PERSPECTIVAS
La ciudad de Francisco Guarido
Eugenio-Jesús de Ávila
Francisco Guarido tiene una manera de vivir sencilla, humilde, tranquila. Fue un alcalde del pueblo, de cada, cotidiano, normal en un mundo en el que resulta tan difícil ser gente del común, donde mandan los sectarios, de izquierdas y derechas; los malandrines políticos y periodísticos, los ciudadanos cobardes, los tabernarios, los indigentes intelectuales…
Guarido es alcalde y lo será durante estos próximos cuatro años, un periodo de tiempo en el que, posiblemente, habré dejado el periodismo. Convencido estoy de que ejecutará todas sus ideas y alguna más que no ha pronunciado en esta constitución de la Corporación Municipal. Como el ama de casa humilde, que ahorra para después gastarlo en las mayores necesidades de su casa, Zamora contempla a su ciudad como si fuera su vivienda. Ahora, como tiene dinero, lo invertirá en hacer de la ciudad del alma, una ciudad con cuerpo; una Zamora de la que los zamoranos nos sintamos orgullosos porque sus plazas se mostrarán más hermosas, sus calles y rúas más limpias, sus jardines más floridos, con más fuentes, auditorios del agua cuando canta; aceras perfectas, calzadas sin baches, un casco viejo que se convierte en histórico, un recinto amurallado fuerte y altivo, un comercio pujante, que dé vida a la urbe. Una ciudad de ciudadanos, no de gente; de personas repúblicas que respeten el patrimonio público, que no destruyan contenedores, ni bancos, ni papeleras, ni farolas, ni manchen con sus garabatos de badulaque los sillares de los templos, ni las fachadas de las viviendas. Ciudadanos que exijan, pero que también se comprometan con Zamora. Porque un político no es nada sin un pueblo que pida y mande, que dé y se esfuerce. Y una ciudad tampoco se desarrolla, embellece y vive sin unos ciudadanos que amen a su ciudad, que la mimen, que la respeten.
La ciudad de Guarido, la Zamora del regidor de IU, será como él, contendrá sus virtudes para convertirse en una ciudad sencilla, pero orgullosa; humilde, pero ensalzada por los hombres y las mujeres que la visiten; hermosa por dentro, porque guarda muchos siglos de historia, y bella por fuera, porque el arte siempre perdura en el recuerdo y en la memoria, como el amor.
Zamora es una ciudad buena, como su alcalde, con algunos bellacos políticos que la han querido hacer mala, machándola de injusticia, de nepotismo, de miseria intelectual, de roña institucional. Depende de nosotros, zamoranos, que esta ciudad alcance el futuro, y de un regidor que dedicará otros cuatro años a cuidar, mimar y embellecer a esta venerable ancianita que lleva por nombre Zamora.
Y ya que Guarido recitó un poema de Lorenzo Pedrero, me permito dedicarle al nuevo regidor estos versos del genial Manuel Machado, de su poema “Adelfos”, porque parecen escritos para su persona: “No se ganan, se heredan, la elegancia y el blasón”.
Francisco Guarido tiene una manera de vivir sencilla, humilde, tranquila. Fue un alcalde del pueblo, de cada, cotidiano, normal en un mundo en el que resulta tan difícil ser gente del común, donde mandan los sectarios, de izquierdas y derechas; los malandrines políticos y periodísticos, los ciudadanos cobardes, los tabernarios, los indigentes intelectuales…
Guarido es alcalde y lo será durante estos próximos cuatro años, un periodo de tiempo en el que, posiblemente, habré dejado el periodismo. Convencido estoy de que ejecutará todas sus ideas y alguna más que no ha pronunciado en esta constitución de la Corporación Municipal. Como el ama de casa humilde, que ahorra para después gastarlo en las mayores necesidades de su casa, Zamora contempla a su ciudad como si fuera su vivienda. Ahora, como tiene dinero, lo invertirá en hacer de la ciudad del alma, una ciudad con cuerpo; una Zamora de la que los zamoranos nos sintamos orgullosos porque sus plazas se mostrarán más hermosas, sus calles y rúas más limpias, sus jardines más floridos, con más fuentes, auditorios del agua cuando canta; aceras perfectas, calzadas sin baches, un casco viejo que se convierte en histórico, un recinto amurallado fuerte y altivo, un comercio pujante, que dé vida a la urbe. Una ciudad de ciudadanos, no de gente; de personas repúblicas que respeten el patrimonio público, que no destruyan contenedores, ni bancos, ni papeleras, ni farolas, ni manchen con sus garabatos de badulaque los sillares de los templos, ni las fachadas de las viviendas. Ciudadanos que exijan, pero que también se comprometan con Zamora. Porque un político no es nada sin un pueblo que pida y mande, que dé y se esfuerce. Y una ciudad tampoco se desarrolla, embellece y vive sin unos ciudadanos que amen a su ciudad, que la mimen, que la respeten.
La ciudad de Guarido, la Zamora del regidor de IU, será como él, contendrá sus virtudes para convertirse en una ciudad sencilla, pero orgullosa; humilde, pero ensalzada por los hombres y las mujeres que la visiten; hermosa por dentro, porque guarda muchos siglos de historia, y bella por fuera, porque el arte siempre perdura en el recuerdo y en la memoria, como el amor.
Zamora es una ciudad buena, como su alcalde, con algunos bellacos políticos que la han querido hacer mala, machándola de injusticia, de nepotismo, de miseria intelectual, de roña institucional. Depende de nosotros, zamoranos, que esta ciudad alcance el futuro, y de un regidor que dedicará otros cuatro años a cuidar, mimar y embellecer a esta venerable ancianita que lleva por nombre Zamora.
Y ya que Guarido recitó un poema de Lorenzo Pedrero, me permito dedicarle al nuevo regidor estos versos del genial Manuel Machado, de su poema “Adelfos”, porque parecen escritos para su persona: “No se ganan, se heredan, la elegancia y el blasón”.



















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