POSTALES DESDE EL FARO
Calor
Patricio Cuadra Blanco
Que en julio les escriba sobre el calor ya sé que es poco o nada original, pero al parecer, según nos cuentan, este mes está siendo el más caluroso de la historia desde que se tienen registros climatológicos. Nos ha tocado vivir en la época de un cambio climático, que para mi gusto hubiera preferido una glaciación, pero… las altas temperaturas no retroceden ni visos de hacerlo que tienen, y con ellas aparecen historias relacionadas con un clima que agobia junto con los defensores y los detractores del mismo. Historias de las que les hago cómplices y que, a ser posible, prefiero compartir con ustedes a la sombra.
Así, historias de taxis, en los que se entra del mismo modo que lo hacen los saltadores de trampolín olímpicos, y a los que el taxista da la tregua necesaria para revivir al amparo del aire acondicionado antes de preguntar el destino. Y la conversación, tras ese formalismo y como no podía ser de otro modo, girará en torno al calor. El taxista expone su hipótesis como si estuviese en la ONU ante delegados venidos de todo el mundo: “El calor hace que ocurran cosas extrañas, dice. En el verano la gente enloquece, se pone animal, no le importa nada. El frío es más civilizado. Pero cuando pega el calor nadie da nada por lo que piensa el otro”. El efecto de la radiación solar en la conducta humana es el núcleo del ensayo del taxista, al que le pido que pare antes de llegar a mi destino porque prefiero que esa radiación solar derrita mi cerebro a tener que seguir aguantando su exposición doctoral.
El verano carece de hechos periodísticos, así que la histeria de la superficialidad invade los medios de comunicación y a la propia sociedad con la excusa de “con este calor no se puede vivir y mucho menos trabajar”. Y todo ello se convierte en tema necesario en las colas del banco, los viajes en ascensor, etc. Y, cómo no, la tesis mercantil. Mientras que al calor se le vinculó históricamente con el amenazante infierno que achicharra a pecadores y similares, ahora es culpa de los depredadores del planeta, causantes del calentamiento global. Así que en vez de rezar para que bajen las temperaturas, miremos a ver a quién beneficia todo este calor. Yo les recomiendo que todas estas historias e hipótesis las cuenten y debatan con una cerveza, unas patatas fritas y unas aceitunas bajo una sombrilla. El darwinismo obliga a la adaptación.
Que en julio les escriba sobre el calor ya sé que es poco o nada original, pero al parecer, según nos cuentan, este mes está siendo el más caluroso de la historia desde que se tienen registros climatológicos. Nos ha tocado vivir en la época de un cambio climático, que para mi gusto hubiera preferido una glaciación, pero… las altas temperaturas no retroceden ni visos de hacerlo que tienen, y con ellas aparecen historias relacionadas con un clima que agobia junto con los defensores y los detractores del mismo. Historias de las que les hago cómplices y que, a ser posible, prefiero compartir con ustedes a la sombra.
Así, historias de taxis, en los que se entra del mismo modo que lo hacen los saltadores de trampolín olímpicos, y a los que el taxista da la tregua necesaria para revivir al amparo del aire acondicionado antes de preguntar el destino. Y la conversación, tras ese formalismo y como no podía ser de otro modo, girará en torno al calor. El taxista expone su hipótesis como si estuviese en la ONU ante delegados venidos de todo el mundo: “El calor hace que ocurran cosas extrañas, dice. En el verano la gente enloquece, se pone animal, no le importa nada. El frío es más civilizado. Pero cuando pega el calor nadie da nada por lo que piensa el otro”. El efecto de la radiación solar en la conducta humana es el núcleo del ensayo del taxista, al que le pido que pare antes de llegar a mi destino porque prefiero que esa radiación solar derrita mi cerebro a tener que seguir aguantando su exposición doctoral.
El verano carece de hechos periodísticos, así que la histeria de la superficialidad invade los medios de comunicación y a la propia sociedad con la excusa de “con este calor no se puede vivir y mucho menos trabajar”. Y todo ello se convierte en tema necesario en las colas del banco, los viajes en ascensor, etc. Y, cómo no, la tesis mercantil. Mientras que al calor se le vinculó históricamente con el amenazante infierno que achicharra a pecadores y similares, ahora es culpa de los depredadores del planeta, causantes del calentamiento global. Así que en vez de rezar para que bajen las temperaturas, miremos a ver a quién beneficia todo este calor. Yo les recomiendo que todas estas historias e hipótesis las cuenten y debatan con una cerveza, unas patatas fritas y unas aceitunas bajo una sombrilla. El darwinismo obliga a la adaptación.
















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.112