PERSPECTIVAS
Análisis de los debates electorales de un periodista provinciano
Eugenio-Jesús de Ávila
Como bien conoce el lector, soy un periodista provinciano con una cultura media, tirando a baja. Ni más ni menos que otros profesionales de esto que se llama medios de comunicación. Me diferencia de casi todos ellos que escribo, y digo, cuando me lo preguntan, lo que pienso. Todos los días descargo mis críticas a los de la diestra y a los de la siniestra, si bien entre los de izquierdas hay personas excelentes, en las que creo, aunque no crea en su ideología. La experiencia me convirtió en un ateo de la política. No tengo fe en nadie.
Otros periodistas nunca critican al poder establecido, porque les va la supervivencia en ejercer su papel como profesionales de periódicos, emisoras y televisiones. Son pelotas que sobreviven en nuestra sociedad provinciana, gente a la que no valora político alguno, porque reconocen su servilismo. Esta caterva nunca dice lo que piensa. Incluso le hacen la pelota a políticos a los que, cuando nadie los ve, ponen a parir, cuando han mantenido su medio merced a las subvenciones institucionales.
Y, aunque sea el editor y director de El Día de Zamora, periódico en papel, que se acerca a su noveno año de vida, y de un digital, el segundo más veterano de nuestra ciudad y provincia, me encanta analizar la política nacional: verbigracia, los debates en TVE y A3 de los cuatro candidatos, excepción de Vox, un partido que debe darles más miedo a la derecha, al PP, que a la izquierda, aunque sean PSOE y Unidas Podemos los que más critican a la formación de Abascal, producto de la cobardía antropológica del PP de Rajoy y Soraya.
Voy a meter mi bisturí, a sabiendas que recibiré críticas de tirios y troyanos, montescos y capuletos, derechistas e izquierdistas.
Empiezo. El Estado español y Pedro Sánchez tienen el mismo problema: Cataluña. Primer axioma. El candidato a la Presidencia del Gobierno por el PSOE me parece escasamente dotado para el debate a cuatro bandas. Durante estas dos, tediosas, sesiones de televisión, demostró escasa pericia para defenderse de los ataques del representante del centro liberal y de la derecha que dejó de ser y ha vuelto a estar. Le salvó su poderoso tono de voz y que Rivera posee una dicción más propia de un adolescente que de un hombre cuajado, maduro, hecho.
Cuando veo actuar y hablar a Sánchez, echo de menos a Felipe González. Al político sevillano le habría durado un asalto cualquiera de estos contrincantes. Pero España y la política han ido a menos, como la prensa nacional y la local. La res pública y la prensa, dirigidas por mediocres.
Dejaré al líder del PSOE, hombre que daría mejor en telenovelas que en estos debates televisados, si bien quizá como gobernante, cuando tenga que hablar menos y ejecutar medidas políticas descubramos su auténtica valía como administrador del Estado. Pero, como digo, Sánchez sufre cuando tiene que responder, desde la atalaya política, a colegas que pretenden asaltar su trono.
Voy con Casado. El nuevo presidente del PP se encontró con una formación dividida y cuesta abajo en la rodada. Defender la gestión del ahora registrador de la propiedad me parece como el conocido lema circense: más difícil todavía. Tiene que gobernar su partido, preñado de políticos ambiciosos, sin ideología, profesionales de la política y, a su vez, intentar reintegrar a votantes clásicos del PP de toda la vida. El enemigo lo tiene en casa. Aquí en Zamora, casi todos lo son, porque no olvidemos que desde Martínez-Maíllo hasta García Carnero, pasando por Barrios, todos eran fieles a Mariano. No le vendría mal a los populares zamoranos perder Diputación y no sacar más de ocho concejales en el Ayuntamiento de la capital de la provincia como catarsis política. El PP necesita gente nueva, joven, con ideas, sin apenas pasado político, con ideología, con ideas, que no militen para vivir de la res pública, sino para cambiar Zamora.
Me toca Rivera. Ganador, sin duda, del primer debate, y demasiado revolucionado en el segundo. El líder de Ciudadanos tenía dos frentes abiertos: a la izquierda, los votantes del PSOE más centrados, los de González, y el del PP, porque puede ser otro caladero de votos muy interesante. Al político catalán le falta voz de hombre maduro para ser más creíble.
