Eugenio de Ávila
Viernes, 22 de Febrero de 2019
PERSPECTIVAS

La desmedida ambición del político mediocre

Reflexionemos: ¿Cómo es posible que personas vulgarísimas aspiren a presidir la Junta de Castilla y León, el Ayuntamiento de Zamora e incluso su comunidad de vecinos?

[Img #25813]Eugenio-Jesús de Ávila

Amo la política, porque soy ciudadano, un zoon politikon, y porque considero que es un arte. Pero España, Castilla y León, esa comunidad autónoma anacrónica y ahistórica, y Zamora han padecido -todavía sufren- la aparición en la gobernanza  de las instituciones públicas de sujetos voraces, insaciables, verdaderos “tiburones” de la res pública; solo preocupados de su ego, de convertir la mentira en su caballo de batalla, de practicar la traición como doctores en felonía. El pueblo consintió que personajes de enorme vulgaridad fracturasen esa obra de arte que es la política. Nuestra democracia ha consistido en un largo proceso hacia la infamia, el deshonor y la vileza.

Autonomías, quizá el mayor error del suarismo, tomadas por personajes abyectos, de cuyos nombres me acuerdo, pero me niego a citar; diputaciones, como la nuestra, que protagonizaron casos dignos, por su hedor, de convertirse en noticia para la prensa de ámbito nacional, y alcaldías fueron ocupadas por gente, como mínimo, sin preparación, profesionales de la res pública, indignos de administrar las instituciones para la felicidad y satisfacción del pueblo.

La falta de calidad del sistema evidencia la vulgaridad de los políticos que presiden autonomías, diputaciones, ayuntamientos, parlamentos. Hemos pasado de personalidades como las de Suárez y Felipe González, con las numerosas corrupciones acontecidas durante los gobiernos socialistas, desde el GAL a Filesa, pasando por los despachos de los hermanos Guerra en Andalucía, más el BOE, Cruz Roja, Guardia Civil, a políticos como Zapatero, Rajoy, al que ya le olía el PP,  y ahora Pedro Sánchez, y presidentes de comunidades como Lucas, todavía viviendo de este chollo de la política,  y Herrera, del que se dicen que es buena gente, pero cobijó a personajes como Villanueva, que en gloria esté, y otros políticos de dudosa catadura moral. La democracia española se degrada, como si hubiera hecho metástasis el vicio, la injusticia, la amoralidad, la podedumbre, cubiertos, además, con la pátina de la  mediocridad.

En plena decadencia del sistema, en una quiebra real de la democracia española, ante la falta de personalidad para terminar con el gravísimo problema del secesionismo catalán, socialfascismo de libro, ayer Silvia Clemente, presidenta de las Cortes de Castilla y León, que ocupase en casi dos décadas varias consejerías, harta de que, al parecer, conspiraran contra su persona, como sucedió de una manera parecida, con Rosa Valdeón, pues se trata del mismo monstruo político, realizó una comparecencia ante la prensa, casi toda alimentada por subvenciones públicas de la propia Junta, en la que habló claro del próximo candidato a presidir esa cosa de Valladolid, una institución que sobra, en la que el pueblo llano ni cree ni le gusta,  y que han utilizado para sus propios beneficios empresarios y políticos.

Y esas declaraciones y lo que sé de esta persona desde hace mucho tiempo, vicios que confirmó ayer Clemente, como falta de palabra, capacidad, liderazgo e imagen, me obligan a la reflexión, que me urge a preguntarme: ¿Cómo es posible que este personaje, como muchos otros que abundan por la España política, en instituciones regionales, provinciales y locales, hayan llegado tan arriba, tan alto y amenacen como subir y subir hasta alcanzar el paraíso político? ¿Qué nos pasa a los españoles: nos hemos trastornado, convertido en badulaques, nos devora una cierta apatía antropológica, las televisiones acabaron con nuestra personalidad, talento, inteligencia para conducir a tanto malandrín a la cúspide de la pirámide política? ¿Cómo Fernández Mañueco puede aspirar a tanto y los ciudadanos de Castilla y León hemos caído tan bajo, como si algún demiurgo nos hubiera licuado el cerebro?

Yo conozco mis limitaciones intelectuales. Nunca aspiré a dirigir El País, ni tampoco el ABC, ni tan si quiera La Razón, ni mucho menos El Correo de Zamora, porque carezco de talento, erudición y sabiduría ni para dirigir ni el periódico, ni emisoras, ni la televisión local. Sé cuáles son mis virtudes, alguna debe haber, y mis defectos, pues soy doctor cum laude en mis propias miserias. ¡Cómo es posible, pues, que Fernández Mañueco quiera presidir el ejecutivo autonómico o, sin ir  más lejos, Mayte Martín Pozo desee ser alcaldesa de mi ciudad! ¿Ignoran su vulgaridad, o se creen superdotados?  ¿No hay, entre los miles de militantes del PP en esta doble región y en nuestra ciudad, personas más cualificadas para dedicarse a la administración de la res pública que las anteriormente mencionadas? No va más. Me tendré que autoexiliar. La patria de Pessoa me espera o, en su defecto, La Toscana.

 

 

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