SEXUALIDAD
Manadas de bestias
Ilia Galán
La linda y rubia jovencita no se sonrojó cuando entró al comedor con sus padres, su juventud parecía eximirle de los excesos propios de la edad: había acudido a una protesta contra la violencia de horrendos machos a la que, por desgracia, cada vez más nos vamos acostumbrando leyéndola en las páginas de nuestros diarios. Aparecía su foto en un periódico nacional y su pancarta, con hermosa sonrisa, decía: “Ni sumisa ni devota, me quiero libre y loca.” Es decir, libertad sin preceptos religiosos y permitiéndose todo tipo de locuras con su cuerpo, siempre que su voluntad así lo establezca.
Las religiones de nuestro entorno, cristianismo católico o protestante, islam o judaísmo, predican el respeto mutuo y el autodominio, la contención. Nada que objetar desde el punto de vista legal hoy ante el desenfreno erótico, pero tal vez algo triste desde el punto de vista moral, aunque hoy este es muy común en el caos ideológico general que habitamos. Que haya mujeres libertinas y sean de fácil acceso para entablar relaciones íntimas nunca excusa una violación o que las fuercen y maltraten. Con los varones no suelen hacerse esos desprecios, mientras ejercen conductas similares. Nos horrorizan y con razón la aparición de manadas o grupos de machos que atrapan a una joven y la violan.
Lamentablemente famosa, la de Pamplona manchó las locas fiestas de San Fermín, propicias al descontrol etílico y erótico, pero también otra vemos cerca de Barcelona y los datos nos dicen que en los últimos tres años se han cometido 125 delitos de este tipo. Alarmantes datos que los expertos dicen se deben en buena parte a la pornografía, a la que nuestros adolescentes ya en edades infantiles se acostumbran por Internet y que conduce a ver en el cuerpo de otro un objeto, fetiche, y no personas, deshaciendo los sentimientos en un desierto de pulsiones materiales, nada más, bestializándose.
El dictamen del máximo tribunal ha renovado la sensibilidad general ante este tipo de atrocidades y abusos cometidos contra las mujeres. Cómo queden las personas después de ese uso criminal del cuerpo no les importó y entre algunos de esos monstruos morales había miembros de los cuerpos de seguridad y orden del estado español (en este caso del más horrendo desorden). Importa mucho analizar cómo se está educando a nuestra juventud, en un mundo donde los goces materiales son el principal valor, donde ni hay transcendencia ni valores morales; en no pocos los límites se traspasan fácilmente, sin miedo a las autoridades humanas o celestes, creyendo que pueden quedar impunes. Parece que no está de moda educar en una sexualidad sana, de entrega mutua, en un ambiente de amor, de aprecio y ternura, donde el cuerpo es un elemento más en ese encuentro entre personas (y no solo objetos).
La linda y rubia jovencita no se sonrojó cuando entró al comedor con sus padres, su juventud parecía eximirle de los excesos propios de la edad: había acudido a una protesta contra la violencia de horrendos machos a la que, por desgracia, cada vez más nos vamos acostumbrando leyéndola en las páginas de nuestros diarios. Aparecía su foto en un periódico nacional y su pancarta, con hermosa sonrisa, decía: “Ni sumisa ni devota, me quiero libre y loca.” Es decir, libertad sin preceptos religiosos y permitiéndose todo tipo de locuras con su cuerpo, siempre que su voluntad así lo establezca.
Las religiones de nuestro entorno, cristianismo católico o protestante, islam o judaísmo, predican el respeto mutuo y el autodominio, la contención. Nada que objetar desde el punto de vista legal hoy ante el desenfreno erótico, pero tal vez algo triste desde el punto de vista moral, aunque hoy este es muy común en el caos ideológico general que habitamos. Que haya mujeres libertinas y sean de fácil acceso para entablar relaciones íntimas nunca excusa una violación o que las fuercen y maltraten. Con los varones no suelen hacerse esos desprecios, mientras ejercen conductas similares. Nos horrorizan y con razón la aparición de manadas o grupos de machos que atrapan a una joven y la violan.
Lamentablemente famosa, la de Pamplona manchó las locas fiestas de San Fermín, propicias al descontrol etílico y erótico, pero también otra vemos cerca de Barcelona y los datos nos dicen que en los últimos tres años se han cometido 125 delitos de este tipo. Alarmantes datos que los expertos dicen se deben en buena parte a la pornografía, a la que nuestros adolescentes ya en edades infantiles se acostumbran por Internet y que conduce a ver en el cuerpo de otro un objeto, fetiche, y no personas, deshaciendo los sentimientos en un desierto de pulsiones materiales, nada más, bestializándose.
El dictamen del máximo tribunal ha renovado la sensibilidad general ante este tipo de atrocidades y abusos cometidos contra las mujeres. Cómo queden las personas después de ese uso criminal del cuerpo no les importó y entre algunos de esos monstruos morales había miembros de los cuerpos de seguridad y orden del estado español (en este caso del más horrendo desorden). Importa mucho analizar cómo se está educando a nuestra juventud, en un mundo donde los goces materiales son el principal valor, donde ni hay transcendencia ni valores morales; en no pocos los límites se traspasan fácilmente, sin miedo a las autoridades humanas o celestes, creyendo que pueden quedar impunes. Parece que no está de moda educar en una sexualidad sana, de entrega mutua, en un ambiente de amor, de aprecio y ternura, donde el cuerpo es un elemento más en ese encuentro entre personas (y no solo objetos).




















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