ME QUEDA LA PALABRA
Zamora: una nada que atraviesa un río
Eugenio-Jesús de Ávila
Cronos no admite sindicatos en su fábrica de segundos, minutos, horas, días, meses y años. No hay huelgas de tiempo. Ni paradas técnicas. Ni una sola protesta. Atrás se nos quedó agosto, el mes en el que contemplamos la Zamora que pudo haber sido y no fue; la ciudad y la provincia de la ucronía. Los zamoranos que se buscaron la vida lejos de su patria chica regresan siempre en el verano, en su mes más querido. Aquí transcurre parte de sus vacaciones. Y bien que lo notan los pequeños comerciantes, cafeterías, bares y restaurante. También las calles y las avenidas sonríen de ver cuánta gente las transita.
Cuando concluye agosto, descienden las temperaturas, algunas hojas secan caen y empieza el curso, Zamora sufre en silencio la marcha de sus universitarios. Muchos no volverán hasta septiembre. Otros, los que estudian en la hermana Salamanca quizá pasen los fines de semana entre nosotros. Pero la ciudad se resiente. Los comercios se vacían, apenas registran actividad; los bares de pinchos vuelvan a vivir de su clientela cotidiana. Los de siempre toman el clásico vino o caña y el pincho mientras comparten conversaciones sobre cualquier cosa: se critica a los políticos, se habla del estado de la ciudad, de los divorcios de parejas que parecían perfectas, las enfermedades de conocidos que nunca se había quejado de dolencia alguna, el fallecimiento de alguna personalidad o el nacimiento de algún nieto de abuelos muy conocidos. Y poco más. La ciudad se vuelve cotilla.
Los que critican a los políticos en las barras de los bares, entre tapa de tortilla y caña de cerveza, después, cuando llega el momento, acuden a la urna para perpetuar el engaño de las elecciones, de este sistema en el que los jerarcas de los partidos te lo dan todo hecho para que el ciudadano rubrique su elección, se convierta en cómplice del desgobierno, la corrupción, de una democracia en la forma, pero con escaso fondo, representada por políticos vulgares, petimetres y botarates. Gente que ha hecho de la mentira su mejor discurso y de la verdad la excepción. Pero el pueblo, lanar, paga y obedece. Unos pocos viven en la gloria y cobrarán la máxima pensión, y otros, la gran mayoría, trabajarán hasta que toque y percibirán pensiones escasas, con las que ni se puede dar propina a los nietos, ni llega a fin de mes. Jubilaciones para ir tirando hasta la sepultura.
Zamora, como vengo escribiendo, me parece una ciudad entregada a su suerte. Los zamoranos solo quieren quedarse como están, los que tienen trabajo; mientras que los que cobran buenos salarios, por supuesto, desean que nada cambie. Y unos 10.000, desempleados, reflexionan, se lo piensan, sobre si irse de Zamora o quedarse a ver si hay suerte y sale alguna labor.
Zamora, en el estío, pierde alegría. Durante el verano, se piensa menos y se vive más. Hay más luz, menos ropa, casi todos mostramos lo que somos por fuera, nuestra estética. Los adentros guardan silencio. El alma elige los otoños para quejarse, entre hoja y hoja que cae de los chopos; mientras se esconde entre la niebla para que no le pregunte por su estado de salud.
La ciudad agoniza, porque su sangre se seca. El corazón de la urbe se olvida de latir, porque piensa. Los niños, que no se enteran de nada, aprenden las primeras letras y las tablas de multiplicar; después merienda y sus padres los colocan ante el televisor para que se entretengan con los dibujos animados. Hay otros niños muy mayores, a los que se denomina adultos, que se divierten con el fútbol, con los programas de meretrices y macarras; con los telediarios que controlan los políticos y los anuncios de vehículos que jamás podrán adquirir.
