IGLESIA
Presbíteros y turistas
Ilia Galán
Curas de pueblo, cada vez menos en número y más agobiados por aumentar sus labores atendiendo lejanas parroquias, perdiendo antiguos privilegios, envejecidos, desanimados ante el panorama de general abandono religioso, desidia y materialismo, lejano de rosarios y misas, mientras los jóvenes se entregan al verano, piscinas, ríos, playas, juergas y fornicios sin apenas una mirada a las tradiciones de los antiguos, ajenos al consuelo del espíritu, encerrados en dispositivos electrónicos.
Pasé por la población rural que vio nacer a mis ancestros maternos y cuando entraba a una de las iglesias vi que solicitaban un estipendio, poco, pero lo suficiente para que muchos que van visitando el Camino de Santiago o simplemente dan una vuelta para reconocer la región rechacen el cargo, porque ahí hay al menos cinco iglesias; si sumamos cada jornada, veremos que la cantidad aumenta de modo apreciable en los gastos. Muchos se negaban al pago y a entrar a ver las maravillas de la fe de antaño.
Algunos blasfemaban contra los santos, increpaban a la Iglesia y a los clérigos que la sustentan o que se sustentan con ella (hoy de manera muy somera); otros se quejaban, ya que marcaban en los impuestos que se diera su parte a la Católica Iglesia, ya no tan universal, pues si para entrar hay que pagar, los pobres no acceden ni a ver las estatuas donde colocar su plegaria pudieran. También a mí me ocurrió que, como forastero, ni para orar me dejaron acceso en alguna localidad.
Así que hablé con los párrocos -buena gente- y les comenté, en primer lugar, los evangélicos textos donde Jesús echa a latigazos a los mercaderes del templo: “mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”. La teología no tuvo mucha importancia ante los requerimientos del pago de la luz o el mantenimiento del templo. Entonces “que dejen sin otra luz que la natural los sagrados lugares” y solo el que quiera ver mejor a los canonizados y las historias bíblicas que tanto nos enseñan en los retablos introduzcan monedas, que dorados muchos son porque no necesitan focos eléctricos; reflejan el rastro del sol: enseñanzas de siglos de Oro. Hoy, tiempos de latón o plástico.
Luego comenté los incidentes que procuraban a las gentes, el odio que así crece contra la clerecía, por sus vicios algunos -pederastas, sacerdotes aburridos entre sermones-, por su afán de recaudación -aunque los cristianos tengan que mantener sus iglesias-. Finalmente, la reflexión ayudó: quienes entran y contemplan esas artes aprenden a respetar nuestra historia religiosa, ya que pinturas y figuras esculpidas predican mejor que muchos dogmas. Finalmente en esta localidad quitaron la obligada contribución para dejar entrar libremente a los templos, como siempre ha sido desde los tiempos más antiguos, pues la casa de Dios es para todos.
Ilia Galán
Curas de pueblo, cada vez menos en número y más agobiados por aumentar sus labores atendiendo lejanas parroquias, perdiendo antiguos privilegios, envejecidos, desanimados ante el panorama de general abandono religioso, desidia y materialismo, lejano de rosarios y misas, mientras los jóvenes se entregan al verano, piscinas, ríos, playas, juergas y fornicios sin apenas una mirada a las tradiciones de los antiguos, ajenos al consuelo del espíritu, encerrados en dispositivos electrónicos.
Pasé por la población rural que vio nacer a mis ancestros maternos y cuando entraba a una de las iglesias vi que solicitaban un estipendio, poco, pero lo suficiente para que muchos que van visitando el Camino de Santiago o simplemente dan una vuelta para reconocer la región rechacen el cargo, porque ahí hay al menos cinco iglesias; si sumamos cada jornada, veremos que la cantidad aumenta de modo apreciable en los gastos. Muchos se negaban al pago y a entrar a ver las maravillas de la fe de antaño.
Algunos blasfemaban contra los santos, increpaban a la Iglesia y a los clérigos que la sustentan o que se sustentan con ella (hoy de manera muy somera); otros se quejaban, ya que marcaban en los impuestos que se diera su parte a la Católica Iglesia, ya no tan universal, pues si para entrar hay que pagar, los pobres no acceden ni a ver las estatuas donde colocar su plegaria pudieran. También a mí me ocurrió que, como forastero, ni para orar me dejaron acceso en alguna localidad.
Así que hablé con los párrocos -buena gente- y les comenté, en primer lugar, los evangélicos textos donde Jesús echa a latigazos a los mercaderes del templo: “mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”. La teología no tuvo mucha importancia ante los requerimientos del pago de la luz o el mantenimiento del templo. Entonces “que dejen sin otra luz que la natural los sagrados lugares” y solo el que quiera ver mejor a los canonizados y las historias bíblicas que tanto nos enseñan en los retablos introduzcan monedas, que dorados muchos son porque no necesitan focos eléctricos; reflejan el rastro del sol: enseñanzas de siglos de Oro. Hoy, tiempos de latón o plástico.
Luego comenté los incidentes que procuraban a las gentes, el odio que así crece contra la clerecía, por sus vicios algunos -pederastas, sacerdotes aburridos entre sermones-, por su afán de recaudación -aunque los cristianos tengan que mantener sus iglesias-. Finalmente, la reflexión ayudó: quienes entran y contemplan esas artes aprenden a respetar nuestra historia religiosa, ya que pinturas y figuras esculpidas predican mejor que muchos dogmas. Finalmente en esta localidad quitaron la obligada contribución para dejar entrar libremente a los templos, como siempre ha sido desde los tiempos más antiguos, pues la casa de Dios es para todos.
Ilia Galán

















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