LITERATURA
Insultar no es gratis
Emilia Casas Fernández
No importa cuántas horas de tu vida pases haciendo meditación, lo único que puede calmarte los nervios es soltar unos cuantos tacos de esos que te salen del alma en voz bien alta: cuando te das un golpe en el dedo pequeño del pie o te pillas los huevos con la cremallera; por ejemplo. Evidentemente, en éstos casos la respuesta es desahogarte con insultos y juramentos; una mezcla de ironía, poesía y brutalidad en su estado más puro.
No se sabe cuándo ni por qué nació el lenguaje soez. Ni siquiera si este surgió al mismo tiempo que el habla. Me parece que fue Freud quien dijo que la civilización humana empezó cuando, por primera vez, un hombre insultó a su enemigo en lugar de atacarlo con palos y piedras. Y es que las relaciones entre los seres humanos difícilmente pueden entenderse sin algo tan arraigado en cualquier sociedad como es el insulto.
La riqueza de nuestro idioma, unido al sutil uso de la ironía que maneja la sociedad debería ser suficiente para dar al otro un insulto de calidad, bien pensado, utilizado en el momento oportuno y con profesionalidad, porque hace más efecto que mil insultos mediocres. Pero siempre se tienden a repetir los mismos. El arte de insultar es complicado y no está al alcance de cualquiera, lo sé. Existen en el idioma castellano mil expresiones con distintas variantes para cuando queremos resaltar que nuestro oponente no está, por decirlo de alguna forma, a nuestra altura intelectual. Hay mucho campo por descubrir más allá de las típicas referencias a los muertos o a la profesión de la madre. Lamentablemente somos grandes expertos en lo peyorativo, por no hablar de la injuria, el lenguaje grosero y los epítetos insultantes... La ofensa es siempre un arma destinada a dañar la dignidad de las personas. Si vas a insultar, hazlo con estilo y recuerda: insultar no es gratis. Tampoco forma parte de la libertad de expresión.
Puesto que vivimos en un mundo en el que muchas guerras se combaten en la era de la comunicación digital a través de chats, foros, WhatsApp, Facebook o cualquier otra red o servicio de mensajes, internet es un recurso muy apetitoso para “expresar” libremente nuestras opiniones acerca de los demás. Es importante saber que, aunque los insultos no están recogidos en el Código Penal como delitos específicos, se contemplan en el apartado de delito de injurias. Esto comprende todas aquellas expresiones que atentan contra la dignidad de una persona, ya sea en el ámbito público o privado. Para el delito de injuria no está prevista la pena de cárcel, pero sí que es posible castigar con pena de multa. Si lo haces a través de Internet, la pena de multa a imponer es de seis a catorce meses. En general, el insulto en las redes sociales alcanza una alta difusión en tiempo récord, lo que provoca que existan una gran cantidad de testigos, con lo que la pena puede ser todavía mayor al haberse hecho público de manera tan flagrante.
Como escribía con anterioridad, la ofensa es siempre un arma destinada a dañar la dignidad de las personas. Si vas a insultar, hazlo con estilo, sé ingenioso y recuerda: «Insultar, no es gratis». Emilia Casas Fernández
No importa cuántas horas de tu vida pases haciendo meditación, lo único que puede calmarte los nervios es soltar unos cuantos tacos de esos que te salen del alma en voz bien alta: cuando te das un golpe en el dedo pequeño del pie o te pillas los huevos con la cremallera; por ejemplo. Evidentemente, en éstos casos la respuesta es desahogarte con insultos y juramentos; una mezcla de ironía, poesía y brutalidad en su estado más puro.
No se sabe cuándo ni por qué nació el lenguaje soez. Ni siquiera si este surgió al mismo tiempo que el habla. Me parece que fue Freud quien dijo que la civilización humana empezó cuando, por primera vez, un hombre insultó a su enemigo en lugar de atacarlo con palos y piedras. Y es que las relaciones entre los seres humanos difícilmente pueden entenderse sin algo tan arraigado en cualquier sociedad como es el insulto.
La riqueza de nuestro idioma, unido al sutil uso de la ironía que maneja la sociedad debería ser suficiente para dar al otro un insulto de calidad, bien pensado, utilizado en el momento oportuno y con profesionalidad, porque hace más efecto que mil insultos mediocres. Pero siempre se tienden a repetir los mismos. El arte de insultar es complicado y no está al alcance de cualquiera, lo sé. Existen en el idioma castellano mil expresiones con distintas variantes para cuando queremos resaltar que nuestro oponente no está, por decirlo de alguna forma, a nuestra altura intelectual. Hay mucho campo por descubrir más allá de las típicas referencias a los muertos o a la profesión de la madre. Lamentablemente somos grandes expertos en lo peyorativo, por no hablar de la injuria, el lenguaje grosero y los epítetos insultantes... La ofensa es siempre un arma destinada a dañar la dignidad de las personas. Si vas a insultar, hazlo con estilo y recuerda: insultar no es gratis. Tampoco forma parte de la libertad de expresión.
Puesto que vivimos en un mundo en el que muchas guerras se combaten en la era de la comunicación digital a través de chats, foros, WhatsApp, Facebook o cualquier otra red o servicio de mensajes, internet es un recurso muy apetitoso para “expresar” libremente nuestras opiniones acerca de los demás. Es importante saber que, aunque los insultos no están recogidos en el Código Penal como delitos específicos, se contemplan en el apartado de delito de injurias. Esto comprende todas aquellas expresiones que atentan contra la dignidad de una persona, ya sea en el ámbito público o privado. Para el delito de injuria no está prevista la pena de cárcel, pero sí que es posible castigar con pena de multa. Si lo haces a través de Internet, la pena de multa a imponer es de seis a catorce meses. En general, el insulto en las redes sociales alcanza una alta difusión en tiempo récord, lo que provoca que existan una gran cantidad de testigos, con lo que la pena puede ser todavía mayor al haberse hecho público de manera tan flagrante.
Como escribía con anterioridad, la ofensa es siempre un arma destinada a dañar la dignidad de las personas. Si vas a insultar, hazlo con estilo, sé ingenioso y recuerda: «Insultar, no es gratis». Emilia Casas Fernández
















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