PERSPECTIVAS
Hay que embellecer Zamora
Para amar esta ciudad, para cambiarla, hay que conocer su historia
Eugenio-Jesús de Ávila
La candidata a presidir el Ayuntamiento de Zamora y su equipo de asesores desconocen que la seña bermeja cuenta con nueve tiras: ocho rojas, victorias de Viriato sobre los romanos, y una verde esperanza, otorgada por Fernando el Católico, el marido de Isabel I, después del triunfo en Peleagonzalo sobre las huestes de la Juana la “Beltraneja”, batalla ocurrida en el mes de marzo de 1476, año en que un servidor todavía no había venido al mundo, aunque algunos de mis contemporáneos, por su visión reaccionaria y dictatorial de la política, tengan raíces en tiempos muy pretéritos.
Creo que fue ayer, cuando, al mediodía, buzonearon propaganda del Partido Popular para que el personal vote al PP en los comicios del 26 de mayo. El diseño de ese panfleto, nunca mejor expresado, lo protagoniza la seña bermeja, pero…le falta una tira carmesí, con lo que le restamos una victoria al héroe lusitano sobre los ejércitos romanos. Si se quiere, podría resultar baladí esta ausencia, un asunto sin importancia. Pero demuestra que hay políticos que desconocen nuestra historia, ignoran las razones de esta deriva económica y demográfica y tampoco, por ende, buscarán transformar nuestra sociedad, empujarla hacia el progreso.
Todo político zamorano debería grabar en su mente una serie de fechas histórica, para, a lo largo del año, celebrarlas y, si es posible, exportarlas al resto de la geografía española. Verbigracia: año 893, repoblación de la ciudad por el monarca leonés Alfonso III. Mes de julio del 901, Batalla de El Día de Zamora. 6 de octubre de 1072: Cerco de Zamora. 1120: Diócesis con sede propia. Año 1139: inicio de las obras de la Catedral. Año 1174: Consagración de la Seo. Y, dando un salto en el tiempo, 6 de enero de 1809: Batalla de Villagodio contra las tropas de Napoleón. Una vez que el zamorano que desee dedicarse a la política, nunca de forma profesional, memorice estas efemérides, podrá potenciar el turismo cultural, con los consiguientes beneficios que aportaría a la ciudad. Y solo enfatizo los acontecimientos más importantes.
Es tan desmesurada la ignorancia general de políticos –el periodismo no puede presumir de erudito en nada-, que he llegado a pensar, y asumo, que la res pública se ha convertido para muchas personas en un negocio, en una manera de vivir por encima de sus posibilidades profesionales. También, gente frustrada, por diversas razones, físicas, intelectuales, sociales, desde su infancia, cuando alcanza algún poder, proyectan esa insatisfacción sobre el prójimo, sea compañero o pueblo, como colectivo, y rivales ideológicos.
Yo quiero para mi tierra políticos libérrimos, que otorguen mayor importancia a Zamora que a su partido, que, si, en un momento determinado, ante una circunstancia equis, deben elegir entre el partido y la ciudad, se inclinen por el pueblo, por la gente. Toda persona, hombre o mujer, que se dedique, como máximo ocho años, a la res pública, debe utilizar al partido como medio para lograr un fin: que la gente sea más feliz, embellecer su ciudad y mejorar los servicios. Nunca, por supuesto, hacer de su formación un instrumento para obtener máximos beneficios personales, económicos, políticos.
Hay que cambiar la mentalidad de los zamoranos, que dejen de militar en esa apatía antropológica y se conviertan en ciudadanos, en personas que exijan, que pidan, que protesten, que se rebelen contra las cacicadas, las injusticias, el nepotismo. El político, el del derechas y el del revés, también es un ser mortal, sufre, se alegra, se enoja, dice tacos -algunas más que otros-; y su poder es finito, además siempre su gobernanza resulta susceptible de críticas. Y si no le gusta que sus acciones políticas se pongan en solfa, que se dedique a vivir de su profesión, que nadie le exigió ni ser alcalde, ni presidente de la Diputación, ni senador ni diputado nacional, ni tan si quiera concejal de Deportes.
