Santa, porque hurtaríamos al lector párrafos que adulterarían la construcción, medida, arquitectónica, de esta casi pregón. Por lo tanto, ahí ofrecemos esta nueva elevación de la Pasión de Zamora rubricada por un maestro en estas lides:
Semanas Santas de Interés Turístico Internacional.
Zamora, 22 de febrero de 2019
Se inicia este encuentro de Semanas Santas de Interés Turístico Internacional con la ciudad anfitriona y para mí, como zamorano, es una satisfacción que la Junta Pro Semana Santa de Zamora me haya designado para esta labor. Es un orgullo y un honor poder hablar siempre de Zamora y de esta santa tradición que tanta gloria le ha dado en todo el mundo. Voy a explicarles las características y cualidades más notables que distinguen a nuestra Semana Santa de las demás. Somos muy distintos en vivir esta tradición aunque todas tengan un solo e indivisible hilo común, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. La Semana Santa de Zamora no es la más hermosa ni puede que la mas artística, seguro, aún reuniendo notabilísimos ejemplos. Pero sí es, sobre todo, verdadera. Una maravilla de religiosidad popular, auténtica. Plásticamente devota. O devotamente plástica. Y de esos rasgos precisamente quiero hablaros a continuación.
Zamora, para alcanzar tan excelsa notoriedad ha vivido tres etapas fundamentales muy concretas en su Semana Santa. La primera lleva por derecho propio el nombre de RAMÓN ALVAREZ, un humilde imaginero local, un artesano que alcanzará la gloria, desde la crianza y custodia de rebaños en su niñez a la cátedra de dibujo del instituto de su ciudad natal. A esta gubia artesana de don Ramón deber Zamora el primer gran impulso de su popularidad escultórica. Este periodo abarca desde 1857 en que cincela la primera madera del grupo de “El Descendimiento de Cristo” hasta treinta años más tarde, en 1887, cuando, intuyendo su muerte, nos entrega su última obra, la Virgen de los Clavos, la última madre que quiere dejar a Zamora como herencia. Para Zamora esculpió cuatro grupos escultóricos de una compleja y sobria talla y sorprendente verismo. El Descendimiento, La Caída, la Crucifixión y la Lanzada de Longinos. Y ocho imágenes de devoción, dos de ellas, Nuestra Madre de las Angustias y la Virgen de la Soledad, estrellas de la veneración de toda una ciudad, loca de amor y de fe por ellas.
Permitidme que me detenga un momento ante la Soledad, su obra cumbre sin duda, la advocación más querida, admirada y rezada. En esta Madre no hay espadas ni estridencias, ni exageraciones, ni lutos retorcidos o postizos, ni miradas angustiadas, gestos desmayados o rotos. No. Es una Madre, eso sí, guapa, muy guapa, de luto entero y verdadero, de pies a cabeza, una madre de pueblo que, al salir del camposanto, ha bajado la mirada, va llorando dulce, desconsoladamente y deja caer sus manos, vencidas por la pena y la nada en que quedan, cosidas por un rosario sobre el regazo. Una madre que anda. Y que vive. Y que siente. El sábado santo La Soledad va vestida solamente de luto, sin oros, ni estrellas ni palios, ni terciopelos ni montañas de cirios, con cuatro ramicos de flores blancas, las justas, a sus pies. Al verla allí esa noche, andando en plena calle, veréis como me quedo muy corto con estas palabras. Supera con mucho lo que yo pueda deciros ahora de Ella. Bueno, pues la talló, la puso en pie, la hizo de vida, nos la entregó, de carne y hueso casi, aquel humilde artesano, aquel sencillo imaginero, aquel hojalatero medio muerto de hambre que fue don Ramón Alvarez.
La segunda etapa, otro cimiento del valor actual de la Semana Santa de Zamora, arranca en 1898 con la constitución de la Junta de Fomento que, con la ayuda de instituciones públicas y de particulares, conseguirá completar en pocos años la cronología escultórica de la Pasión, tras fallecer don Ramón Álvarez, incorporando nuevos grupos escultóricos que tallan algunos de sus discípulos mas aventajados, Miguel Torija o Aurelio de la Iglesia. La Junta de Fomento atravesará desde su creación hasta el comienzo de la Guerra Civil de 1936, numerosos altibajos, momentos y fases de espléndida creatividad (nuevas cofradías, incremento de imaginería) y otras épocas en las que sí apenas se nota su actividad en la sociedad civil y religiosa de la ciudad. Cuatro ejemplos de sus aciertos son los grupos de “La Sentencia” y “Retorno del Sepulcro”, en 1926 y 1927, la creación como cofradía de la procesión popular de Nuestrsa Madre de las Angustias, la recuperación y consolidación de la salida en procesión del formidable Crucificado de las Injurias, sin duda una de las más sobresalientes esculturas de un crucificado en todo el país, el contrato firmado con Mariano Benlliure para el grupo “Redención” que entrega en 1931, en el comienzo de la titubeante y enmarañada segunda república. Mariano Benlliure aprendió allí en Zamora, cuentan que del mismo don Ramón Alvarez, las primeras formas y maneras de manejar la gubia y en Zamora nos dejó cuando aún no cumplía los dieciséis años, en 1879, esa maravilla del grupo “El Descendido”, la estampa en la que sobresale María con Jesús en sus brazos, como un poema de amor inagotable.
