ZAMORANA
Tormenta
Mª Soledad Martín Turiño
Cuando resopla en viento allá en las cumbres y se acerca el trueno presagiando un relámpago estruendoso, no puedo menos que estremecerme y en un impulso casi primario cruzar los brazos intentando proteger mi cuerpo de las fuerzas de la naturaleza. Al fin estalla el trueno infundiendo un temperamental alarde de espanto. Hombres y animales se guarecen en el interior de sus casas, a cubierto de la lluvia que llegará a continuación provocando una estampida hasta que las calles se queden solitarias; los regatos incrementan su caudal, se limpia el ambiente, los árboles agitan sus ramas frenéticamente rebelándose sin éxito ante el vendaval y las pocas personas que han sido sorprendidas corren a protegerse para mojarse lo menos posible.
Una vez presencié una tormenta entre montañas y todavía me amedrenta el ruido de la lluvia al caer con fuerza sobre las rocas, los truenos retumbando en el desfiladero o el rayo que incidía directamente sobre el altozano. La soledad y la sensación de pequeñez ante aquel espectáculo dantesco eran absolutas. Recuerdo que los pocos osados excursionistas que nos adentramos en aquella maravillosa quebrada nos pusimos a salvo en el agujero de una roca cercana y permanecimos allí con caras desencajadas hasta que arreció la tormenta, luego salimos al exterior para admirar la belleza de un paisaje que brillaba intensamente barnizado por el agua y, de pronto, el arco iris surgió de entre las rocas formando un ambiente mágico que nos dejó sin palabras.
De regreso al hotel todos habíamos sentido algo especial, una inusitada paz, un respeto y admiración por el ecosistema ante el que nos convertíamos en seres minúsculos y un cierto temor al constatar esa pequeñez. Hubo quien incluso experimentó una catarsis espiritual que le acercó aún más a una creencia religiosa que le suscitaba demasiadas preguntas y que se había reforzado con una larga meditación tras la tormenta. Desde entonces me aterra cuando se desatan las fuerzas de la naturaleza en cualquiera de sus variantes, ya sean huracanes, terremotos, tornados o una tormenta como aquella que presencié en la montaña y cuyo recuerdo siempre me acompaña para darme una lección de humildad, de insignificancia ante el medio ambiente, y al mismo tiempo de responsabilidad por cuidar ese entorno como un regalo que se nos ha dado para uso y disfrute.
De pequeña en el pueblo todas las manifestaciones naturales tenían su peculiar significado: cuando llovía era porque Dios lloraba, el trueno significaba que estaba enfadado, el cielo anaranjado-rojizo era que la virgen estaba planchando y así crecimos con esas premisas, bajo el temor de que el Todopoderoso se manifestaba por medio de los fenómenos naturales para hacernos reflexionar sobre nuestras malas acciones.
Cuando resopla en viento allá en las cumbres y se acerca el trueno presagiando un relámpago estruendoso, no puedo menos que estremecerme y en un impulso casi primario cruzar los brazos intentando proteger mi cuerpo de las fuerzas de la naturaleza. Al fin estalla el trueno infundiendo un temperamental alarde de espanto. Hombres y animales se guarecen en el interior de sus casas, a cubierto de la lluvia que llegará a continuación provocando una estampida hasta que las calles se queden solitarias; los regatos incrementan su caudal, se limpia el ambiente, los árboles agitan sus ramas frenéticamente rebelándose sin éxito ante el vendaval y las pocas personas que han sido sorprendidas corren a protegerse para mojarse lo menos posible.
Una vez presencié una tormenta entre montañas y todavía me amedrenta el ruido de la lluvia al caer con fuerza sobre las rocas, los truenos retumbando en el desfiladero o el rayo que incidía directamente sobre el altozano. La soledad y la sensación de pequeñez ante aquel espectáculo dantesco eran absolutas. Recuerdo que los pocos osados excursionistas que nos adentramos en aquella maravillosa quebrada nos pusimos a salvo en el agujero de una roca cercana y permanecimos allí con caras desencajadas hasta que arreció la tormenta, luego salimos al exterior para admirar la belleza de un paisaje que brillaba intensamente barnizado por el agua y, de pronto, el arco iris surgió de entre las rocas formando un ambiente mágico que nos dejó sin palabras.
De regreso al hotel todos habíamos sentido algo especial, una inusitada paz, un respeto y admiración por el ecosistema ante el que nos convertíamos en seres minúsculos y un cierto temor al constatar esa pequeñez. Hubo quien incluso experimentó una catarsis espiritual que le acercó aún más a una creencia religiosa que le suscitaba demasiadas preguntas y que se había reforzado con una larga meditación tras la tormenta. Desde entonces me aterra cuando se desatan las fuerzas de la naturaleza en cualquiera de sus variantes, ya sean huracanes, terremotos, tornados o una tormenta como aquella que presencié en la montaña y cuyo recuerdo siempre me acompaña para darme una lección de humildad, de insignificancia ante el medio ambiente, y al mismo tiempo de responsabilidad por cuidar ese entorno como un regalo que se nos ha dado para uso y disfrute.
De pequeña en el pueblo todas las manifestaciones naturales tenían su peculiar significado: cuando llovía era porque Dios lloraba, el trueno significaba que estaba enfadado, el cielo anaranjado-rojizo era que la virgen estaba planchando y así crecimos con esas premisas, bajo el temor de que el Todopoderoso se manifestaba por medio de los fenómenos naturales para hacernos reflexionar sobre nuestras malas acciones.
















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