ELECCIONES GENERALES
Yo no me he equivocado, señor presidente
Kebedo.
Parecía increíble, no era deseable, era absolutamente irracional, pero ha sucedido, vamos a otras elecciones. Algunos dicen que son unas elecciones buscadas, otros piensan que no ha habido otra salida, otros nos dicen que hay que votar de otra forma, y mi vecina Marisol, con la que acabo de coincidir en la escalera, me espeta –Yo no me he equivocado, señor presidente-.
-¿A qué te refieres?-, le pregunto. Y enseguida me argumenta que algunos piensan que nos mandan otra vez a las urnas porque no hemos votado bien, que nos hemos equivocado, que las cosas no han salido porque no hemos sido lo suficientemente claros-. –Pues no, Señor Presidente, yo no me he equivocado, es más, voy a votar el 10-N y voy a volver a votar lo mismo porque es mi pensamiento, porque son mis ideas, porque es lo que reivindico y, sobre todo, porque no puedo permitir que alguien decida por mí, por muy cabreada que esté con ésta decisión-. No hay mucho que objetar a este comentario. Y no para ahí la cosa porque mi vecina continúa –Ojo que, cuando hablo del presidente quiero también incluir a los demás cabezas de lista, que no han sido unos invitados de piedra a éste esperpento- y continúa…
-El Señor Rivera se quitó de en medio enseguida, incluso antes de las elecciones. No ha querido ni asistir a las invitaciones que le hizo el Señor Sánchez para poder dialogar, pactar o tomarse un chupito. Así se ha mantenido durante todo éste tiempo, vacaciones veraniegas incluidas, hasta que se le ocurrió la patochada de última hora que ha hecho sonrojar de vergüenza hasta a los leones del Congreso. No puede decirse que Albert Rivera e Inés Arrimadas hayan colaborado algo en el desatasque, todo lo contrario. Eso sí, lo de “arrimarse” a la derecha lo han bordado-.
Está claro que Marisol está lanzada y continúa arremetiendo, ahora contra Casado, -ése máster del universo-, como ella lo llama, al que le reprocha su continua mención a España y a la colaboración para la estabilidad y la unidad, pero que a la hora de la verdad, nada de nada. Máxime ahora, con ese nuevo fichaje que es la señora Marquesa de Casa Fuerte, directora del área internacional de FAES -bonito cargo en una inefable organización- entre otras lindezas, la Señora Álvarez de Toledo, que ha traído “venenito puro” al Congreso y que está propiciando un acercamiento a la derecha más rancia y reaccionaria, demostrando que poco ha aprendido de su padre, un hombre que luchó con la Resistencia francesa en la II guerra mundial, ”para combatir el totalitarismo nacido del populismo”, según las propias palabras de Cayetana. –Lo dicho, poco aprendió la muchacha- apostilla Marisol.
El tercero en discordia, según la crítica de mi vecina, es Pablo Iglesias. –Con la Iglesia hemos topado-, me suelta de sopetón. –Otro que ha querido estar en misa y repicando, ser el perejil de todas las salsas y que, al final, lo único que ha demostrado es su desmedido interés por estar, a toda costa en el gobierno-. Una cosa es ser conveniente, necesario si se quiere, para colaborar en la formación de un determinado gobierno y otra, muy distinta, es querer ser imprescindible y recordarlo a cada momento; empecinarse, mas bien, en serlo. –Es la tercera vez que Pablo Iglesias impide la formación de un gobierno progresista, llamándose él a sí mismo, progresista-, remata mi vecina.
Y la apoteosis final viene, naturalmente, con el presidente en funciones. -Yo no me he equivocado al votar, Señor Sánchez-, repite Marisol con cara de pocos amigos. -Cada uno vota lo que le da la gana, cada uno vota según su conciencia, y son ustedes, los políticos, los que tienen que gestionar el resultado obtenido. Y en esa obligación entra el ponerse de acuerdo. Y ahí, Señor Presidente en funciones, nos han fallado-. –Si es verdad-, continúa, -que ha forzado usted la situación para llegar a unas nuevas elecciones porque da usted por supuesto que va a sacar mayor ventaja aún, sepa que la apuesta es muy arriesgada y si, por casualidad, no le sale bien, debería usted dimitir en el mismo instante del recuento. Y si no es verdad que haya sido a propósito, habrá que recriminarle el no haber sido capaz de convencer a derecha o a izquierda, que por ambos lados tenía recorrido, de la conveniencia de un gobierno conjunto, en coalición, en cohabitación, o en incesto, como usted quiera, pero gobierno-.
