ZAMORANA
Mujeres y hombres: eterno dilema
Mª Soledad Martín Turiño
No me importa que me miren despectivamente, ni que me critiquen por el mero hecho de pensar diferente. Me gusta defender mis ideas a veces opuestas a lo establecido. Recuerdo que de jovencita, allá en el pueblo, mi abuela se escandalizaba si llevaba bikini para bañarme en el rio, si se me ocurría tener por amiga a alguien considerada inadecuada porque su familia era de las más pobres y esa circunstancia la excluían, o cuando hablaba abiertamente preguntando por temas considerados tabú en una casa donde siempre se habló en voz baja y con medias verdades. Tal vez esa falta de respuestas haya sido el revulsivo para indagar en lo que desconozco, preguntar abiertamente o plantarme ante el estupor de una sociedad rural acostumbrada a asentir aunque fuera a su pesar.
En la actualidad, perdida la timidez de antaño, he aprendido a acercarme a la gente -todo tipo de gente- de tú a tú, dejando atrás las aprensiones y los miedos, dedicando gran parte de mi vida a desterrar los prejuicios que siguen atormentando a mentes dormidas.
La valoración de uno mismo y el cuidado de la imagen que proyectamos ha sido una constante en mis días, que también he tratado en cuantos encuentros, clases, foros y coloquios he asistido ya fuera de oyente o docente. En todos los casos me he referido a lo que significa el lugar que ocupamos en la sociedad –sobre todo en el ambiente laboral- y actuar de acuerdo a esta premisa, conscientes de que traspasar tal barrera es situarse fuera de lugar.
El hecho de ser mujer en mi caso no ha sido un obstáculo y he tenido la fortuna de convivir con el sexo opuesto en un plano de compañerismo e igualdad, pero no siempre ha sido así. Después de demasiados años de lucha, por fin, ahora somos libres de opinar, creer y pensar en cuestiones que no son las establecidas. Desde las escuelas divididas por sexos, carreras explícitamente catalogadas “de mujeres” y “de hombres”, trabajos con exclusión del sexo femenino... etc. hemos pasado a que no haya apenas obstáculos para que las féminas puedan formar parte de casi todos los ámbitos sociales, incluso alguno impensable como el ejército, donde el hecho de ser mujer remarcó desde siempre este persistente estereotipo y fue una buena excusa para excluirlas.
Hay, no obstante, alguna profesión todavía vedada para la mujer. A excepción de las labores propias -léase de servicio- la iglesia católica no ha cambiado mucho y se mantiene dominada por hombres: sacerdotes, obispos, cardenales e incluso el papa son hombres. Es posible que piensen que la entrada de la mujer en puestos paritarios les haría perder ese poder omnímodo que les ha caracterizado siempre, aunque creo que la religión católica se vería con mayor humanidad, y es muy posible que se pusiera fin a los pavorosos abusos sexuales que ahora se van destapando y que han ocurrido siempre para desgracia de muchos niños y descrédito de la propia iglesia.
En la mayoría del resto de profesiones las mujeres van ocupando su lugar entre los varones, pese a que hayan sido tradicionalmente puestos masculinos: desde las finanzas, la política o el deporte (futbol, rugbi, boxeo) hasta oficios tales como: minería, construcción, transporte etc., aunque paradójicamente algunos empleos se resienten a esta paridad, sirva como ejemplo que los cocineros más importantes del mundo son hombres.
El hecho de pensar diferente a lo establecido y poder manifestarlo es ya en sí mismo un claro avance. Hemos progresado en libertad de culto, de expresión, de creencias… pero aún se mira a la mujer de soslayo cuando manifiesta disconformidad o se rebela ante una sociedad que le cuesta cambiar roles, modos de concebir la vida y posicionamiento del varón.
Siempre ha habido mujeres que han emprendido la lucha por acceder a todo tipo de educación y puestos de trabajo, pero estaban solas y fueron discriminadas, vilipendiadas y consideradas ineptas ante el estupor de una sociedad que ya se preparaba para una revolución silenciosa, pero continua.
En el siglo pasado la activista estadounidense Wilma Scott desmanteló la etiqueta de género con una contundente frase que suscribo: “El único trabajo que no puede hacer ningún hombre es ser una incubadora humana o amamantar. Y el único trabajo que no puede hacer ninguna mujer es ser donante de esperma”.
