Mª Soledad Martín
Lunes, 19 de Agosto de 2019
ZAMORANA

El ocaso de un hombre

Mª Soledad Martín Turiño

[Img #29055]En los días inciertos de niebla opaca que huye del sol manteniendo la ciudad en una burbuja invisible, tenía por costumbre encerrarse en la biblioteca de su casa, sentado en el enorme despacho abigarrado de estanterías colmadas de libros y garabatear más que escribir diversas notas según le venían las ideas a su imaginación galopante, siempre en incesante actividad.

 

Era un hombre alto, enjuto, distinguido y atractivo pese a los años, con un carisma especial que se evidenciaba con solo cruzar unas palabras. Su aspecto distante, proclive a la soledad, no incitaba a entablar con él conversaciones banales y, consciente de tal circunstancia, había decidido espaciar sus salidas, exceptuando las visitas diarias al casino y a la ópera cuyo abono anual le permitía asistir todos los meses a funciones que conocía de memoria, y se recreaba en aquellas representaciones que después escuchaba en casa donde en todo momento sonaba un aria, una obertura o un coro.

Había consolidado su estatus en la ciudad desde que le otorgaron aquel reconocimiento a toda su carrera de escritor; era un hombre respetado que se codeaba con lo más granado de aquella sociedad provinciana que tanto amaba. Cuando alguien le entrevistaba, no rehuía las preguntas, aunque las respuestas fueran, en ocasiones, mordaces e inquisitivas; eso lo sabían bien los periodistas que, cuando ocurría algún hecho de relevancia, permanecían apostados a la puerta de su casa para recabar su opinión manifestada siempre con acierto. 

 

Su vida se reducía a los libros, no tenía parientes, convivía solo con  un viejo perro que era casi una prolongación de sí mismo y su fiel mayordomo que hacía las veces de amigo, confidente, conductor y camarada y que le conocía como nadie; solo él comprendía los bruscos cambios de humor de su señor cuando llegaba determinada fecha borrada del calendario, o la melancolía que le embargaba cada primavera, cuando empezaba a despuntar la vida en los brotes tiernos de hojas de los árboles vecinos.

 

La exigencia en el amor había sido tan exhaustiva como todo en su vida. Hubo una mujer a la que amó apasionadamente y perdió cuando alcanzaban ese punto común tan difícil de entendimiento y convivencia; desde entonces se encerró en su mundo, consagrado a su recuerdo, viviendo muchos días sin aliciente alguno, con esa sensación de pérdida que carcome y destruye el espíritu de manera inexorable.

 

De este modo transcurrían sus días, entre libros, escribiendo, anotando, dejando para la posteridad retazos de vivencias que, más allá del desahogo emocional al plasmarlas en papel, constituían una auténtica terapia para aquella mente cansada que había experimentado los placeres del amor, la fama, la felicidad y al mismo tiempo la bajada a los infiernos, la apatía y la más profunda y penosa soledad.

 

 

Mª Soledad Martín Turiño

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