ANIVERSARIO
88 Aniversario de una República, "14 de abril", el inicio de una ucronía política
Hace 88 años, tal día como hoy, los monárquicos conservadores y la cobardía del Borbón, rey rijoso, padre de bastardos, jeta e intervencionista en política, después de una derrota de las izquierdas en las urnas en los comicios municipales, trajeron la II República, recibida con entusiasmo por el pueblo y los intelectuales, casos de Ortega y Gasset y Marañón, y que concluyó con una salvaje Guerra Civil, después de un minigolpe de Estado, decimonónico, ejecutado por San Jurjo, en 1932; otro muy serio del PSOE, el 6 de octubre de 1934, aprovechado por los de siempre, los separatistas catalanes, liderados por Lluis Companys, el político republicano que más sentencias de muerte firmaría durante la Guerra Civil; más varias huelgas de CNT, atentados terroristas, masacres como Casas Viejas, entre el 10 y el 13 de enero de 1933 –lo del tiro a la barriga- y asesinato de Calvo Sotelo –Gil Robles, un Casado de antaño, se salvó porque estaba en Salamanca-, líder monárquico, por la escolta de Indalecio Piedra, por cierto, personalidad que sufrió un atentando de seguidores de Largo Caballero, el 31 de mayo de 1936, en Écija, que se arrepintió, ya en el exilio mejicano, de su participación en el golpe de Estado de 1934, con estas palabras: “Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento revolucionario. Lo declaro, como culpa, como pecado, no como gloria”.
La II República, menos de un mes después de proclamarse, entre el 10 y el 13 de mayo de 1931, conoció la quema de un centenar de iglesias y conventos, y de la segunda biblioteca más importante de la nación, la de los Jesuitas, en San Bernardo; el cierre de cientos de periódicos no republicanos y suspensiones temporales y sanciones económicas, merced a la Ley en Defensa de la República. También ocurriría, de idéntica manera, cuando triunfó, en el invierno de 1933, el centro derecha. Debo colegir: no había demócratas ni a izquierda ni a derecha. 88 años después, tampoco existe ese espécimen humano en nuestra democracia. Todos desarrollan, hasta el paroxismo, el nepotismo y el sectarismo.
No festejo un régimen político que acabó con una tragedia como la de la Guerra Civil. Imposible. Ortega y Gasset, uno de los intelectuales de la República, criticó, con dureza el Régimen republicano, como antes había puesto el finiquito a la monarquía, con el célebre artículo el “Error Berenguer” y el famoso “Delenda est Monarchia”. Entonces y ahora, hay otra España, la de aquellos que hubiéramos sido víctimas tanto en la zona republicana como en la nacional. Y la patria mantiene hoy ese enfrentamiento visceral entre hunos y alamanes, tras los caóticos gobiernos de Zapatero, el que abrió la caja de los truenos del separatismo burgués catalán, y Rajoy y su niña, el más cobarde dirigente de la derecha española que conoció la historia contemporánea, que ha prolongado Pedro Sánchez por necesidades políticas.
Los que no tenemos fe, los que carecemos de partido, formación, ideología; los que contemplamos la política como un aficionado al fútbol un partido entre dos equipos de los que no es seguidor, con tranquilidad, con calma, analizando las virtudes y los errores de ambas escuadras, estamos hartos de aquellos que ven la paja en el ojo ajeno y no perciben la viga en el suyo. Aquí no hay demócratas. Y desarrollar un sistema democrático sin personas ecuánimes, libres, ponderadas, resulta tan complejo como cocinar una tortilla francesa sin cascar el huevo.
Soy repúblico, como definiera García Trevijano, pero ni me gusta que la patria termine con guerras cantonales, ni con procesos revolucionarios de distinto signo: marxistas, estalinistas, anarquistas y fascistoides.
Aquella pobre España jamás podría haber salido adelante si un líder como Largo Caballero, uno de las cabezas, poco reflexivas, del PSOE se permitió, verbigracia, pronunciar una amenaza bélica: “«Quiero decirles a las derechas que si triunfamos colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos». (El Liberal, de Bilbao, 20 de enero de 1936). Para el poco versado en historia. Pronunciada menos de un mes antes de las elecciones del 17 de febrero del 1936.
