NOCTURNOS
Placer y dolor
Eugenio-Jesús de Ávila
Hay mujeres que, por su belleza, despiertan los instintos más primarios del hombre: los relacionados con el sexo. El varón de la especie me parece, esencialmente, un ser hedonista; la mujer, dada su superior sensibilidad, contempla la cópula como una manera más de disfrutar de la vida. No olvide el lector masculino que las féminas crean nuevos seres humanos con el dolor. Lo que un día fue placer se transforma en dolor, en principio, y, después, en amor.
El sufrimiento siempre suele ir ligado a la pasión, que viene de padecer. Compasión sería padecer con otro. Solidaridad en la pena, en la tristeza. Se acuñó que el amor conlleva amargura, sacrificio, suplicio, depresión. Vale. Eso no es amor. Lo definiría como el néctar del egoísmo.
Yo amo a una mujer, pero ella me considera, pongamos, un buen amigo. ¿Sufro? No. Me distancio. Lo entiendo. No me hundo en la tristeza, no escucho canciones de amores derrotados. Yo soy mucho, no sé si demasiado para mi edad: atractivo, inteligente, culto, con clase, elegante. Eso dicen las lenguas de doble filo.
¿Vanidad? Puedo permitírmelo. ¿Chulería? Versos de Manuel Machado: “Besos ¡pero no darlos! Gloria…¡la que me deben! ¡Ambición! No la tengo. ¡Amor! No lo he sentido”. ¿Algo más?
Me amaron señoritas y señoras muy bellas. Punto. No tengo, pues, porque caer en la melancolía, el pesar, en el quebranto, porque una hermosa dama me obvie, me olvide como el sol del ayer a la luna de hoy, el río desbordado a la nube seca, el árbol a la hoja que se murió en otoño sobre un cementerio de impotencia, un lecho de tierra, una sombra que ya nunca más será. ¡Qué llore Eolo que ya no encontrará respueta entre las ramas y sus hijas!
Hay mujeres -supongo que también existen hombres de ese estilo- que atraen, pero no enganchan, atan, te asen el alma. Féminas y varones que despiertan el sexo, pero te duermen el seso. Me ha sucedido. Empírico.
Respeto más a quién no me ama que a la mujer que lo dio todo por un beso fabricado en mis labios, una caricia que la yema de mis dedos buscó en sus senos o un permiso para conocer las estalactitas de su gineceo.
Ella fue mi ucronía. Yo, convencido estoy, su utopía. Tiempo y espacio. El amor infinito y el dolor eterno.
Hay mujeres que, por su belleza, despiertan los instintos más primarios del hombre: los relacionados con el sexo. El varón de la especie me parece, esencialmente, un ser hedonista; la mujer, dada su superior sensibilidad, contempla la cópula como una manera más de disfrutar de la vida. No olvide el lector masculino que las féminas crean nuevos seres humanos con el dolor. Lo que un día fue placer se transforma en dolor, en principio, y, después, en amor.
El sufrimiento siempre suele ir ligado a la pasión, que viene de padecer. Compasión sería padecer con otro. Solidaridad en la pena, en la tristeza. Se acuñó que el amor conlleva amargura, sacrificio, suplicio, depresión. Vale. Eso no es amor. Lo definiría como el néctar del egoísmo.
Yo amo a una mujer, pero ella me considera, pongamos, un buen amigo. ¿Sufro? No. Me distancio. Lo entiendo. No me hundo en la tristeza, no escucho canciones de amores derrotados. Yo soy mucho, no sé si demasiado para mi edad: atractivo, inteligente, culto, con clase, elegante. Eso dicen las lenguas de doble filo.
¿Vanidad? Puedo permitírmelo. ¿Chulería? Versos de Manuel Machado: “Besos ¡pero no darlos! Gloria…¡la que me deben! ¡Ambición! No la tengo. ¡Amor! No lo he sentido”. ¿Algo más?
Me amaron señoritas y señoras muy bellas. Punto. No tengo, pues, porque caer en la melancolía, el pesar, en el quebranto, porque una hermosa dama me obvie, me olvide como el sol del ayer a la luna de hoy, el río desbordado a la nube seca, el árbol a la hoja que se murió en otoño sobre un cementerio de impotencia, un lecho de tierra, una sombra que ya nunca más será. ¡Qué llore Eolo que ya no encontrará respueta entre las ramas y sus hijas!
Hay mujeres -supongo que también existen hombres de ese estilo- que atraen, pero no enganchan, atan, te asen el alma. Féminas y varones que despiertan el sexo, pero te duermen el seso. Me ha sucedido. Empírico.
Respeto más a quién no me ama que a la mujer que lo dio todo por un beso fabricado en mis labios, una caricia que la yema de mis dedos buscó en sus senos o un permiso para conocer las estalactitas de su gineceo.
Ella fue mi ucronía. Yo, convencido estoy, su utopía. Tiempo y espacio. El amor infinito y el dolor eterno.


















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