Y, por último, Pablo Iglesias, al que yo creí el Prometeo de la democracia, el político que la transformara y profundizara en ella. Cándido soy. El profesor universitario recogió todo el enorme caudal del 15-M para encauzarlo dentro del sistema. Ahora ya forma parte de la democracia que criticaba. En estos debates, ha estado muy bien. Se nota que actúa. Pero la gente de izquierdas se lo cree. En algún momento me pareció una reencarnación de Nuestro Señor. Un hombre de paz, una persona ecuánime, patriota, un buen padre.
Concluyo. Recuerdo una entrevista que Carlos Herrera, cuando conducía las mañanas de R.N.E. a Maragall, a Pascual, que fuera alcalde de la Ciudad Condal y presidente de la Generalidad. En un momento determinado, el dirigente catalán le soltó al periodista andaluz aquello de que “un político, don Carlos, nunca debe decir la verdad”.
Por lo tanto, en estos dos debates hay pocas cosas que creer. No obstante, en el canal 4, hoy mismo, se analizó cuál de los cuatro políticos habían mentido más. Y el que más mintió fue Casado, 20 veces; le siguió Sánchez, después Rivera y el más sincero fue Iglesias, que solo ocultó la verdad en una ocasión.
Una vez escrito este artículo sobre los debates, usted, lector, puede llamarme facha, o escribir que se me ve el plumero –espero que no la pluma-, o todo lo que le sugiera este análisis, cargado de ironía, que ningún periodista zamorano se atrevería nunca a publicar. ¡No hay huevos!
Como bien conoce el lector, soy un periodista provinciano con una cultura media, tirando a baja. Ni más ni menos que otros profesionales de esto que se llama medios de comunicación. Me diferencia de casi todos ellos que escribo, y digo, cuando me lo preguntan, lo que pienso. Todos los días descargo mis críticas a los de la diestra y a los de la siniestra, si bien entre los de izquierdas hay personas excelentes, en las que creo, aunque no crea en su ideología. La experiencia me convirtió en un ateo de la política. No tengo fe en nadie.
Otros periodistas nunca critican al poder establecido, porque les va la supervivencia en ejercer su papel como profesionales de periódicos, emisoras y televisiones. Son pelotas que sobreviven en nuestra sociedad provinciana, gente a la que no valora político alguno, porque reconocen su servilismo. Esta caterva nunca dice lo que piensa. Incluso le hacen la pelota a políticos a los que, cuando nadie los ve, ponen a parir, cuando han mantenido su medio merced a las subvenciones institucionales.
Y, aunque sea el editor y director de El Día de Zamora, periódico en papel, que se acerca a su noveno año de vida, y de un digital, el segundo más veterano de nuestra ciudad y provincia, me encanta analizar la política nacional: verbigracia, los debates en TVE y A3 de los cuatro candidatos, excepción de Vox, un partido que debe darles más miedo a la derecha, al PP, que a la izquierda, aunque sean PSOE y Unidas Podemos los que más critican a la formación de Abascal, producto de la cobardía antropológica del PP de Rajoy y Soraya.
Voy a meter mi bisturí, a sabiendas que recibiré críticas de tirios y troyanos, montescos y capuletos, derechistas e izquierdistas.
Empiezo. El Estado español y Pedro Sánchez tienen el mismo problema: Cataluña. Primer axioma. El candidato a la Presidencia del Gobierno por el PSOE me parece escasamente dotado para el debate a cuatro bandas. Durante estas dos, tediosas, sesiones de televisión, demostró escasa pericia para defenderse de los ataques del representante del centro liberal y de la derecha que dejó de ser y ha vuelto a estar. Le salvó su poderoso tono de voz y que Rivera posee una dicción más propia de un adolescente que de un hombre cuajado, maduro, hecho.
Cuando veo actuar y hablar a Sánchez, echo de menos a Felipe González. Al político sevillano le habría durado un asalto cualquiera de estos contrincantes. Pero España y la política han ido a menos, como la prensa nacional y la local. La res pública y la prensa, dirigidas por mediocres.