El gasto que supone la nueva convocatoria y, sobre todo, la parálisis en la consecución de los presupuestos, la tardanza en los libramientos de las cantidades que corresponden a las C.C.A.A., el retraso en la puesta en marcha de proyectos, leyes, decretos y demás herramientas necesarias para el funcionamiento de un país, al que se le está aproximando otra recesión económica, es un lujo que no nos podemos permitir. De hecho ya ha habido víctimas. Ha quedado claro que ya hay dos perdedores indudables, Rivera e Iglesias. Es tal la sangría de militantes, gerifaltes y cuadros que se le han marchado a ambos en sus respectivos partidos, que más valdría que fueran ellos mismos los que tomasen ya las de Villadiego, si es que les queda algo de vergüenza.
Llevarnos a unas nuevas elecciones es una manera de decirle al electorado que no ha votado bien, que hay que repetir porque, revisando el V.A.R., han visto que alguien estaba en fuera de juego y el gol no es válido. Pues no, Señor Sánchez, en las urnas no hay nadie en fuera de juego; como mucho los que las usan, aún no creyendo en ellas, para disimular y hacer creer que son tan demócratas como el que más. Las urnas son sagradas y si ustedes, TODOS, nos obligan a utilizarlas de nuevo el 10 de Noviembre, lo haremos, volveremos, pero no esperen resultados muy distintos a los actuales, salvo alguna sorpresa en sentido contrario de lo esperado y el consiguiente tirón de pelos. El hartazgo con su nefasta labor no tiene que ser ni justificación, ni excusa, ni motivo para no ejercitar nuestro derecho a votar y demostrarle a ustedes que nosotros, los votantes, no nos equivocamos.
-¿Qué debemos hacer entonces, qué solución puede tener una situación como la presente si los que tienen que entenderse son los mismos y siguen ahí?-, le pregunto a mi vecina.
–Meter a todos los líderes en una patera, ponerlos a remar y que no paren de hacerlo hasta que lleguen al Cabo de Hornos. Son ellos los que nos han fallado y, si no son capaces de ponerse de acuerdo, deben dejar paso a otros que estén más abiertos al entendimiento-, me contestó sin vacilar ni un instante.
Y, a continuación, se marchó por donde había venido.
La pena es que esa solución es la que no está, aún, en nuestras manos.
Parecía increíble, no era deseable, era absolutamente irracional, pero ha sucedido, vamos a otras elecciones. Algunos dicen que son unas elecciones buscadas, otros piensan que no ha habido otra salida, otros nos dicen que hay que votar de otra forma, y mi vecina Marisol, con la que acabo de coincidir en la escalera, me espeta –Yo no me he equivocado, señor presidente-.
-¿A qué te refieres?-, le pregunto. Y enseguida me argumenta que algunos piensan que nos mandan otra vez a las urnas porque no hemos votado bien, que nos hemos equivocado, que las cosas no han salido porque no hemos sido lo suficientemente claros-. –Pues no, Señor Presidente, yo no me he equivocado, es más, voy a votar el 10-N y voy a volver a votar lo mismo porque es mi pensamiento, porque son mis ideas, porque es lo que reivindico y, sobre todo, porque no puedo permitir que alguien decida por mí, por muy cabreada que esté con ésta decisión-. No hay mucho que objetar a este comentario. Y no para ahí la cosa porque mi vecina continúa –Ojo que, cuando hablo del presidente quiero también incluir a los demás cabezas de lista, que no han sido unos invitados de piedra a éste esperpento- y continúa…
-El Señor Rivera se quitó de en medio enseguida, incluso antes de las elecciones. No ha querido ni asistir a las invitaciones que le hizo el Señor Sánchez para poder dialogar, pactar o tomarse un chupito. Así se ha mantenido durante todo éste tiempo, vacaciones veraniegas incluidas, hasta que se le ocurrió la patochada de última hora que ha hecho sonrojar de vergüenza hasta a los leones del Congreso. No puede decirse que Albert Rivera e Inés Arrimadas hayan colaborado algo en el desatasque, todo lo contrario. Eso sí, lo de “arrimarse” a la derecha lo han bordado-.