Y la tercera etapa, tras la guerra civil, llega hasta hoy y arranca en los años cuarenta con la fundación de las hermandades que van a permitir cerrar el ciclo de procesiones de los días de la Pasión, lunes y martes santos, reforzando además las medianoches y madrugadas de miércoles y jueves y apuntalándola hace poco más de cuarenta años con las hermandades de más reciente creación, encajadas todas ellas perfectamente en el cuadro cofrade, artístico y devocional de Zamora.
En esta última etapa salen a la calle imágenes de gran categoría artística, a veces de gubias anónimas, que permanecían en sus altares o capillas, ignoradas, arrinconadas. El Yacente de la escuela de Gregorio Fernández, atribuido a Francisco de Fermín, o los Crucificados de la Buena Muerte y de la Expiación son tres buenos ejemplos. Se esculpen y tallan nuevos grupos, algunos con las firmas de los más afamados imagineros y escultores del país entonces, Florentino Trapero, Víctor de los Ríos o Quintín de Torre. Años después se suman los zamoranos Ramón Abrantes, Hipólito Pérez Calvo, Higinio Vázquez y Ricardo Flecha.mas el toque de la imaginería sevillana que aportan Luis Álvarez Duarte con su Cristo muerto y Ramos Corona con la Piedad, ambos para el Santo Entierro. Otras cofradías sufrirán profundas renovaciones y recuperarán algunos de los signos religiosos o estéticos que perdieron con el paso del tiempo y de esta forma conseguirán situar a la Semana Santa de Zamora en el lugar privilegiado que ocupa actualmente, alcanzando la gloria con una mezcla de la calidad de sus esculturas, de la sobriedad de su escenario, de la austeridad de sus hábitos y tronos, de la armonía de sus músicas y sonidos, del sentimiento religioso que emana de sus procesiones y actos de culto externos y del silencio hecho a la medida de sus calles y rúas.
Paso ahora a describirles algunos de los momentos y cuadros más emocionantes de nuestra Semana Santa, fundamentos de esa enorme popularidad, esenciales en la enorme fama de esta Pasión.
El primero de ellos, el juramento de silencio, al atardecer del miércoles santo, en la plaza de la Catedral, ante el Cristo de las Injurias. Allí entre dos luces, asistimos a la agonía de Cristo, mientras un hermano promete y ofrece el silencio de la ciudad entera ante la impresionante escultura y más de dos mil caperuces de sangre, rojo veludillo y blanca túnica se prestan a acompañarlo por la ciudad. Zamora calla mientras el Cristo se va muriendo, entre silencios por las viejas calles y las modernas calles.
Esa misma noche, la procesión de las capas pardas aporta un decorado distinto, rural a la Pasión, sencillamente pueblerino. Capas pardas de labores y de festejos en las comarca de Aliste que exaltó sobre todo el pueblo de Bercianos de Aliste en su procesión de las mortajas y tiene su prolongación en esta noche aquí en la ciudad. La estampa sobrecoge, impresiona, solloza un bombardino una plegaria, ruge la madera golpeada de las matracas de tinieblas y se oye el miserere popular en castellano antiguo y recio que entonan todavía los hombres y mujeres de buena voluntad y fe sencilla de nuestros pueblos.
En la noche del jueves santo, en la castellana plaza que preside el guerrero Viriato, escucharás el miserere final del entierro de Jesús Yacente. El cadáver de Cristo puesto sobre unas parihuelas pasa entre una corona tejida de cirios rojos y caperuces blancos. Mientras la luna llena de Nisán alumbra la funeraria escena. Nunca la súplica de un perdón del hombre tuvo la belleza y religiosidad que esa noche en Zamora.
