PERSPECTIVAS
Político y prensa, tal para cual
Eugenio-Jesús de Ávila
No me queda mucho tiempo para vivir de escribir, para editar este periódico que tanto gusta a gente inteligente, sensible y liberal. Dejaré mi testigo a otro periodista que comulgue con el ideario de este medio de comunicación, cercano al de Don Quijote: desfacer entuertos, defender a los humildes, combatir malandrines, allá donde se hallasen.
La política me hizo daño. Desde el periodismo, nunca acabas de descubrir el alma del político, porque siempre hay dos caras: la que aporta ante la prensa y la real, la que dirige las instituciones y partidos. Cuando accedes a la política, aunque fuere tangencialmente, como me ocurriese al inicio de los noventa, después de unos años, terminas por comprender que en la res pública conviven, dentro del mismo partido incluso, el bien con el mal, las personas que quieren trabajar por mejorar las condiciones de vida del prójimo y las que solo buscan potenciar su patrimonio, con las armas de la felonía, la mentira y la hipocresía. Y, casi siempre, por experiencia así lo expreso, algo empírico, el político malo derrota al político bueno.
También sucede en la prensa. El periodista malo, corto en cultura, largo en cobismo; reptil ante el poder, baboso ante el capital; hipócrita con el compañero, felón con el amigo, acaba dirigiendo medios de comunicación. Tuve, en mi larga experiencia periodística, directores de escasa capacidad intelectual, limitados en cultura, gente sin clase, huérfanos de elegancia, envidiosos en esencia, que alcanzaron la máxima jerarquía. Personajes que envidiaron al redactor más brillante, más laborioso, más dotado, física e intelectualmente. Tengo información sobre otros lacayos del poder que dirigen otros periódicos que confirman mi tesis. El mal político y el mal periodista se colorean con la misma clorofila: la mentira, el engaño, la pelotería. Realizan la fotosíntesis del mal, de la envidia, de la traición.
Cuando deje este frente de Gandesa de la prensa local, comenzaré a escribir el libro de la democracia en Zamora, de sus casos y de sus cosas, de la prensa y de la incomunicación, de las compras y de las ventas, de la lealtad y de la traición política. Muchos de sus protagonistas murieron. Pero sus descendientes, en algún caso, han elevado la corrupción y la felonía a su enésima potencia. El mal se ha enseñoreado de la res pública, porque la sociedad ya solo reacciona a estímulos satánicos. Los malandrines convirtieron la mentira en verdad categórica, la anécdota en categoría, al hipócrita en buen samaritano; al canalla, en Hijo Predilecto, al majadero en intelectual, a la hetera en dama, al rufián en periodista, al zampón en frugal.
Cuando un servidor empezó en esto, allá en el verano del 1984, la sociedad se sentía más libre, esperanzada e ilusionada con el papel de la prensa y la administración de la res pública. Después, poco a poco, tras mi paso por El Correo de Zamora, TVE y Diputación Provincial, más aquel proyecto de periódico, destrozado por la impericia de un director general incapacitado para tan alta responsabilidad, y un director envidioso y hortera, y otros dos proyectos más, uno este, el mío, el propio, el que más he querido, la sociedad se ha envilecido, acanallado, emponzoñado para darnos frutos tan amargos como los políticos que dirigen gobiernos y oposiciones, periódicos, televisiones y digitales. Apocalipsis now.
A mi edad, después de tantas experiencias, se deja de creer en todo. Me quedan un amor que no te quiere; cuatro amigos, parte de tu familia y unos años para arrepentirte. Ahora bien, seguiré en el combate ante morir entre violetas.
No me queda mucho tiempo para vivir de escribir, para editar este periódico que tanto gusta a gente inteligente, sensible y liberal. Dejaré mi testigo a otro periodista que comulgue con el ideario de este medio de comunicación, cercano al de Don Quijote: desfacer entuertos, defender a los humildes, combatir malandrines, allá donde se hallasen.
La política me hizo daño. Desde el periodismo, nunca acabas de descubrir el alma del político, porque siempre hay dos caras: la que aporta ante la prensa y la real, la que dirige las instituciones y partidos. Cuando accedes a la política, aunque fuere tangencialmente, como me ocurriese al inicio de los noventa, después de unos años, terminas por comprender que en la res pública conviven, dentro del mismo partido incluso, el bien con el mal, las personas que quieren trabajar por mejorar las condiciones de vida del prójimo y las que solo buscan potenciar su patrimonio, con las armas de la felonía, la mentira y la hipocresía. Y, casi siempre, por experiencia así lo expreso, algo empírico, el político malo derrota al político bueno.
También sucede en la prensa. El periodista malo, corto en cultura, largo en cobismo; reptil ante el poder, baboso ante el capital; hipócrita con el compañero, felón con el amigo, acaba dirigiendo medios de comunicación. Tuve, en mi larga experiencia periodística, directores de escasa capacidad intelectual, limitados en cultura, gente sin clase, huérfanos de elegancia, envidiosos en esencia, que alcanzaron la máxima jerarquía. Personajes que envidiaron al redactor más brillante, más laborioso, más dotado, física e intelectualmente. Tengo información sobre otros lacayos del poder que dirigen otros periódicos que confirman mi tesis. El mal político y el mal periodista se colorean con la misma clorofila: la mentira, el engaño, la pelotería. Realizan la fotosíntesis del mal, de la envidia, de la traición.
Cuando deje este frente de Gandesa de la prensa local, comenzaré a escribir el libro de la democracia en Zamora, de sus casos y de sus cosas, de la prensa y de la incomunicación, de las compras y de las ventas, de la lealtad y de la traición política. Muchos de sus protagonistas murieron. Pero sus descendientes, en algún caso, han elevado la corrupción y la felonía a su enésima potencia. El mal se ha enseñoreado de la res pública, porque la sociedad ya solo reacciona a estímulos satánicos. Los malandrines convirtieron la mentira en verdad categórica, la anécdota en categoría, al hipócrita en buen samaritano; al canalla, en Hijo Predilecto, al majadero en intelectual, a la hetera en dama, al rufián en periodista, al zampón en frugal.
Cuando un servidor empezó en esto, allá en el verano del 1984, la sociedad se sentía más libre, esperanzada e ilusionada con el papel de la prensa y la administración de la res pública. Después, poco a poco, tras mi paso por El Correo de Zamora, TVE y Diputación Provincial, más aquel proyecto de periódico, destrozado por la impericia de un director general incapacitado para tan alta responsabilidad, y un director envidioso y hortera, y otros dos proyectos más, uno este, el mío, el propio, el que más he querido, la sociedad se ha envilecido, acanallado, emponzoñado para darnos frutos tan amargos como los políticos que dirigen gobiernos y oposiciones, periódicos, televisiones y digitales. Apocalipsis now.
A mi edad, después de tantas experiencias, se deja de creer en todo. Me quedan un amor que no te quiere; cuatro amigos, parte de tu familia y unos años para arrepentirte. Ahora bien, seguiré en el combate ante morir entre violetas.




















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