Está claro que Marisol está lanzada y continúa arremetiendo, ahora contra Casado, -ése máster del universo-, como ella lo llama, al que le reprocha su continua mención a España y a la colaboración para la estabilidad y la unidad, pero que a la hora de la verdad, nada de nada. Máxime ahora, con ese nuevo fichaje que es la señora Marquesa de Casa Fuerte, directora del área internacional de FAES -bonito cargo en una inefable organización- entre otras lindezas, la Señora Álvarez de Toledo, que ha traído “venenito puro” al Congreso y que está propiciando un acercamiento a la derecha más rancia y reaccionaria, demostrando que poco ha aprendido de su padre, un hombre que luchó con la Resistencia francesa en la II guerra mundial, ”para combatir el totalitarismo nacido del populismo”, según las propias palabras de Cayetana. –Lo dicho, poco aprendió la muchacha- apostilla Marisol.
El tercero en discordia, según la crítica de mi vecina, es Pablo Iglesias. –Con la Iglesia hemos topado-, me suelta de sopetón. –Otro que ha querido estar en misa y repicando, ser el perejil de todas las salsas y que, al final, lo único que ha demostrado es su desmedido interés por estar, a toda costa en el gobierno-. Una cosa es ser conveniente, necesario si se quiere, para colaborar en la formación de un determinado gobierno y otra, muy distinta, es querer ser imprescindible y recordarlo a cada momento; empecinarse, mas bien, en serlo. –Es la tercera vez que Pablo Iglesias impide la formación de un gobierno progresista, llamándose él a sí mismo, progresista-, remata mi vecina.
Y la apoteosis final viene, naturalmente, con el presidente en funciones. -Yo no me he equivocado al votar, Señor Sánchez-, repite Marisol con cara de pocos amigos. -Cada uno vota lo que le da la gana, cada uno vota según su conciencia, y son ustedes, los políticos, los que tienen que gestionar el resultado obtenido. Y en esa obligación entra el ponerse de acuerdo. Y ahí, Señor Presidente en funciones, nos han fallado-. –Si es verdad-, continúa, -que ha forzado usted la situación para llegar a unas nuevas elecciones porque da usted por supuesto que va a sacar mayor ventaja aún, sepa que la apuesta es muy arriesgada y si, por casualidad, no le sale bien, debería usted dimitir en el mismo instante del recuento. Y si no es verdad que haya sido a propósito, habrá que recriminarle el no haber sido capaz de convencer a derecha o a izquierda, que por ambos lados tenía recorrido, de la conveniencia de un gobierno conjunto, en coalición, en cohabitación, o en incesto, como usted quiera, pero gobierno-.
El gasto que supone la nueva convocatoria y, sobre todo, la parálisis en la consecución de los presupuestos, la tardanza en los libramientos de las cantidades que corresponden a las C.C.A.A., el retraso en la puesta en marcha de proyectos, leyes, decretos y demás herramientas necesarias para el funcionamiento de un país, al que se le está aproximando otra recesión económica, es un lujo que no nos podemos permitir. De hecho ya ha habido víctimas. Ha quedado claro que ya hay dos perdedores indudables, Rivera e Iglesias. Es tal la sangría de militantes, gerifaltes y cuadros que se le han marchado a ambos en sus respectivos partidos, que más valdría que fueran ellos mismos los que tomasen ya las de Villadiego, si es que les queda algo de vergüenza.
Llevarnos a unas nuevas elecciones es una manera de decirle al electorado que no ha votado bien, que hay que repetir porque, revisando el V.A.R., han visto que alguien estaba en fuera de juego y el gol no es válido. Pues no, Señor Sánchez, en las urnas no hay nadie en fuera de juego; como mucho los que las usan, aún no creyendo en ellas, para disimular y hacer creer que son tan demócratas como el que más. Las urnas son sagradas y si ustedes, TODOS, nos obligan a utilizarlas de nuevo el 10 de Noviembre, lo haremos, volveremos, pero no esperen resultados muy distintos a los actuales, salvo alguna sorpresa en sentido contrario de lo esperado y el consiguiente tirón de pelos. El hartazgo con su nefasta labor no tiene que ser ni justificación, ni excusa, ni motivo para no ejercitar nuestro derecho a votar y demostrarle a ustedes que nosotros, los votantes, no nos equivocamos.
-¿Qué debemos hacer entonces, qué solución puede tener una situación como la presente si los que tienen que entenderse son los mismos y siguen ahí?-, le pregunto a mi vecina.
–Meter a todos los líderes en una patera, ponerlos a remar y que no paren de hacerlo hasta que lleguen al Cabo de Hornos. Son ellos los que nos han fallado y, si no son capaces de ponerse de acuerdo, deben dejar paso a otros que estén más abiertos al entendimiento-, me contestó sin vacilar ni un instante.
Y, a continuación, se marchó por donde había venido.
La pena es que esa solución es la que no está, aún, en nuestras manos.

















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