Dejaré al líder del PSOE, hombre que daría mejor en telenovelas que en estos debates televisados, si bien quizá como gobernante, cuando tenga que hablar menos y ejecutar medidas políticas descubramos su auténtica valía como administrador del Estado. Pero, como digo, Sánchez sufre cuando tiene que responder, desde la atalaya política, a colegas que pretenden asaltar su trono.
Voy con Casado. El nuevo presidente del PP se encontró con una formación dividida y cuesta abajo en la rodada. Defender la gestión del ahora registrador de la propiedad me parece como el conocido lema circense: más difícil todavía. Tiene que gobernar su partido, preñado de políticos ambiciosos, sin ideología, profesionales de la política y, a su vez, intentar reintegrar a votantes clásicos del PP de toda la vida. El enemigo lo tiene en casa. Aquí en Zamora, casi todos lo son, porque no olvidemos que desde Martínez-Maíllo hasta García Carnero, pasando por Barrios, todos eran fieles a Mariano. No le vendría mal a los populares zamoranos perder Diputación y no sacar más de ocho concejales en el Ayuntamiento de la capital de la provincia como catarsis política. El PP necesita gente nueva, joven, con ideas, sin apenas pasado político, con ideología, con ideas, que no militen para vivir de la res pública, sino para cambiar Zamora.
Me toca Rivera. Ganador, sin duda, del primer debate, y demasiado revolucionado en el segundo. El líder de Ciudadanos tenía dos frentes abiertos: a la izquierda, los votantes del PSOE más centrados, los de González, y el del PP, porque puede ser otro caladero de votos muy interesante. Al político catalán le falta voz de hombre maduro para ser más creíble.
Y, por último, Pablo Iglesias, al que yo creí el Prometeo de la democracia, el político que la transformara y profundizara en ella. Cándido soy. El profesor universitario recogió todo el enorme caudal del 15-M para encauzarlo dentro del sistema. Ahora ya forma parte de la democracia que criticaba. En estos debates, ha estado muy bien. Se nota que actúa. Pero la gente de izquierdas se lo cree. En algún momento me pareció una reencarnación de Nuestro Señor. Un hombre de paz, una persona ecuánime, patriota, un buen padre.
Concluyo. Recuerdo una entrevista que Carlos Herrera, cuando conducía las mañanas de R.N.E. a Maragall, a Pascual, que fuera alcalde de la Ciudad Condal y presidente de la Generalidad. En un momento determinado, el dirigente catalán le soltó al periodista andaluz aquello de que “un político, don Carlos, nunca debe decir la verdad”.
Por lo tanto, en estos dos debates hay pocas cosas que creer. No obstante, en el canal 4, hoy mismo, se analizó cuál de los cuatro políticos habían mentido más. Y el que más mintió fue Casado, 20 veces; le siguió Sánchez, después Rivera y el más sincero fue Iglesias, que solo ocultó la verdad en una ocasión.
Una vez escrito este artículo sobre los debates, usted, lector, puede llamarme facha, o escribir que se me ve el plumero –espero que no la pluma-, o todo lo que le sugiera este análisis, cargado de ironía, que ningún periodista zamorano se atrevería nunca a publicar. ¡No hay huevos!


















Gonzalo Julián | Jueves, 25 de Abril de 2019 a las 11:13:45 horas
Querido Eugenio: unos comentarios.
Estoy de acuerdo con tu cita: "aunque sean PSOE y Unidas Podemos los que más critican a la formación de Abascal..." pero creo que el PSOE ha sido el más interesado, y ya veremos si el más beneficiado, con el “nacimiento” de VOX, puesto que, en principio al menos, a los únicos que pueden quitar votos son al PP y C´s. Es más…el único partido que dijo que no estaba de acuerdo con el dictamen de la Junta Electoral de excluir a VOX…fue el PSOE.
Con el resto de tú artículo y análisis, estoy completamente de acuerdo.
Finalmente: la “anécdota” que comentas de Maragall, no la conocía: de ser verdad…seguramente sea la “única” verdad dicha por un político.
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