La salida del grupo Jesús Camino del Calvario, a las cinco de la madrugada del viernes santo del interior de una de las iglesias de mayor belleza arquitectónica, San Juan de Puerta Nueva, sale el grupo Jesés Camino del Calvario, al que todos los zamoranos llamamos El Cinco de Copas, dada la composición geométrica de sus figuras. Jesús en el centro de la escena y cuatro soldados o sayones, dos delante y dos detrás, en simetría calculada, camino del calvario. El reo, rodeado. Y de repente, arranca la música, es la marcha fúnebre de Thalberg. Thalberg es hoy el himno indiscutible de Zamora, el santo y seña musical de su Pasión y no hay zamorano que no la sepa y disfrute al escucharla cuando, a cientos o miles de kilómetros de distancia, allá donde se encuentre, quiera soñar un momento con su ciudad del alma, con los amigos que quedaron aquí, con rincones, paisajes, rostros, estampas de la Zamora que perdieron y que añoran hasta las entretelas del corazón. Esa madrugada estar en esta iglesia zamorana es respirar un sentimiento profundamente zamorano, es pedir a Dios que cargue con la cruz de una tierra, cada vez más abandonada a su suerte y es sentirnos cirineos de su camino hacia el Calvario. Ver ese paso del Cinco de Copas, cómo se baila, cómo se mueve, cómo se bambolea al compás de la música de tan entrañable marcha es ver andar de verdad a Jesús con la cruz a cuestas por encima de las cabezas de los espectadores que llenan la iglesia, por encima de las cruces de los hermanos, por encima de las luces del día que se acercan en una inolvidable ceremonia de amanecer.
Hay otros muchos momentos en ese hermoso retablo de la Pasión de Zamora.
El martes santo, el Nazareno y la Virgen de la Esperanza cruzarán el puente románico, un Nazareno cruzando el puente, como el vuestro, con toda la noche sobre los dos y otra procesión hecha de luces y de reflejos sobre el cauce del Duero que pisan ambas imágenes.. En las tardes del jueves y viernes santos pasan por las viejas rúas las gloriosas esculturas que recuerdan los pasajes cumbre de la Pasión, desde la Cena a la Cruz, de la Oración del Huerto a la Lanzada, del Prendimiento al Descendido, de la Flagelación al Retorno del sepulcro. Una maravillosa colección de grupos escultóricos, la narración de los evangelios de la pasión explicada con singular belleza en la madera en una colección impresionante de grupos escultóricos e imágenes.
En esa madrugada del viernes santo, henchida de nostalgias de Thalberg, en la avenida de las Tres Cruces, antaño las afueras, todos los pasos se arrodillan ante la Virgen de la Soledad. Es la reverencia. Todos se inclinan amorosamente cuando pasa la Madre. Es un angelus de pasión inolvidablemente bello, una avemaría de luto que, en el esfuerzo de los hermanos de paso de todos los grupos, es un piropo, más que una oración, a la Madre de la Soledad.
Y el domingo de Resurrección, en la plaza mayor, se encuentran de nuevo la Madre y el Hijo. Ceremonia popular que se repite en todas las celebraciones. Aquí en Zamora, se saludan, se besan con la mirada y con la música de la dulzaina y el tamboril, nuestro aire más lucido de romería. Y bajan los dos por la cuesta, camino del río, rodeados del amor de los suyos que somos todos. La mañana de Pascua nos sabe a gloria bendita. Bueno, y a dos y pingada eñl plato que cierra los ayunos cuaresmales.
Todos estos momentos incomparables que acabo de describiros basan su éxito en dos razones o ejes fundamentales: la fe y la belleza, así de sencillo aunque a primera vista parezca más complejo o sea difícil de entender.
Fe. Hay fe en nuestras calles esos días. Al cofrade se le llama hermano. Y se le siente hermano, de corazón. Los pies descalzos abundan en las calles pedregosas, arrugadas de años, del casco antiguo, las pesadas cruces sobre las espaldas de los penitentes, se sacan a hombros la mayor parte de los grupos e imágenes de devoción, no para cumplir un rito pagano de primavera, por seguir una tradición mas o menos hermosa, herencia de nuestros antepasados a los que así se honra. O para atraer a la ciudad a cientos, a miles de turistas como si fuera una representación teatral más. No, en Zamora, en sus procesiones encuentran perfecto sentido las frases del evangelio: “el que tenga oídos para oír, que oiga” o “el que quiera, que tome su cruz y me siga”.
Otra razón fundamental es la belleza, la hermosura, la estética tan conseguida de sus desfiles procesionales, la cuidada selección de las rúas y callejuelas por las que pasan, estas que conocéis estos días, la iluminación rústica e ideal del casco antiguo, las fachadas monumentales de sus principales templos, palacios o conventos. La elección de las túnicas, de estameña o laval, bien pobres, algunas servirán de mortaja, los hachones, los faroles, las antorchas y los sonidos. Dios entra en Zamora por los ojos y por los oídos.
Y al hablar del oído, fundamentales sonidos los que tiene esta Pasión. De entre todos ellos, el Barandales es el sonido más popular, el hermano de la Cofradía que va tocando dos esquilones de bronce por las calles, moviéndolos en sus manos, anunciando a los hermanos la celebración de las asambleas, de los actos de culto y la llegada de la procesión a los espectadores.
