CON LOS CINCO SENTIDOS
Cuentos infantiles
Nélida L. Del Estal Sastre
Paseando al borde del río que surca mi ciudad, sentada en un banco de madera, he encontrado a la niña que fui. Me ha sonreído con los ojos, porque con la boca siempre le costó hacerlo, como mucho, esbozaba una mueca entre la alegría y la desazón, un enigma. Lo cierto es que, si me miro al espejo, aún conservo esa especie de mueca intermedia, equidistante. No fui una niña de grandes carcajadas.
Al encontrarme con mi yo infantil, me he sentado a su lado, en ese banco de madera al que la lluvia y el viento han erosionado y envejecido por completo. Era marrón y ahora es gris. Me he mirado con una curiosidad que rayaba la fruición. Esos ojos inquietos y vibrantes que se alimentaban de historias que nunca fueron contadas. Las manos y los pies largos que parecían anunciar un gran estirón que no se produjo hasta mucho más tarde. La pequeña nariz que era capaz de reconocer el aroma y los perfumes de casi todas las flores…Unas piernas escuálidas que denotaban una salud con momentos de gloria intermitentes. Me he quedado embobada y en silencio. Solo la miraba, me miraba, para ver si me reconocía en lo que soy ahora, si los sueños infantiles que copaban por completo mis noches se cumplieron o se quedaron por el camino, perdidos. Ya es tarde, prefiero mirarla a mirarme. Me apacigua el alma tormentosa que me caracteriza.
Hemos hablado de su afición a leer cuentos. Lee tantos que le han tenido que poner gafas. Me explica que no ha entendido “Piel de asno”, de Charles Perrault, que no cree en las hadas madrinas y le gusta jugar con sus hermanos a cosas de chicos. Me enseña una cicatriz en la pierna derecha, producto de una carrera en bici que acabó en un muro de piedra. Ahora sí nos reímos con ganas. Cuánto dolió que nos pusieran los puntos de sutura.
Ya me identifico con ella, me reconozco.
Me levanto del banco y ella se va diluyendo. Le espeto: ¿qué quieres ser de mayor?
“Quizá tú, quizá no”.
Paseando al borde del río que surca mi ciudad, sentada en un banco de madera, he encontrado a la niña que fui. Me ha sonreído con los ojos, porque con la boca siempre le costó hacerlo, como mucho, esbozaba una mueca entre la alegría y la desazón, un enigma. Lo cierto es que, si me miro al espejo, aún conservo esa especie de mueca intermedia, equidistante. No fui una niña de grandes carcajadas.
Al encontrarme con mi yo infantil, me he sentado a su lado, en ese banco de madera al que la lluvia y el viento han erosionado y envejecido por completo. Era marrón y ahora es gris. Me he mirado con una curiosidad que rayaba la fruición. Esos ojos inquietos y vibrantes que se alimentaban de historias que nunca fueron contadas. Las manos y los pies largos que parecían anunciar un gran estirón que no se produjo hasta mucho más tarde. La pequeña nariz que era capaz de reconocer el aroma y los perfumes de casi todas las flores…Unas piernas escuálidas que denotaban una salud con momentos de gloria intermitentes. Me he quedado embobada y en silencio. Solo la miraba, me miraba, para ver si me reconocía en lo que soy ahora, si los sueños infantiles que copaban por completo mis noches se cumplieron o se quedaron por el camino, perdidos. Ya es tarde, prefiero mirarla a mirarme. Me apacigua el alma tormentosa que me caracteriza.
Hemos hablado de su afición a leer cuentos. Lee tantos que le han tenido que poner gafas. Me explica que no ha entendido “Piel de asno”, de Charles Perrault, que no cree en las hadas madrinas y le gusta jugar con sus hermanos a cosas de chicos. Me enseña una cicatriz en la pierna derecha, producto de una carrera en bici que acabó en un muro de piedra. Ahora sí nos reímos con ganas. Cuánto dolió que nos pusieran los puntos de sutura.
Ya me identifico con ella, me reconozco.
Me levanto del banco y ella se va diluyendo. Le espeto: ¿qué quieres ser de mayor?
“Quizá tú, quizá no”.
















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