Y otra frase más para que los socialistas de ahora, del siglo XXI, se sientan orgullosos de su pasado: “Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos”. 10 de febrero de 1936, en el Cinema Europa.
Pero también hubo dirigentes del PSOE de una altura moral e intelectual como Besteiro, muerto en la cárcel franquista, que reflexionó sobre aquellos acontecimientos. Lea: “Para construir la personalidad española de mañana, la España Nacional, vencedora, habrá de contar con la experiencia de los que han sufrido los errores de la República bolchevizada, o se expone a perderse por caminos extraviados que no conducen más que al fracaso”.
Quizá, hay españoles de ahora buscabn, necesitan, se afanan por otro enfrentamiento civil. Los secesionistas catalanes están en ello, como se viene demostrando en el juicio de los líderes separatistas en el Tribunal Supremo. Como el personal desprecia la historia, la repetirá. Y, como Marx profetizó: “La historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa”. Vivimos, pues, en la España de la farsa.
Y colofón a este 14 de abril, cuando la jornada camina hacia su ocaso, casi como España, una frase de Azaña, en la que calificaba el hacer de los dirigentes republicanos de izquierdas: “Política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”, y añadía, en clara referencia a los políticos que trató, los siguientes calificativos: “obtusos”, “loquinarios”, “botarates”, “gente impresionable, ligera, sentimental y de poca chaveta”, insufrible por su “inepcia, injusticia, mezquindad o tontería”.
Para nuestra desgracia, si don Manuel viviese, definiría con los mismos calificativos que acabo de transcribir a los políticos de esta democracia.
Postdata: Muchos republicanos de hoy, gente joven y de cierta edad, siguen desconociendo la razón del color morado en la bandera de la II República. Y, por supuesto, ignoran como fue la bandera de la I República: rojigualda.
Fotografía: Bandera de la I República.
Hace 88 años, tal día como hoy, los monárquicos conservadores y la cobardía del Borbón, rey rijoso, padre de bastardos, jeta e intervencionista en política, después de una derrota de las izquierdas en las urnas en los comicios municipales, trajeron la II República, recibida con entusiasmo por el pueblo y los intelectuales, casos de Ortega y Gasset y Marañón, y que concluyó con una salvaje Guerra Civil, después de un minigolpe de Estado, decimonónico, ejecutado por San Jurjo, en 1932; otro muy serio del PSOE, el 6 de octubre de 1934, aprovechado por los de siempre, los separatistas catalanes, liderados por Lluis Companys, el político republicano que más sentencias de muerte firmaría durante la Guerra Civil; más varias huelgas de CNT, atentados terroristas, masacres como Casas Viejas, entre el 10 y el 13 de enero de 1933 –lo del tiro a la barriga- y asesinato de Calvo Sotelo –Gil Robles, un Casado de antaño, se salvó porque estaba en Salamanca-, líder monárquico, por la escolta de Indalecio Piedra, por cierto, personalidad que sufrió un atentando de seguidores de Largo Caballero, el 31 de mayo de 1936, en Écija, que se arrepintió, ya en el exilio mejicano, de su participación en el golpe de Estado de 1934, con estas palabras: “Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento revolucionario. Lo declaro, como culpa, como pecado, no como gloria”.
La II República, menos de un mes después de proclamarse, entre el 10 y el 13 de mayo de 1931, conoció la quema de un centenar de iglesias y conventos, y de la segunda biblioteca más importante de la nación, la de los Jesuitas, en San Bernardo; el cierre de cientos de periódicos no republicanos y suspensiones temporales y sanciones económicas, merced a la Ley en Defensa de la República. También ocurriría, de idéntica manera, cuando triunfó, en el invierno de 1933, el centro derecha. Debo colegir: no había demócratas ni a izquierda ni a derecha. 88 años después, tampoco existe ese espécimen humano en nuestra democracia. Todos desarrollan, hasta el paroxismo, el nepotismo y el sectarismo.