Mª Soledad Martín Turiño
No me importa que me miren despectivamente, ni que me critiquen por el mero hecho de pensar diferente. Me gusta defender mis ideas a veces opuestas a lo establecido. Recuerdo que de jovencita, allá en el pueblo, mi abuela se escandalizaba si llevaba bikini para bañarme en el rio, si se me ocurría tener por amiga a alguien considerada inadecuada porque su familia era de las más pobres y esa circunstancia la excluían, o cuando hablaba abiertamente preguntando por temas considerados tabú en una casa donde siempre se habló en voz baja y con medias verdades. Tal vez esa falta de respuestas haya sido el revulsivo para indagar en lo que desconozco, preguntar abiertamente o plantarme ante el estupor de una sociedad rural acostumbrada a asentir aunque fuera a su pesar.
En la actualidad, perdida la timidez de antaño, he aprendido a acercarme a la gente -todo tipo de gente- de tú a tú, dejando atrás las aprensiones y los miedos, dedicando gran parte de mi vida a desterrar los prejuicios que siguen atormentando a mentes dormidas.
La valoración de uno mismo y el cuidado de la imagen que proyectamos ha sido una constante en mis días, que también he tratado en cuantos encuentros, clases, foros y coloquios he asistido ya fuera de oyente o docente. En todos los casos me he referido a lo que significa el lugar que ocupamos en la sociedad –sobre todo en el ambiente laboral- y actuar de acuerdo a esta premisa, conscientes de que traspasar tal barrera es situarse fuera de lugar.
El hecho de ser mujer en mi caso no ha sido un obstáculo y he tenido la fortuna de convivir con el sexo opuesto en un plano de compañerismo e igualdad, pero no siempre ha sido así. Después de demasiados años de lucha, por fin, ahora somos libres de opinar, creer y pensar en cuestiones que no son las establecidas. Desde las escuelas divididas por sexos, carreras explícitamente catalogadas “de mujeres” y “de hombres”, trabajos con exclusión del sexo femenino... etc. hemos pasado a que no haya apenas obstáculos para que las féminas puedan formar parte de casi todos los ámbitos sociales, incluso alguno impensable como el ejército, donde el hecho de ser mujer remarcó desde siempre este persistente estereotipo y fue una buena excusa para excluirlas.
Hay, no obstante, alguna profesión todavía vedada para la mujer. A excepción de las labores propias -léase de servicio- la iglesia católica no ha cambiado mucho y se mantiene dominada por hombres: sacerdotes, obispos, cardenales e incluso el papa son hombres. Es posible que piensen que la entrada de la mujer en puestos paritarios les haría perder ese poder omnímodo que les ha caracterizado siempre, aunque creo que la religión católica se vería con mayor humanidad, y es muy posible que se pusiera fin a los pavorosos abusos sexuales que ahora se van destapando y que han ocurrido siempre para desgracia de muchos niños y descrédito de la propia iglesia.
En la mayoría del resto de profesiones las mujeres van ocupando su lugar entre los varones, pese a que hayan sido tradicionalmente puestos masculinos: desde las finanzas, la política o el deporte (futbol, rugbi, boxeo) hasta oficios tales como: minería, construcción, transporte etc., aunque paradójicamente algunos empleos se resienten a esta paridad, sirva como ejemplo que los cocineros más importantes del mundo son hombres.
El hecho de pensar diferente a lo establecido y poder manifestarlo es ya en sí mismo un claro avance. Hemos progresado en libertad de culto, de expresión, de creencias… pero aún se mira a la mujer de soslayo cuando manifiesta disconformidad o se rebela ante una sociedad que le cuesta cambiar roles, modos de concebir la vida y posicionamiento del varón.
Siempre ha habido mujeres que han emprendido la lucha por acceder a todo tipo de educación y puestos de trabajo, pero estaban solas y fueron discriminadas, vilipendiadas y consideradas ineptas ante el estupor de una sociedad que ya se preparaba para una revolución silenciosa, pero continua.
En el siglo pasado la activista estadounidense Wilma Scott desmanteló la etiqueta de género con una contundente frase que suscribo: “El único trabajo que no puede hacer ningún hombre es ser una incubadora humana o amamantar. Y el único trabajo que no puede hacer ninguna mujer es ser donante de esperma”.
Mª Soledad Martín Turiño
















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