El sonido de las marchas fúnebres, tristes, solemnes, emocionantes, conjugando con perfección el esfuerzo de los hermanos de los pasos, paso dulce, pausado, lento con el que consiguen el sorprendente efecto de que la Virgen o el Nazareno sean los que vayan andando, tal es la perfecta sincronización de la música y de los pies de los hermanos de paso.
Y las salmodias. El lunes santo, un sensacional coro de hermanos, van entonando al lado mismo del crucificado un salmo conmovedor de perdón. Las antorchas, las cogullas monacales, y el canto forman un cuadro místico, poético, sobrecogedor y maravilloso. Cristo es llevado a la altura del corazón, casi a ras de suelo, como un hombre mas que acaba de morir. El martes santo de madrugada, unos grandes tambores se contestan noche adentro y anuncian el testamento del Crucificado, como si fueran golpes de pecho, de sincero arrepentimiento, de todos los sonidos de la vida. Al humilde Cristo del Amparo en la noche del miércoles santo, además de los bombardinos y los fagotes, de las matracas, le esculpen al final de la procesión un canto de miserere en castellano que todavía entonan en muchos pueblos de la provincia, un miserere hecho de roble, de encina, de pobreza llevada hasta el límite más exacto de la honradez y la hombría de las buenas gentes de mi tierra.
En la medianoche del jueves santo, para anunciar que llega, antes de su miserere, el Jesús Yacente, ese Cristo de cuerpo presente del que antes os hablé, van sonando unas campanillas de viático, que todos recordaréis, de niños, acompañaba el paso del Sacramento y la extremaunción camino de las casas donde yacían los moribundos. Al pasar oíamos decir a nuestros padres “van a casa de fulano, que le ha llegado ya su hora”.
El sonido del Merlú, una corneta y un tambor destemplado que llaman a penitencia a los hermanos de la cofradía de Jesús Nazareno. Comienza a sonar a las dos de la madrugada del viernes santo y su aguda voz ya no cesará hasta el mediodía, alargándose por toda la ciudad a través del interminable reguero de su procesión. El toque, de madrugada, semeja ser un eco fantasmagórico, parece un impresionante grito venido de otro mundo, una llamada hecha desde la otra vida. Y se repetirá a lo largo de muchas horas. Y con ese sonido, rezaremos los zamoranos por quienes, ocuparon un día muy no muy lejano aquí en la tierra, un puesto, un banzo debajo del paso o en la fila de los penitentes y han dejado un hueco definitivo en nuestro corazón.
Y qué más sencillo sonido que el de la Salve con que las mujeres besan y despiden a María en sus procesiones. Esa salve, más que un acto de culto, es en esos momentos, ante las plantas de la Esperanza, Nuestra Madre o la Soledad, un acto de caridad. Es darle el pésame a la Madre con un beso hecho de amor y fe y pedirla por favor que nos siga ayudando a alcanzar las promesas de su Hijo muerto.
En fin, estas son algunas de las muchas razones que justifican por si solas la popularidad internacional que hoy tiene nuestra Semana Santa. Aquí, en Zamora, no exhibimos esculturas, las adoramos. Vamos rezando con ellas. No nos limitamos a llevarlas de sus altares a las calles. Las queremos meter en el corazón de los miles de espectadores que las ven pasar. Hacemos de la procesión un acto de culto, de penitencia, no una mera representación teatral. Sí, lo hacemos por tradición, porque nos lo enseñaron los nuestros y queremos entregárselo a los que vienen. Y lo hacemos con la misma fe y el mismo amor que ellos pusieron y aprendimos. No es pura palabrería. No me guía la pasión, aún teniéndola. Zamora ofrece en esos días santos serenidad para el espíritu, sosiego para tu mente, paz en tu ánimo y lecciones de historia y de leyenda en sus monumentos, en los que, sobre todo, el románico es un canto de amor inagotable de los zamoranos de todos los siglos. Ven y asistirás verdaderamente a la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, tal y como lo cuenta, sencillamente, el evangelio.
La organización de este Encuentro Cultural y turístico del VII Congreso Nacional de Cofradías de Semana Santa y de Semanas Santas de Interés Turístico Internacional sabía que no hay en nuestra ciudad una personalidad tan erudita, de prosa tan rica y poética como la del periodista Luis Felipe Delgado de Castro, al que encargó una conferencia sobre la Pasión en Zamora, aunque fuera en un horario tan poco apropiado como el de las 17.00 horas de una tarde de viernes.