No festejo un régimen político que acabó con una tragedia como la de la Guerra Civil. Imposible. Ortega y Gasset, uno de los intelectuales de la República, criticó, con dureza el Régimen republicano, como antes había puesto el finiquito a la monarquía, con el célebre artículo el “Error Berenguer” y el famoso “Delenda est Monarchia”. Entonces y ahora, hay otra España, la de aquellos que hubiéramos sido víctimas tanto en la zona republicana como en la nacional. Y la patria mantiene hoy ese enfrentamiento visceral entre hunos y alamanes, tras los caóticos gobiernos de Zapatero, el que abrió la caja de los truenos del separatismo burgués catalán, y Rajoy y su niña, el más cobarde dirigente de la derecha española que conoció la historia contemporánea, que ha prolongado Pedro Sánchez por necesidades políticas.
Los que no tenemos fe, los que carecemos de partido, formación, ideología; los que contemplamos la política como un aficionado al fútbol un partido entre dos equipos de los que no es seguidor, con tranquilidad, con calma, analizando las virtudes y los errores de ambas escuadras, estamos hartos de aquellos que ven la paja en el ojo ajeno y no perciben la viga en el suyo. Aquí no hay demócratas. Y desarrollar un sistema democrático sin personas ecuánimes, libres, ponderadas, resulta tan complejo como cocinar una tortilla francesa sin cascar el huevo.
Soy repúblico, como definiera García Trevijano, pero ni me gusta que la patria termine con guerras cantonales, ni con procesos revolucionarios de distinto signo: marxistas, estalinistas, anarquistas y fascistoides.
Aquella pobre España jamás podría haber salido adelante si un líder como Largo Caballero, uno de las cabezas, poco reflexivas, del PSOE se permitió, verbigracia, pronunciar una amenaza bélica: “«Quiero decirles a las derechas que si triunfamos colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos». (El Liberal, de Bilbao, 20 de enero de 1936). Para el poco versado en historia. Pronunciada menos de un mes antes de las elecciones del 17 de febrero del 1936.
Y otra frase más para que los socialistas de ahora, del siglo XXI, se sientan orgullosos de su pasado: “Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos”. 10 de febrero de 1936, en el Cinema Europa.
Pero también hubo dirigentes del PSOE de una altura moral e intelectual como Besteiro, muerto en la cárcel franquista, que reflexionó sobre aquellos acontecimientos. Lea: “Para construir la personalidad española de mañana, la España Nacional, vencedora, habrá de contar con la experiencia de los que han sufrido los errores de la República bolchevizada, o se expone a perderse por caminos extraviados que no conducen más que al fracaso”.
Quizá, hay españoles de ahora buscabn, necesitan, se afanan por otro enfrentamiento civil. Los secesionistas catalanes están en ello, como se viene demostrando en el juicio de los líderes separatistas en el Tribunal Supremo. Como el personal desprecia la historia, la repetirá. Y, como Marx profetizó: “La historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa”. Vivimos, pues, en la España de la farsa.
Y colofón a este 14 de abril, cuando la jornada camina hacia su ocaso, casi como España, una frase de Azaña, en la que calificaba el hacer de los dirigentes republicanos de izquierdas: “Política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”, y añadía, en clara referencia a los políticos que trató, los siguientes calificativos: “obtusos”, “loquinarios”, “botarates”, “gente impresionable, ligera, sentimental y de poca chaveta”, insufrible por su “inepcia, injusticia, mezquindad o tontería”.
Para nuestra desgracia, si don Manuel viviese, definiría con los mismos calificativos que acabo de transcribir a los políticos de esta democracia.
Postdata: Muchos republicanos de hoy, gente joven y de cierta edad, siguen desconociendo la razón del color morado en la bandera de la II República. Y, por supuesto, ignoran como fue la bandera de la I República: rojigualda.
Fotografía: Bandera de la I República.

















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