Mª Soledad Martín
Jueves, 04 de Julio de 2019
ZAMORANA

Cuarenta años después

Mª Soledad Martín Turiño

[Img #28193]Hace unos días quedamos en vernos un grupo de amigos de la universidad para festejar que habían pasado nada menos que cuarenta años desde que nos licenciamos. Por diferentes motivos nos habíamos alejado después de los estudios ya que la vida había ofrecido disparejos derroteros; había quien incluso había salido fuera de España y hecho su vida en el extranjero, pero la iniciativa de uno de ellos –el capitán, el líder de siempre- propició el encuentro en un restaurante.

 

Soy consciente de que todos estábamos un poco inseguros de aceptar la invitación en un primer momento, sin embargo pensándolo mejor decidimos acudir a la cita. Al llegar pude comprobar que ya estaban esperando un grupo de personas desconocidas sentadas en una larga mesa. Alguien con gran sentido del humor había colocado el nombre de cada comensal frente a su silla correspondiente; lo que en un principio me pareció un gesto gracioso, luego comprendí que era fruto de una perfecta organización. No conocía a las personas por más que intentaba asociar nombre y cara, no me recordaban a nadie de aquella época tan lejana, aunque supongo que ellos pensarían lo mismo de mí.

 

 Empezamos a hablar animadamente y preguntarnos por nuestras vidas desde que salimos de las aulas. La comida fue muy agradable y luego hicimos un montón de fotografías para recordar a solas aquella jornada que habíamos pasado todos juntos con la intención –casi el juramento- de que no transcurrieran tanto tiempo antes de volver a vernos.

 

Regresé a casa por la noche, no quise quedarme allí hasta el día siguiente, eran demasiadas emociones y mi mente necesitaba reflexionar, tener un poco de descanso, pese a que algunos de ellos se quedaban incluso para pasar el fin de semana. Ya en el tren repasé mentalmente a las personas jóvenes de antaño con tantas ilusiones, con tantas inquietudes que habíamos formado un grupo considerado mágico por cuanto caracteres diferentes se habían juntado, y en lo básico éramos un conjunto que estaba siempre de acuerdo con las mismas ideas, los mismos valores, las mismas ansias de aprender. El tiempo nos había cambiado también en apariencia debido a los estragos que hace la vida: los hombres aparecían mayores, algunos barrigones, faltos de pelo; la mayoría de las mujeres seguían con buen aspecto físico y aunque hubo alguna que se había abandonado, otras, sin embargo, intentaban recuperar el brillo de aquella época a través de implantes o tratamientos estéticos que denotaban a lo lejos una reforma artificial.

 

La mayoría había conseguido buenos puestos y eran los que movían los hilos de esta sociedad; tanto ellos como ellas formaban parte de un universo exclusivo, de una élite social lograda a base de esfuerzo y sacrificio: tan solo dos o tres habían preferido asumir sus roles de madres de familia o continuado con un negocio familiar más por tradición que por gusto; sin embargo a esas personas, ahora tan influyentes, las recordaba como los juerguistas de antaño que me dieron vida, ilusión, de los que recibí tanta alegría y tan buenos momentos. Es cierto que ahora tenían gestos graves, poses estudiadas y los sentía mucho menos naturales que entonces, pero me sentía orgullosa de formar parte de aquel grupo –ahora levemente extraño- pero sin duda muy especial y que marcó tan positivamente mi juventud.

 

 

 

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