El maestro de periodista, perfecto conocedor de la intrahistoria de la Semana Santa contemporánea, inició su conferencia hablando de tres épocas en la Historia de la Pasión de Zamora, para después entrar en un discurso impresionista, emotivo,lírico, de la esencia de nuestra Semana Santa y de sus instantes más evocadores, impactantes e inolvidables. Y, sin olvidar, que se trata de abordar una representación religiosa, de una fe, de unas creencias, del Evangelo, en definitiva.
No hemos querido realizar una sipnosis de lo que ha dicho esta tarde Delgado de Castro, en la carpa instalada para este VII Congreso Nacional de Cofradías y Hermandades de Semana Santa, porque hurtaríamos al lector párrafos que adulterarían la construcción, medida, arquitectónica, de esta casi pregón. Por lo tanto, ahí ofrecemos esta nueva elevación de la Pasión de Zamora rubricada por un maestro en estas lides:
Semanas Santas de Interés Turístico Internacional.
Zamora, 22 de febrero de 2019
Se inicia este encuentro de Semanas Santas de Interés Turístico Internacional con la ciudad anfitriona y para mí, como zamorano, es una satisfacción que la Junta Pro Semana Santa de Zamora me haya designado para esta labor. Es un orgullo y un honor poder hablar siempre de Zamora y de esta santa tradición que tanta gloria le ha dado en todo el mundo. Voy a explicarles las características y cualidades más notables que distinguen a nuestra Semana Santa de las demás. Somos muy distintos en vivir esta tradición aunque todas tengan un solo e indivisible hilo común, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. La Semana Santa de Zamora no es la más hermosa ni puede que la mas artística, seguro, aún reuniendo notabilísimos ejemplos. Pero sí es, sobre todo, verdadera. Una maravilla de religiosidad popular, auténtica. Plásticamente devota. O devotamente plástica. Y de esos rasgos precisamente quiero hablaros a continuación.
Zamora, para alcanzar tan excelsa notoriedad ha vivido tres etapas fundamentales muy concretas en su Semana Santa. La primera lleva por derecho propio el nombre de RAMÓN ALVAREZ, un humilde imaginero local, un artesano que alcanzará la gloria, desde la crianza y custodia de rebaños en su niñez a la cátedra de dibujo del instituto de su ciudad natal. A esta gubia artesana de don Ramón deber Zamora el primer gran impulso de su popularidad escultórica. Este periodo abarca desde 1857 en que cincela la primera madera del grupo de “El Descendimiento de Cristo” hasta treinta años más tarde, en 1887, cuando, intuyendo su muerte, nos entrega su última obra, la Virgen de los Clavos, la última madre que quiere dejar a Zamora como herencia. Para Zamora esculpió cuatro grupos escultóricos de una compleja y sobria talla y sorprendente verismo. El Descendimiento, La Caída, la Crucifixión y la Lanzada de Longinos. Y ocho imágenes de devoción, dos de ellas, Nuestra Madre de las Angustias y la Virgen de la Soledad, estrellas de la veneración de toda una ciudad, loca de amor y de fe por ellas.
Permitidme que me detenga un momento ante la Soledad, su obra cumbre sin duda, la advocación más querida, admirada y rezada. En esta Madre no hay espadas ni estridencias, ni exageraciones, ni lutos retorcidos o postizos, ni miradas angustiadas, gestos desmayados o rotos. No. Es una Madre, eso sí, guapa, muy guapa, de luto entero y verdadero, de pies a cabeza, una madre de pueblo que, al salir del camposanto, ha bajado la mirada, va llorando dulce, desconsoladamente y deja caer sus manos, vencidas por la pena y la nada en que quedan, cosidas por un rosario sobre el regazo. Una madre que anda. Y que vive. Y que siente. El sábado santo La Soledad va vestida solamente de luto, sin oros, ni estrellas ni palios, ni terciopelos ni montañas de cirios, con cuatro ramicos de flores blancas, las justas, a sus pies. Al verla allí esa noche, andando en plena calle, veréis como me quedo muy corto con estas palabras. Supera con mucho lo que yo pueda deciros ahora de Ella. Bueno, pues la talló, la puso en pie, la hizo de vida, nos la entregó, de carne y hueso casi, aquel humilde artesano, aquel sencillo imaginero, aquel hojalatero medio muerto de hambre que fue don Ramón Alvarez.