Zamora hay que cambiarla. Esta ciudad no resiste más gente sin clase gobernándola, más hombres y mujeres que se preocupen más de las arrugas de su rostro que del deterioro del espacio urbano. Hay que sentarse, ganadores y vencidos, izquierdas, derechas y mediopensionistas, y, entre todos, diseñar la ciudad que queremos, por dónde crecer, qué potenciar, qué tapar, qué subrayar, qué monumentos restaurar –toda la muralla y las dos torres del Puente de Piedra-, qué edificios convertir en accesibles –la Torre de la Catedral-; que restos de iglesias y de otros yacimientos monumentales –templo de San Gil- merecen ser visibles para los ciudadanos, los de aquí y los de allá; qué espacios públicos dotar de fuentes, jardines –plaza de la Constitución, parque del Castillo…- y que solares expropiar, si los propietarios no acceden a vender a un buen precio o edificar –tantos en el casco antiguo y tan numerosos en La Horta y San Antolín-, y, no me olvido, acelerar los derribos de las casas y edificios que tapan las murallas de la avenida de la Feria y ajardinar todo ese espacio, dotándolo de coquetos jardines y algunas fuentecillas, porque el sonido del agua, sobre todo en el verano, suena mejor que una sinfonía de Mozarte, y, además, alegra el alma, cuando tiene sed de justicia.
Hay, pues, muchas cosas que hacer para embellecer la ciudad del Romancero, la de Doña Urraca, Arias Gonzalo y Vellido Dolfos, y la de los héroes del Día de Reyes de 1809. Solo hay que poseer cierta sensibilidad y querer a Zamora. Me temo que siempre habrá algún personaje que quiera gobernar el Ayuntamiento para cuestiones espurias.
Esta ancianita venerable que es nuestra ciudad necesita un plan de embellecimiento, un lifting arquitectónico, y urbanístico urgente.
Eugenio-Jesús de Ávila
La candidata a presidir el Ayuntamiento de Zamora y su equipo de asesores desconocen que la seña bermeja cuenta con nueve tiras: ocho rojas, victorias de Viriato sobre los romanos, y una verde esperanza, otorgada por Fernando el Católico, el marido de Isabel I, después del triunfo en Peleagonzalo sobre las huestes de la Juana la “Beltraneja”, batalla ocurrida en el mes de marzo de 1476, año en que un servidor todavía no había venido al mundo, aunque algunos de mis contemporáneos, por su visión reaccionaria y dictatorial de la política, tengan raíces en tiempos muy pretéritos.
Creo que fue ayer, cuando, al mediodía, buzonearon propaganda del Partido Popular para que el personal vote al PP en los comicios del 26 de mayo. El diseño de ese panfleto, nunca mejor expresado, lo protagoniza la seña bermeja, pero…le falta una tira carmesí, con lo que le restamos una victoria al héroe lusitano sobre los ejércitos romanos. Si se quiere, podría resultar baladí esta ausencia, un asunto sin importancia. Pero demuestra que hay políticos que desconocen nuestra historia, ignoran las razones de esta deriva económica y demográfica y tampoco, por ende, buscarán transformar nuestra sociedad, empujarla hacia el progreso.
Todo político zamorano debería grabar en su mente una serie de fechas histórica, para, a lo largo del año, celebrarlas y, si es posible, exportarlas al resto de la geografía española. Verbigracia: año 893, repoblación de la ciudad por el monarca leonés Alfonso III. Mes de julio del 901, Batalla de El Día de Zamora. 6 de octubre de 1072: Cerco de Zamora. 1120: Diócesis con sede propia. Año 1139: inicio de las obras de la Catedral. Año 1174: Consagración de la Seo. Y, dando un salto en el tiempo, 6 de enero de 1809: Batalla de Villagodio contra las tropas de Napoleón. Una vez que el zamorano que desee dedicarse a la política, nunca de forma profesional, memorice estas efemérides, podrá potenciar el turismo cultural, con los consiguientes beneficios que aportaría a la ciudad. Y solo enfatizo los acontecimientos más importantes.
