ECOLOGÍA
El bosque negro
Ilia Galán
Iba a aquel sitio porque era frondoso y fresco y recordaba los ecos del paraíso perdido, aunque no el del Milton. ¿Quién lee ahora esos clásicos, míticos, de la Pérfida Albión? Recordaba, ya acercándose, sus manantiales, los bosques lujuriosos, las frondas estivales, pero cuando llegó halló un desierto de cenizas y columnas negras que el cielo apenas sostenían.
Quemado por los desalmados había quedado y maldijo a esos malvados, reclamando el fuego del infierno para sus cuerpos a fin de que también quedaran chamuscados, tal y como habían hecho con los animalitos, pues en el suelo halló un ciervo carbonizado, las cuernas al viento, el vientre negro e inflado. Triste destino el de ardillas y zorros, el de liebres y erizos que habían sido así consumidos por un horror innecesario.
Ya no es solo un problema español sino de todo el globo terráqueo y dicen que se extiende gracias al calentamiento global y también merced a intereses de algunos que quieren campos libres de árboles para plantar cultivos o urbanizaciones. Que se lo digan a Brasil, que sin selvas parece querer quedarse para convertirlas en campos labrados que den como fruto copiosos denarios. Su presidente acusa al resto del mundo para que sean otros quienes repueblen sus montes con arboledas y bosques. Pero ya ve, mi querido lector, lo que sucede en nuestro entorno.
Canarias arde como si el volcán Teide explotase y pelado todo ha quedado, habremos de devorar un abrasador desierto sin sombras ni flores. Mas una esperanza tengo y lo descubrí en Estados Unidos cuando en el norte vi que las tierras de labranza se habían cubierto de frescos bosques al no ser ya rentable la agricultura en esas tierras de la Nueva Inglaterra, bien al norte. También quien estas letras escribe lo hace ahora en una aldea italiana rodeado de forestas por todas partes y nadie las abrasa pues quienes aquí moran las respetan y a nadie interesa, de momento, prenderlas por un motivo u otro, ni por dar sustento a los bomberos que apagan los incendios ni para permitir construcciones u otras escondidas acciones.
Quitar el interés por prender fuego es esencial para evitar esos infiernos. Ya cuando era pequeño quedé impresionado por los documentales de Rodríguez de la Fuente: gran admiración por montes, fieras y bosques, que desde entonces reverencio y amo. En la naturaleza encuentro el templo de Dios y sus muy sutiles y discretos sermones a veces tocan más los corazones que los de algunos clérigos inertes, aunque no excluyamos las palabras piadosas que vivas emergen de ciertos corazones. La divina creación manipulamos a veces para bien y con artes, otras destruyéndola y destrozándonos. Así somos los mortales, pero mejor si cuidamos los tesoros que como divino regalo nos fueron dados.
Ilia Galán
Iba a aquel sitio porque era frondoso y fresco y recordaba los ecos del paraíso perdido, aunque no el del Milton. ¿Quién lee ahora esos clásicos, míticos, de la Pérfida Albión? Recordaba, ya acercándose, sus manantiales, los bosques lujuriosos, las frondas estivales, pero cuando llegó halló un desierto de cenizas y columnas negras que el cielo apenas sostenían.
Quemado por los desalmados había quedado y maldijo a esos malvados, reclamando el fuego del infierno para sus cuerpos a fin de que también quedaran chamuscados, tal y como habían hecho con los animalitos, pues en el suelo halló un ciervo carbonizado, las cuernas al viento, el vientre negro e inflado. Triste destino el de ardillas y zorros, el de liebres y erizos que habían sido así consumidos por un horror innecesario.
Ya no es solo un problema español sino de todo el globo terráqueo y dicen que se extiende gracias al calentamiento global y también merced a intereses de algunos que quieren campos libres de árboles para plantar cultivos o urbanizaciones. Que se lo digan a Brasil, que sin selvas parece querer quedarse para convertirlas en campos labrados que den como fruto copiosos denarios. Su presidente acusa al resto del mundo para que sean otros quienes repueblen sus montes con arboledas y bosques. Pero ya ve, mi querido lector, lo que sucede en nuestro entorno.
Canarias arde como si el volcán Teide explotase y pelado todo ha quedado, habremos de devorar un abrasador desierto sin sombras ni flores. Mas una esperanza tengo y lo descubrí en Estados Unidos cuando en el norte vi que las tierras de labranza se habían cubierto de frescos bosques al no ser ya rentable la agricultura en esas tierras de la Nueva Inglaterra, bien al norte. También quien estas letras escribe lo hace ahora en una aldea italiana rodeado de forestas por todas partes y nadie las abrasa pues quienes aquí moran las respetan y a nadie interesa, de momento, prenderlas por un motivo u otro, ni por dar sustento a los bomberos que apagan los incendios ni para permitir construcciones u otras escondidas acciones.
Quitar el interés por prender fuego es esencial para evitar esos infiernos. Ya cuando era pequeño quedé impresionado por los documentales de Rodríguez de la Fuente: gran admiración por montes, fieras y bosques, que desde entonces reverencio y amo. En la naturaleza encuentro el templo de Dios y sus muy sutiles y discretos sermones a veces tocan más los corazones que los de algunos clérigos inertes, aunque no excluyamos las palabras piadosas que vivas emergen de ciertos corazones. La divina creación manipulamos a veces para bien y con artes, otras destruyéndola y destrozándonos. Así somos los mortales, pero mejor si cuidamos los tesoros que como divino regalo nos fueron dados.
Ilia Galán















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