La segunda etapa, otro cimiento del valor actual de la Semana Santa de Zamora, arranca en 1898 con la constitución de la Junta de Fomento que, con la ayuda de instituciones públicas y de particulares, conseguirá completar en pocos años la cronología escultórica de la Pasión, tras fallecer don Ramón Álvarez, incorporando nuevos grupos escultóricos que tallan algunos de sus discípulos mas aventajados, Miguel Torija o Aurelio de la Iglesia. La Junta de Fomento atravesará desde su creación hasta el comienzo de la Guerra Civil de 1936, numerosos altibajos, momentos y fases de espléndida creatividad (nuevas cofradías, incremento de imaginería) y otras épocas en las que sí apenas se nota su actividad en la sociedad civil y religiosa de la ciudad. Cuatro ejemplos de sus aciertos son los grupos de “La Sentencia” y “Retorno del Sepulcro”, en 1926 y 1927, la creación como cofradía de la procesión popular de Nuestrsa Madre de las Angustias, la recuperación y consolidación de la salida en procesión del formidable Crucificado de las Injurias, sin duda una de las más sobresalientes esculturas de un crucificado en todo el país, el contrato firmado con Mariano Benlliure para el grupo “Redención” que entrega en 1931, en el comienzo de la titubeante y enmarañada segunda república. Mariano Benlliure aprendió allí en Zamora, cuentan que del mismo don Ramón Alvarez, las primeras formas y maneras de manejar la gubia y en Zamora nos dejó cuando aún no cumplía los dieciséis años, en 1879, esa maravilla del grupo “El Descendido”, la estampa en la que sobresale María con Jesús en sus brazos, como un poema de amor inagotable.
Y la tercera etapa, tras la guerra civil, llega hasta hoy y arranca en los años cuarenta con la fundación de las hermandades que van a permitir cerrar el ciclo de procesiones de los días de la Pasión, lunes y martes santos, reforzando además las medianoches y madrugadas de miércoles y jueves y apuntalándola hace poco más de cuarenta años con las hermandades de más reciente creación, encajadas todas ellas perfectamente en el cuadro cofrade, artístico y devocional de Zamora.
En esta última etapa salen a la calle imágenes de gran categoría artística, a veces de gubias anónimas, que permanecían en sus altares o capillas, ignoradas, arrinconadas. El Yacente de la escuela de Gregorio Fernández, atribuido a Francisco de Fermín, o los Crucificados de la Buena Muerte y de la Expiación son tres buenos ejemplos. Se esculpen y tallan nuevos grupos, algunos con las firmas de los más afamados imagineros y escultores del país entonces, Florentino Trapero, Víctor de los Ríos o Quintín de Torre. Años después se suman los zamoranos Ramón Abrantes, Hipólito Pérez Calvo, Higinio Vázquez y Ricardo Flecha.mas el toque de la imaginería sevillana que aportan Luis Álvarez Duarte con su Cristo muerto y Ramos Corona con la Piedad, ambos para el Santo Entierro. Otras cofradías sufrirán profundas renovaciones y recuperarán algunos de los signos religiosos o estéticos que perdieron con el paso del tiempo y de esta forma conseguirán situar a la Semana Santa de Zamora en el lugar privilegiado que ocupa actualmente, alcanzando la gloria con una mezcla de la calidad de sus esculturas, de la sobriedad de su escenario, de la austeridad de sus hábitos y tronos, de la armonía de sus músicas y sonidos, del sentimiento religioso que emana de sus procesiones y actos de culto externos y del silencio hecho a la medida de sus calles y rúas.
Paso ahora a describirles algunos de los momentos y cuadros más emocionantes de nuestra Semana Santa, fundamentos de esa enorme popularidad, esenciales en la enorme fama de esta Pasión.
El primero de ellos, el juramento de silencio, al atardecer del miércoles santo, en la plaza de la Catedral, ante el Cristo de las Injurias. Allí entre dos luces, asistimos a la agonía de Cristo, mientras un hermano promete y ofrece el silencio de la ciudad entera ante la impresionante escultura y más de dos mil caperuces de sangre, rojo veludillo y blanca túnica se prestan a acompañarlo por la ciudad. Zamora calla mientras el Cristo se va muriendo, entre silencios por las viejas calles y las modernas calles.
Esa misma noche, la procesión de las capas pardas aporta un decorado distinto, rural a la Pasión, sencillamente pueblerino. Capas pardas de labores y de festejos en las comarca de Aliste que exaltó sobre todo el pueblo de Bercianos de Aliste en su procesión de las mortajas y tiene su prolongación en esta noche aquí en la ciudad. La estampa sobrecoge, impresiona, solloza un bombardino una plegaria, ruge la madera golpeada de las matracas de tinieblas y se oye el miserere popular en castellano antiguo y recio que entonan todavía los hombres y mujeres de buena voluntad y fe sencilla de nuestros pueblos.
En la noche del jueves santo, en la castellana plaza que preside el guerrero Viriato, escucharás el miserere final del entierro de Jesús Yacente. El cadáver de Cristo puesto sobre unas parihuelas pasa entre una corona tejida de cirios rojos y caperuces blancos. Mientras la luna llena de Nisán alumbra la funeraria escena. Nunca la súplica de un perdón del hombre tuvo la belleza y religiosidad que esa noche en Zamora.