Es tan desmesurada la ignorancia general de políticos –el periodismo no puede presumir de erudito en nada-, que he llegado a pensar, y asumo, que la res pública se ha convertido para muchas personas en un negocio, en una manera de vivir por encima de sus posibilidades profesionales. También, gente frustrada, por diversas razones, físicas, intelectuales, sociales, desde su infancia, cuando alcanza algún poder, proyectan esa insatisfacción sobre el prójimo, sea compañero o pueblo, como colectivo, y rivales ideológicos.
Yo quiero para mi tierra políticos libérrimos, que otorguen mayor importancia a Zamora que a su partido, que, si, en un momento determinado, ante una circunstancia equis, deben elegir entre el partido y la ciudad, se inclinen por el pueblo, por la gente. Toda persona, hombre o mujer, que se dedique, como máximo ocho años, a la res pública, debe utilizar al partido como medio para lograr un fin: que la gente sea más feliz, embellecer su ciudad y mejorar los servicios. Nunca, por supuesto, hacer de su formación un instrumento para obtener máximos beneficios personales, económicos, políticos.
Hay que cambiar la mentalidad de los zamoranos, que dejen de militar en esa apatía antropológica y se conviertan en ciudadanos, en personas que exijan, que pidan, que protesten, que se rebelen contra las cacicadas, las injusticias, el nepotismo. El político, el del derechas y el del revés, también es un ser mortal, sufre, se alegra, se enoja, dice tacos -algunas más que otros-; y su poder es finito, además siempre su gobernanza resulta susceptible de críticas. Y si no le gusta que sus acciones políticas se pongan en solfa, que se dedique a vivir de su profesión, que nadie le exigió ni ser alcalde, ni presidente de la Diputación, ni senador ni diputado nacional, ni tan si quiera concejal de Deportes.
Zamora hay que cambiarla. Esta ciudad no resiste más gente sin clase gobernándola, más hombres y mujeres que se preocupen más de las arrugas de su rostro que del deterioro del espacio urbano. Hay que sentarse, ganadores y vencidos, izquierdas, derechas y mediopensionistas, y, entre todos, diseñar la ciudad que queremos, por dónde crecer, qué potenciar, qué tapar, qué subrayar, qué monumentos restaurar –toda la muralla y las dos torres del Puente de Piedra-, qué edificios convertir en accesibles –la Torre de la Catedral-; que restos de iglesias y de otros yacimientos monumentales –templo de San Gil- merecen ser visibles para los ciudadanos, los de aquí y los de allá; qué espacios públicos dotar de fuentes, jardines –plaza de la Constitución, parque del Castillo…- y que solares expropiar, si los propietarios no acceden a vender a un buen precio o edificar –tantos en el casco antiguo y tan numerosos en La Horta y San Antolín-, y, no me olvido, acelerar los derribos de las casas y edificios que tapan las murallas de la avenida de la Feria y ajardinar todo ese espacio, dotándolo de coquetos jardines y algunas fuentecillas, porque el sonido del agua, sobre todo en el verano, suena mejor que una sinfonía de Mozarte, y, además, alegra el alma, cuando tiene sed de justicia.
Hay, pues, muchas cosas que hacer para embellecer la ciudad del Romancero, la de Doña Urraca, Arias Gonzalo y Vellido Dolfos, y la de los héroes del Día de Reyes de 1809. Solo hay que poseer cierta sensibilidad y querer a Zamora. Me temo que siempre habrá algún personaje que quiera gobernar el Ayuntamiento para cuestiones espurias.
Esta ancianita venerable que es nuestra ciudad necesita un plan de embellecimiento, un lifting arquitectónico, y urbanístico urgente.


















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