ZAMORANA
Inspiración
Mª Soledad Martín Turiño
Llevo varias noches en blanco, las musas me eluden pero mi ánimo se obsesiona por llenar las páginas que se me antojan fantasmas huecos para tormento de mi mente soliviantada. No me sirve el descorazonador sentimiento de tranquilidad que las personas de mi entorno me transmiten, arguyendo que cuando menos lo espere volveré a expresar mis pensamientos con las palabras más certeras que encuentre; así que intento despejarme, doy un paseo por mi imaginación y me traslado mentalmente a ese pueblo zamorano que llevo en el alma, recorro sus calles, bajo al río y permanezco embelesada observando la corriente de agua no muy grande, pero suficiente para que el Valderaduey a su paso por Castronuevo siga vivo. Me vacío así de extraños pensamientos y aspiro el aire fresco que mueve sin cesar los cercanos cañaverales. Miro a mi alrededor y todo está en silencio, únicamente el ruido sordo y constante del cable de alta tensión de la cercana ladera acompaña la quietud del momento.
Cierro los ojos y, sin querer, regreso a esta otra realidad cuando me doy cuenta de que algo se pone en movimiento. Guiada por un instinto fiero de posesión, relleno folios enteros garabateando con una letra casi indescifrable lo que mi mente ha generado. Soy consciente de que cuando termine este arrebato me costará mucho interpretar lo que he escrito, pero puede más el ansia de vaciar sensaciones, opiniones y pensamientos que ahora afloran como un torrente.
Mi pueblo me ha iluminado como casi siempre; ha vuelto a producirse el sortilegio mágico de llenar un papel que ahora se me antoja hermoso aún plagado de trazos confusos. Recuerdo a aquella profesora de Arte del instituto que nos instaba a manchar el papel para dotarlo de personalidad aunque fuera solo un boceto de donde más tarde resurgiría el dibujo o la pintura deseada. La creación en todas sus variantes artísticas me parece tan esencial que no concibo el descrédito por aquellos que no la experimentan; para mí ha sido la tabla de salvación en momentos difíciles, la mejor terapia para seguir adelante en esas duras pruebas que a veces pone el destino y de las que resulta muy difícil salir sin ayuda.
Contemplar la vida a diario, observar a la gente, leer y aprender son las mejores fuentes de inspiración. Luego están las experiencias propias y las cercanas que contribuyen a enriquecernos con conocimientos ajenos con los que ensayar, meditar y, en definitiva, aprender.
Tal vez mañana la iluminación se desvanezca de nuevo así que, consciente de ello, aprovecho para absorber lo que ocurre en mi entorno y sacar el mayor provecho de ello con objeto de plasmarlo en el temido papel en blanco y llenar en lo que me sea posible la vida de color.
Llevo varias noches en blanco, las musas me eluden pero mi ánimo se obsesiona por llenar las páginas que se me antojan fantasmas huecos para tormento de mi mente soliviantada. No me sirve el descorazonador sentimiento de tranquilidad que las personas de mi entorno me transmiten, arguyendo que cuando menos lo espere volveré a expresar mis pensamientos con las palabras más certeras que encuentre; así que intento despejarme, doy un paseo por mi imaginación y me traslado mentalmente a ese pueblo zamorano que llevo en el alma, recorro sus calles, bajo al río y permanezco embelesada observando la corriente de agua no muy grande, pero suficiente para que el Valderaduey a su paso por Castronuevo siga vivo. Me vacío así de extraños pensamientos y aspiro el aire fresco que mueve sin cesar los cercanos cañaverales. Miro a mi alrededor y todo está en silencio, únicamente el ruido sordo y constante del cable de alta tensión de la cercana ladera acompaña la quietud del momento.
Cierro los ojos y, sin querer, regreso a esta otra realidad cuando me doy cuenta de que algo se pone en movimiento. Guiada por un instinto fiero de posesión, relleno folios enteros garabateando con una letra casi indescifrable lo que mi mente ha generado. Soy consciente de que cuando termine este arrebato me costará mucho interpretar lo que he escrito, pero puede más el ansia de vaciar sensaciones, opiniones y pensamientos que ahora afloran como un torrente.
Mi pueblo me ha iluminado como casi siempre; ha vuelto a producirse el sortilegio mágico de llenar un papel que ahora se me antoja hermoso aún plagado de trazos confusos. Recuerdo a aquella profesora de Arte del instituto que nos instaba a manchar el papel para dotarlo de personalidad aunque fuera solo un boceto de donde más tarde resurgiría el dibujo o la pintura deseada. La creación en todas sus variantes artísticas me parece tan esencial que no concibo el descrédito por aquellos que no la experimentan; para mí ha sido la tabla de salvación en momentos difíciles, la mejor terapia para seguir adelante en esas duras pruebas que a veces pone el destino y de las que resulta muy difícil salir sin ayuda.
Contemplar la vida a diario, observar a la gente, leer y aprender son las mejores fuentes de inspiración. Luego están las experiencias propias y las cercanas que contribuyen a enriquecernos con conocimientos ajenos con los que ensayar, meditar y, en definitiva, aprender.
Tal vez mañana la iluminación se desvanezca de nuevo así que, consciente de ello, aprovecho para absorber lo que ocurre en mi entorno y sacar el mayor provecho de ello con objeto de plasmarlo en el temido papel en blanco y llenar en lo que me sea posible la vida de color.

















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