La salida del grupo Jesús Camino del Calvario, a las cinco de la madrugada del viernes santo del interior de una de las iglesias de mayor belleza arquitectónica, San Juan de Puerta Nueva, sale el grupo Jesés Camino del Calvario, al que todos los zamoranos llamamos El Cinco de Copas, dada la composición geométrica de sus figuras. Jesús en el centro de la escena y cuatro soldados o sayones, dos delante y dos detrás, en simetría calculada, camino del calvario. El reo, rodeado. Y de repente, arranca la música, es la marcha fúnebre de Thalberg. Thalberg es hoy el himno indiscutible de Zamora, el santo y seña musical de su Pasión y no hay zamorano que no la sepa y disfrute al escucharla cuando, a cientos o miles de kilómetros de distancia, allá donde se encuentre, quiera soñar un momento con su ciudad del alma, con los amigos que quedaron aquí, con rincones, paisajes, rostros, estampas de la Zamora que perdieron y que añoran hasta las entretelas del corazón. Esa madrugada estar en esta iglesia zamorana es respirar un sentimiento profundamente zamorano, es pedir a Dios que cargue con la cruz de una tierra, cada vez más abandonada a su suerte y es sentirnos cirineos de su camino hacia el Calvario. Ver ese paso del Cinco de Copas, cómo se baila, cómo se mueve, cómo se bambolea al compás de la música de tan entrañable marcha es ver andar de verdad a Jesús con la cruz a cuestas por encima de las cabezas de los espectadores que llenan la iglesia, por encima de las cruces de los hermanos, por encima de las luces del día que se acercan en una inolvidable ceremonia de amanecer.
Hay otros muchos momentos en ese hermoso retablo de la Pasión de Zamora.
El martes santo, el Nazareno y la Virgen de la Esperanza cruzarán el puente románico, un Nazareno cruzando el puente, como el vuestro, con toda la noche sobre los dos y otra procesión hecha de luces y de reflejos sobre el cauce del Duero que pisan ambas imágenes.. En las tardes del jueves y viernes santos pasan por las viejas rúas las gloriosas esculturas que recuerdan los pasajes cumbre de la Pasión, desde la Cena a la Cruz, de la Oración del Huerto a la Lanzada, del Prendimiento al Descendido, de la Flagelación al Retorno del sepulcro. Una maravillosa colección de grupos escultóricos, la narración de los evangelios de la pasión explicada con singular belleza en la madera en una colección impresionante de grupos escultóricos e imágenes.
En esa madrugada del viernes santo, henchida de nostalgias de Thalberg, en la avenida de las Tres Cruces, antaño las afueras, todos los pasos se arrodillan ante la Virgen de la Soledad. Es la reverencia. Todos se inclinan amorosamente cuando pasa la Madre. Es un angelus de pasión inolvidablemente bello, una avemaría de luto que, en el esfuerzo de los hermanos de paso de todos los grupos, es un piropo, más que una oración, a la Madre de la Soledad.
Y el domingo de Resurrección, en la plaza mayor, se encuentran de nuevo la Madre y el Hijo. Ceremonia popular que se repite en todas las celebraciones. Aquí en Zamora, se saludan, se besan con la mirada y con la música de la dulzaina y el tamboril, nuestro aire más lucido de romería. Y bajan los dos por la cuesta, camino del río, rodeados del amor de los suyos que somos todos. La mañana de Pascua nos sabe a gloria bendita. Bueno, y a dos y pingada eñl plato que cierra los ayunos cuaresmales.
Todos estos momentos incomparables que acabo de describiros basan su éxito en dos razones o ejes fundamentales: la fe y la belleza, así de sencillo aunque a primera vista parezca más complejo o sea difícil de entender.
Fe. Hay fe en nuestras calles esos días. Al cofrade se le llama hermano. Y se le siente hermano, de corazón. Los pies descalzos abundan en las calles pedregosas, arrugadas de años, del casco antiguo, las pesadas cruces sobre las espaldas de los penitentes, se sacan a hombros la mayor parte de los grupos e imágenes de devoción, no para cumplir un rito pagano de primavera, por seguir una tradición mas o menos hermosa, herencia de nuestros antepasados a los que así se honra. O para atraer a la ciudad a cientos, a miles de turistas como si fuera una representación teatral más. No, en Zamora, en sus procesiones encuentran perfecto sentido las frases del evangelio: “el que tenga oídos para oír, que oiga” o “el que quiera, que tome su cruz y me siga”.
