NOCTURNOS
Reflexiones metafísicas sobre el amor
Eugenio-Jesús de Ávila
Yo no sé cómo amo: si bien, si regular, o quizá ni tan si quiera amo. Nunca lo he preguntado. ¡Para qué! Si una mujer me llama para pasear conmigo, hablar, tomar algo, ir al cine o al teatro, supongo que sentirá algo por este menda. Pudiera ser que solo amistad. Ahora bien, tanta insistencia me mosquea. Podría decirle recitarle aquel poema sacro de Lope de Vega: “¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?”
Porque una dama –ruego no se me califique de machista- siempre sabe lo que quiere. El hombre, en principio, solo desea una cosa de una señorita: su cuerpo. Sí, el varón del homo sapiens sapiens es tal cual: primario, hedonista y vanidoso, amén de otras virtudes defectuosas que nos adornan. Se nos ve venir. Se nos oye llegar. Se sabe siempre adónde vamos y a qué. A veces, los hombres nos enamoramos. Quizá creemos que amamos, cuando solo deseamos o buscamos amarnos en otro cuerpo, casi siempre femenino y hermoso.
Yo, cuando estoy solo, y la tierna madrugada me invita a reflexionar, pienso que amo a una mujer. Después, cuando me confirmo a mí mismo ese sentimiento, me como el coco para conocer sí ella me ama a mí.
La respuesta nunca la encuentro, porque ya entre las sábanas y la almohada me han seducido para invitarme a una orgía de sueño, que suele durar hasta el alba, cuando la alondra canta en el campo.
He llegado a una conclusión: solo, en todo caso, se ama cuando la inteligencia derrota a la pasión; cuando el sexo se convierte en el punto final de una hermosa oración de sintaxis perfecta.
Antes, en los años de la lujuria, cuando el joven empieza a fabricar esperma, no se quiere a nadie, porque se desea a todas. Coincide que, a veces, sales con una chica, después con otra y, finalmente, si se tercia, o te equivocas de dirección, contraes matrimonio.
La gente piensa, cuando te casas, que adoras a tu esposa. No. No tienes ni puta idea de lo qué quieres, ni a quién quieres. Solo eres una máquina sexual. La naturaleza. Hay que perpetuar la especie. Si el hombre no gozase en la cópula, el género humano ya se habría extinguido sobre la faz de la Tierra. La mujer me resulta tan superior que, incluso, afectada de anorgasmia, yacería con un hombre para crear vida con dolor.
La fémina sí sabe querer, porque siempre, desde niña, eligió, aun a sabiendas de perder, lo que su cerebro, muy racional, ordenó. La mujer no es romántica. El hombre podría serlo, siempre que su capacidad intelectual roce la estolidez.
Yo soy un hombre muy femenino que, desde jovencito, buscó el amor de su vida, cual Romeo sin Julieta. Y no me conformé con querer por querer, por inercia, porque la sociedad lo demanda. O amaba hasta el masoquismo, hasta dolerme los huesos del alma, o me dedicaba a gozar, para darle a mi cuerpo lo que la naturaleza le exigía, como ser efímero, finito y ridículo.
Y poco más que contar por hoy. Sí, creo que amo a una mujer. Mañana pudiera ser que me contradijese y no estuviera de acuerdo con esta conclusión nocturna. Soy el que soy. No me sé. Pero la quiero.
Yo no sé cómo amo: si bien, si regular, o quizá ni tan si quiera amo. Nunca lo he preguntado. ¡Para qué! Si una mujer me llama para pasear conmigo, hablar, tomar algo, ir al cine o al teatro, supongo que sentirá algo por este menda. Pudiera ser que solo amistad. Ahora bien, tanta insistencia me mosquea. Podría decirle recitarle aquel poema sacro de Lope de Vega: “¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?”
Porque una dama –ruego no se me califique de machista- siempre sabe lo que quiere. El hombre, en principio, solo desea una cosa de una señorita: su cuerpo. Sí, el varón del homo sapiens sapiens es tal cual: primario, hedonista y vanidoso, amén de otras virtudes defectuosas que nos adornan. Se nos ve venir. Se nos oye llegar. Se sabe siempre adónde vamos y a qué. A veces, los hombres nos enamoramos. Quizá creemos que amamos, cuando solo deseamos o buscamos amarnos en otro cuerpo, casi siempre femenino y hermoso.
Yo, cuando estoy solo, y la tierna madrugada me invita a reflexionar, pienso que amo a una mujer. Después, cuando me confirmo a mí mismo ese sentimiento, me como el coco para conocer sí ella me ama a mí.
La respuesta nunca la encuentro, porque ya entre las sábanas y la almohada me han seducido para invitarme a una orgía de sueño, que suele durar hasta el alba, cuando la alondra canta en el campo.
He llegado a una conclusión: solo, en todo caso, se ama cuando la inteligencia derrota a la pasión; cuando el sexo se convierte en el punto final de una hermosa oración de sintaxis perfecta.
Antes, en los años de la lujuria, cuando el joven empieza a fabricar esperma, no se quiere a nadie, porque se desea a todas. Coincide que, a veces, sales con una chica, después con otra y, finalmente, si se tercia, o te equivocas de dirección, contraes matrimonio.
La gente piensa, cuando te casas, que adoras a tu esposa. No. No tienes ni puta idea de lo qué quieres, ni a quién quieres. Solo eres una máquina sexual. La naturaleza. Hay que perpetuar la especie. Si el hombre no gozase en la cópula, el género humano ya se habría extinguido sobre la faz de la Tierra. La mujer me resulta tan superior que, incluso, afectada de anorgasmia, yacería con un hombre para crear vida con dolor.
La fémina sí sabe querer, porque siempre, desde niña, eligió, aun a sabiendas de perder, lo que su cerebro, muy racional, ordenó. La mujer no es romántica. El hombre podría serlo, siempre que su capacidad intelectual roce la estolidez.
Yo soy un hombre muy femenino que, desde jovencito, buscó el amor de su vida, cual Romeo sin Julieta. Y no me conformé con querer por querer, por inercia, porque la sociedad lo demanda. O amaba hasta el masoquismo, hasta dolerme los huesos del alma, o me dedicaba a gozar, para darle a mi cuerpo lo que la naturaleza le exigía, como ser efímero, finito y ridículo.
Y poco más que contar por hoy. Sí, creo que amo a una mujer. Mañana pudiera ser que me contradijese y no estuviera de acuerdo con esta conclusión nocturna. Soy el que soy. No me sé. Pero la quiero.



















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