Mª Soledad Martín Turiño
Martes, 10 de Septiembre de 2019
ZAMORANA

Blanca como la nieve que fue su vida

[Img #29561]Se puede adiestrar el gesto pintando en el rostro como decía el cantautor una sonrisa de carmín, que al fin y al cabo, no deja de ser una mueca, e incluso vestir con colores vivos y sin embargo que el alma permanezca en una penumbra mantenida. La imagen que proyectamos no siempre resulta ser un reflejo de nuestro sentir y, paradójicamente, por ella nos conocen todos; sin sospechar esos infiernos personales que nos arrebatan parte de la vida y de los que nadie es consciente cuando se paran a mirar solo la fachada, y luego acaso por una conducta irregular o inesperada hay quien se sorprende haciéndose preguntas banales en estos casos: ¡quién lo iba a pensar!, ¡cómo es posible que haya ocurrido!…

 

Ha acontecido hace poco con la esquiadora y seguirá pasando porque las luchas internas son más fuertes que lo que manifestamos externamente; a veces se gesta un demonio que poco a poco va conquistando todo nuestro ser y dominando el interior hasta aniquilarlo por completo.

 

Algunos se pasan la vida soñando con lo que no han tenido y esperan encontrar más adelante, siempre en un futuro cercano, siempre fantaseando con una realidad que no llega, y así transcurre la existencia entre el sueño fantasma de un vivir ilusorio, con fantasías que no van a ninguna parte, perdidos en el pasado, en un momento en que la vida les sonrió; eso a veces es bueno y sirve de excusa para los momentos difíciles que llegan sin ser llamados y de los que inevitablemente nadie puede zafarse pero, por lo general, eluden la realidad convirtiéndola en un artificio. En otras ocasiones se vive de un recuerdo glorioso que se va disolviendo en la memoria colectiva y solo se torna palpable con la ausencia de su protagonista, como ha ocurrido en el caso de Fernández Ochoa. Ahora llegarán los homenajes, las distinciones y los honores ¡demasiado tarde!

 

Tendemos a loar las virtudes de los muertos más que de los vivos: Van Gogh, Kafka, Galileo, Oscar Wilde, El Greco, la propia Blanca y un larguísimo etc. son ejemplos de ello; personajes que deberían haber sido reconocidos por méritos propios durante su vida, con una trayectoria artística, deportiva, cultural etc. impecable y que, o bien en su momento no fueron comprendidos, o bien –como en el caso que nos ocupa- solo durante el momento de brillo como primera mujer esquiadora en España con una medalla olímpica, amén de una carrera  impecable en el deporte blanco, transcurridos los años ni el propio país, ni tampoco las instituciones deportivas supieron valorarla como debían.

 

No valen ahora los lamentos ni los reconocimientos públicos, ni que su nombre esté presente en una placa o una escultura de Cercedilla porque estos gestos son, tal vez, un mecanismo de defensa para tranquilizar la conciencia de quienes en su momento la ignoraron. 

 

Mª Soledad Martín Turiño

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