Otra razón fundamental es la belleza, la hermosura, la estética tan conseguida de sus desfiles procesionales, la cuidada selección de las rúas y callejuelas por las que pasan, estas que conocéis estos días, la iluminación rústica e ideal del casco antiguo, las fachadas monumentales de sus principales templos, palacios o conventos. La elección de las túnicas, de estameña o laval, bien pobres, algunas servirán de mortaja, los hachones, los faroles, las antorchas y los sonidos. Dios entra en Zamora por los ojos y por los oídos.
Y al hablar del oído, fundamentales sonidos los que tiene esta Pasión. De entre todos ellos, el Barandales es el sonido más popular, el hermano de la Cofradía que va tocando dos esquilones de bronce por las calles, moviéndolos en sus manos, anunciando a los hermanos la celebración de las asambleas, de los actos de culto y la llegada de la procesión a los espectadores.
El sonido de las marchas fúnebres, tristes, solemnes, emocionantes, conjugando con perfección el esfuerzo de los hermanos de los pasos, paso dulce, pausado, lento con el que consiguen el sorprendente efecto de que la Virgen o el Nazareno sean los que vayan andando, tal es la perfecta sincronización de la música y de los pies de los hermanos de paso.
Y las salmodias. El lunes santo, un sensacional coro de hermanos, van entonando al lado mismo del crucificado un salmo conmovedor de perdón. Las antorchas, las cogullas monacales, y el canto forman un cuadro místico, poético, sobrecogedor y maravilloso. Cristo es llevado a la altura del corazón, casi a ras de suelo, como un hombre mas que acaba de morir. El martes santo de madrugada, unos grandes tambores se contestan noche adentro y anuncian el testamento del Crucificado, como si fueran golpes de pecho, de sincero arrepentimiento, de todos los sonidos de la vida. Al humilde Cristo del Amparo en la noche del miércoles santo, además de los bombardinos y los fagotes, de las matracas, le esculpen al final de la procesión un canto de miserere en castellano que todavía entonan en muchos pueblos de la provincia, un miserere hecho de roble, de encina, de pobreza llevada hasta el límite más exacto de la honradez y la hombría de las buenas gentes de mi tierra.
En la medianoche del jueves santo, para anunciar que llega, antes de su miserere, el Jesús Yacente, ese Cristo de cuerpo presente del que antes os hablé, van sonando unas campanillas de viático, que todos recordaréis, de niños, acompañaba el paso del Sacramento y la extremaunción camino de las casas donde yacían los moribundos. Al pasar oíamos decir a nuestros padres “van a casa de fulano, que le ha llegado ya su hora”.
El sonido del Merlú, una corneta y un tambor destemplado que llaman a penitencia a los hermanos de la cofradía de Jesús Nazareno. Comienza a sonar a las dos de la madrugada del viernes santo y su aguda voz ya no cesará hasta el mediodía, alargándose por toda la ciudad a través del interminable reguero de su procesión. El toque, de madrugada, semeja ser un eco fantasmagórico, parece un impresionante grito venido de otro mundo, una llamada hecha desde la otra vida. Y se repetirá a lo largo de muchas horas. Y con ese sonido, rezaremos los zamoranos por quienes, ocuparon un día muy no muy lejano aquí en la tierra, un puesto, un banzo debajo del paso o en la fila de los penitentes y han dejado un hueco definitivo en nuestro corazón.
Y qué más sencillo sonido que el de la Salve con que las mujeres besan y despiden a María en sus procesiones. Esa salve, más que un acto de culto, es en esos momentos, ante las plantas de la Esperanza, Nuestra Madre o la Soledad, un acto de caridad. Es darle el pésame a la Madre con un beso hecho de amor y fe y pedirla por favor que nos siga ayudando a alcanzar las promesas de su Hijo muerto.
En fin, estas son algunas de las muchas razones que justifican por si solas la popularidad internacional que hoy tiene nuestra Semana Santa. Aquí, en Zamora, no exhibimos esculturas, las adoramos. Vamos rezando con ellas. No nos limitamos a llevarlas de sus altares a las calles. Las queremos meter en el corazón de los miles de espectadores que las ven pasar. Hacemos de la procesión un acto de culto, de penitencia, no una mera representación teatral. Sí, lo hacemos por tradición, porque nos lo enseñaron los nuestros y queremos entregárselo a los que vienen. Y lo hacemos con la misma fe y el mismo amor que ellos pusieron y aprendimos. No es pura palabrería. No me guía la pasión, aún teniéndola. Zamora ofrece en esos días santos serenidad para el espíritu, sosiego para tu mente, paz en tu ánimo y lecciones de historia y de leyenda en sus monumentos, en los que, sobre todo, el románico es un canto de amor inagotable de los zamoranos de todos los siglos. Ven y asistirás verdaderamente a la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, tal y como lo cuenta, sencillamente, el evangelio.


















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