Nada ha cambiado en Zamora en las últimas décadas. Cierto que somos menos, más viejos y más tristes. Pero nuestra mentalidad no evolucionó en democracia. El poder enseñó a los zamoranos a no pensar, a no pedir, a no exigir, que ya llegaría el maná del Estado cuando fuera menester. En esta penillanura, en esta provincia del Duero de la energía, de Los Arribes, de los poetas, solo se nos permite morir en paz y vivir con sencillez, con la humildad del que nació pobre y sabe que jamás ascenderá de clase social. Nació sin pañal y morirá sin mortaja.
Pensará el lector que mis palabras destilan amargura, como me comentó un excelente y culto amigo, ya de vuelta de todo menos de la vida. Y si así lo cree, tendrá razón. Yo no puede escribir bonito, tanto como para que las letras sonrían y las vocales dancen un vals con las consonantes, mientras mi ciudad, en la que se guarda mi memoria, donde la tierra silencia el recuerdo de mi familia, se difumina, cual cuadro de Leonardo; duerme sobre el lecho del tiempo; enferma de cobardía, calla y aguarda a otra fiesta religiosa para soñar que existe. No, Zamora no existe, porque no vive, porque no se piensa, porque no se ve. Aquí nadie espera a ver el cadáver de su enemigo, porque el enemigo vive dentro de cada uno de nosotros, de los pusilánimes, de los pelotas, de los resignados, de los zamoranos de nunca, de los zamoranos que no saben llorar y aspiran a mamar de la teta pública. Zamora es una nada que atraviesa el río duradero, al que nadie baja a consolar, donde la gente se muere sin saber que ha vivido.
Zamora, ciudad en la que un periódico se necesita para enterarse de quién se ha muerto. Zamora, la ciudad que yo soñé que se transformaría durante la democracia, que se quitaría la roña de la dictadura, aparece hoy, casi en el año 2020, a las puertas del otoño, como un árbol seco, desnudo, sin nidos, porque no tiene ramas.
Ojala que Zamora10 y los cerebros que la alimentan inyecten a esta ciudad sobredosis de esperanza, droga dura de sueños para asir el futuro. Solo le pido a las parcas que me vengan a buscar cuando mi Zamora, la de mi vejez, sea mejor que la Zamora en la que nací.
Eugenio-Jesús de Ávila
Cronos no admite sindicatos en su fábrica de segundos, minutos, horas, días, meses y años. No hay huelgas de tiempo. Ni paradas técnicas. Ni una sola protesta. Atrás se nos quedó agosto, el mes en el que contemplamos la Zamora que pudo haber sido y no fue; la ciudad y la provincia de la ucronía. Los zamoranos que se buscaron la vida lejos de su patria chica regresan siempre en el verano, en su mes más querido. Aquí transcurre parte de sus vacaciones. Y bien que lo notan los pequeños comerciantes, cafeterías, bares y restaurante. También las calles y las avenidas sonríen de ver cuánta gente las transita.
Cuando concluye agosto, descienden las temperaturas, algunas hojas secan caen y empieza el curso, Zamora sufre en silencio la marcha de sus universitarios. Muchos no volverán hasta septiembre. Otros, los que estudian en la hermana Salamanca quizá pasen los fines de semana entre nosotros. Pero la ciudad se resiente. Los comercios se vacían, apenas registran actividad; los bares de pinchos vuelvan a vivir de su clientela cotidiana. Los de siempre toman el clásico vino o caña y el pincho mientras comparten conversaciones sobre cualquier cosa: se critica a los políticos, se habla del estado de la ciudad, de los divorcios de parejas que parecían perfectas, las enfermedades de conocidos que nunca se había quejado de dolencia alguna, el fallecimiento de alguna personalidad o el nacimiento de algún nieto de abuelos muy conocidos. Y poco más. La ciudad se vuelve cotilla.
