EL BECARIO TARDÍO
Vacaciones
Esteban Pedrosa
Irse de vacaciones -mayormente para quien hacía tiempo que no disfrutaba de ellas- puede ser reencontrarte con el mar, con la mar (serena o no), algún familiar al que hacía tiempo no saludabas o, simplemente, perderte, dejarte llevar por las bondades del lugar que visitas, tomar nota de aquellos detalles que te gustaría para tu ciudad o llegar a la conclusión de que está bien como está, por muy difícil que pueda parecer y, finalmente, llegar a la conclusión de que has llegado hasta allí para disfrutar, como decía al principio y que se ocupen otros, al menos por unos días, de los aspectos mundanos.
Lógicamente, lo consigues por momentos, pero siempre acaba por aparecer el rezongón que llevas dentro y apuntas en tu memoria –cada día más torpe u olvidadiza- las denuncias que llevarías a tu columna, como pudieran ser la suciedad, el ruido, la contaminación… A quien esto escribe, le tocó lo segundo, el ruido; muy comentado por los que compartimos esos días de asueto. Tan comentado, que caí en la cuenta de que me estaba convirtiendo en uno de esos personajes que tanto critico -sin ir más lejos en mi última columna- como lo son los protestones oficiales en una barra de bar, por lo que fui más lejos y presenté la correspondiente denuncia en el lugar para ello indicado. ¿Causó efecto? Quiero pensar que sí y tengo pendiente abrir mi correo electrónico para ver si es verdad que me iban a contestar.
Por lo demás, buen clima, ciudad limpia y en continua expansión; comidas copiosas (no siempre para celebrar algo) cuyas calorías se las lleva la abundante sudoración; los transportistas de viajeros aprovechando para encarecer sus billetes sin ninguna contraprestación…
En fin, imagino que lo habitual. Lo que me ha quedado claro es que he de viajar más.
Irse de vacaciones -mayormente para quien hacía tiempo que no disfrutaba de ellas- puede ser reencontrarte con el mar, con la mar (serena o no), algún familiar al que hacía tiempo no saludabas o, simplemente, perderte, dejarte llevar por las bondades del lugar que visitas, tomar nota de aquellos detalles que te gustaría para tu ciudad o llegar a la conclusión de que está bien como está, por muy difícil que pueda parecer y, finalmente, llegar a la conclusión de que has llegado hasta allí para disfrutar, como decía al principio y que se ocupen otros, al menos por unos días, de los aspectos mundanos.
Lógicamente, lo consigues por momentos, pero siempre acaba por aparecer el rezongón que llevas dentro y apuntas en tu memoria –cada día más torpe u olvidadiza- las denuncias que llevarías a tu columna, como pudieran ser la suciedad, el ruido, la contaminación… A quien esto escribe, le tocó lo segundo, el ruido; muy comentado por los que compartimos esos días de asueto. Tan comentado, que caí en la cuenta de que me estaba convirtiendo en uno de esos personajes que tanto critico -sin ir más lejos en mi última columna- como lo son los protestones oficiales en una barra de bar, por lo que fui más lejos y presenté la correspondiente denuncia en el lugar para ello indicado. ¿Causó efecto? Quiero pensar que sí y tengo pendiente abrir mi correo electrónico para ver si es verdad que me iban a contestar.
Por lo demás, buen clima, ciudad limpia y en continua expansión; comidas copiosas (no siempre para celebrar algo) cuyas calorías se las lleva la abundante sudoración; los transportistas de viajeros aprovechando para encarecer sus billetes sin ninguna contraprestación…
En fin, imagino que lo habitual. Lo que me ha quedado claro es que he de viajar más.

















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