Eugenio de Ávila
Domingo, 24 de Marzo de 2019
PERSPECTIVAS

Zamora, entre la envidia y la calumnia

Eugenio-Jesús de Ávila

[Img #26402]Tengo para mí que en la ciudad del alma, se muere dos veces: la primera, cuando la sociedad te mata con su envidia y te entierra con calumnias, y la definitiva, cuando las parcas te vienen a buscar. En las urbes pequeñas, en la nuestra por supuesto, si destacas en talento, belleza, físico, inteligencia, el vulgo buscará algún defecto, cualquier error, para laminarte, eliminarte, vejarte. Pero si eres político, conocerás cómo a tu alrededor abundan los cobistas, esos mediocres, incapaces de alcanzar un status determinado, el que correspondería a su intelecto, que dedican sus mejores talentos a reptar el campo de cualquier mindundi que administre la res pública.

Alguien me dijo-político del franquismo que también ordenó y mandó en esta democracia de cartón piedra- que hasta Dios le gusta el incienso. Por lo tanto, a todo quisque también le place que le bailen el agua. Los que somos pocos simpáticos, serios; los que nos reímos de nosotros mismos y con nuestra gente, caemos mal a los hombres y mujeres que se dedican a la política. Lógico. Sospechamos, como buenos ácratas, de todo poder, hasta del que administra la comunidad de vecinos. Y el que lo detente, lo sabe. Por supuesto, la seriedad nunca riñe con el respeto por la persona.

Aquellos que leímos el Quijote en varias ocasiones, se nos quedó lo de desfacer entuertos y combatir malandrines. De ahí mi afán por criticar a los políticos que, por otra parte, también es mi deber, si me considero periodista de vocación. Incluso también loé labores políticas cuando el que ocupaba el cargo cumplía sus promesas y laboró para la ciudadanía.

Y desprecio al que vive de esta profesión, la del periodismo o cómo quiera denominarla,  merced a la coba que da a los que mandan en el mundo de la economía y de la res pública. Me resultan seres mezquinos, evitables, aborrecibles. Por desgracia, en las pequeñas ciudades suele ser conducta común. Esta canalla provocó que la corrupción inyectase  su veneno de deseo en la política local, regional y nacional. Y lo grave es que se vendieron no por un plato de lentejas, sino por el bicho que vive de tan exquisita legumbre.

 

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