Los que critican a los políticos en las barras de los bares, entre tapa de tortilla y caña de cerveza, después, cuando llega el momento, acuden a la urna para perpetuar el engaño de las elecciones, de este sistema en el que los jerarcas de los partidos te lo dan todo hecho para que el ciudadano rubrique su elección, se convierta en cómplice del desgobierno, la corrupción, de una democracia en la forma, pero con escaso fondo, representada por políticos vulgares, petimetres y botarates. Gente que ha hecho de la mentira su mejor discurso y de la verdad la excepción. Pero el pueblo, lanar, paga y obedece. Unos pocos viven en la gloria y cobrarán la máxima pensión, y otros, la gran mayoría, trabajarán hasta que toque y percibirán pensiones escasas, con las que ni se puede dar propina a los nietos, ni llega a fin de mes. Jubilaciones para ir tirando hasta la sepultura.
Zamora, como vengo escribiendo, me parece una ciudad entregada a su suerte. Los zamoranos solo quieren quedarse como están, los que tienen trabajo; mientras que los que cobran buenos salarios, por supuesto, desean que nada cambie. Y unos 10.000, desempleados, reflexionan, se lo piensan, sobre si irse de Zamora o quedarse a ver si hay suerte y sale alguna labor.
Zamora, en el estío, pierde alegría. Durante el verano, se piensa menos y se vive más. Hay más luz, menos ropa, casi todos mostramos lo que somos por fuera, nuestra estética. Los adentros guardan silencio. El alma elige los otoños para quejarse, entre hoja y hoja que cae de los chopos; mientras se esconde entre la niebla para que no le pregunte por su estado de salud.
La ciudad agoniza, porque su sangre se seca. El corazón de la urbe se olvida de latir, porque piensa. Los niños, que no se enteran de nada, aprenden las primeras letras y las tablas de multiplicar; después merienda y sus padres los colocan ante el televisor para que se entretengan con los dibujos animados. Hay otros niños muy mayores, a los que se denomina adultos, que se divierten con el fútbol, con los programas de meretrices y macarras; con los telediarios que controlan los políticos y los anuncios de vehículos que jamás podrán adquirir.
Nada ha cambiado en Zamora en las últimas décadas. Cierto que somos menos, más viejos y más tristes. Pero nuestra mentalidad no evolucionó en democracia. El poder enseñó a los zamoranos a no pensar, a no pedir, a no exigir, que ya llegaría el maná del Estado cuando fuera menester. En esta penillanura, en esta provincia del Duero de la energía, de Los Arribes, de los poetas, solo se nos permite morir en paz y vivir con sencillez, con la humildad del que nació pobre y sabe que jamás ascenderá de clase social. Nació sin pañal y morirá sin mortaja.
Pensará el lector que mis palabras destilan amargura, como me comentó un excelente y culto amigo, ya de vuelta de todo menos de la vida. Y si así lo cree, tendrá razón. Yo no puede escribir bonito, tanto como para que las letras sonrían y las vocales dancen un vals con las consonantes, mientras mi ciudad, en la que se guarda mi memoria, donde la tierra silencia el recuerdo de mi familia, se difumina, cual cuadro de Leonardo; duerme sobre el lecho del tiempo; enferma de cobardía, calla y aguarda a otra fiesta religiosa para soñar que existe. No, Zamora no existe, porque no vive, porque no se piensa, porque no se ve. Aquí nadie espera a ver el cadáver de su enemigo, porque el enemigo vive dentro de cada uno de nosotros, de los pusilánimes, de los pelotas, de los resignados, de los zamoranos de nunca, de los zamoranos que no saben llorar y aspiran a mamar de la teta pública. Zamora es una nada que atraviesa el río duradero, al que nadie baja a consolar, donde la gente se muere sin saber que ha vivido.
Zamora, ciudad en la que un periódico se necesita para enterarse de quién se ha muerto. Zamora, la ciudad que yo soñé que se transformaría durante la democracia, que se quitaría la roña de la dictadura, aparece hoy, casi en el año 2020, a las puertas del otoño, como un árbol seco, desnudo, sin nidos, porque no tiene ramas.
Ojala que Zamora10 y los cerebros que la alimentan inyecten a esta ciudad sobredosis de esperanza, droga dura de sueños para asir el futuro. Solo le pido a las parcas que me vengan a buscar cuando mi Zamora, la de mi vejez, sea mejor que la Zamora en la que nací.


















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