OPINIÓN
Calentamientos
Su piel sudaba y el sol todavía los campos tostaba. Algunos muchachos en la charca se bañaban y el verano, lánguido, continuaba. Había que seguir regando las plantas, los árboles jóvenes con sus raíces pequeñas podían secarse. Pero estaban en otoño, según los calendarios proclamaban. Los cielos despejados, sin embargo, emitían su venganza.
Avanza octubre y seguimos en verano, los campos continúan agostados. Nos hemos pasado, decían los estudiosos climatológicos: la contaminación de cientos de miles de ciudades y carreteras, de incendios en bosques y selvas, está destruyendo la capa de ozono que nos protege: el clima cambia. Los jóvenes europeos protestan, saben que su futuro será extremoso y sufrirá los cambios, abrasado e inundado de tormentas violentas. Movimientos masivos de población en las zonas más áridas buscarán cruzar los mares para hallar el agua que a vida sabe, más inmigrantes, más problemas en muchas sociedades.
En España, el verano ya es cinco semanas más largo que hace cuarenta años, y este año parece que el otoño desaparece y sin lluvias no hay verde ni alimentos. La ola mundial de calor en 2003 produjo setenta mil muertos, según los estudios nos ofrecen. No olvidemos las noches en que dormir es imposible por abrasamiento incluso bajo la luz de las estrellas, la sombra que ofrece la noche ya no es tan poderosa en nuestros veranos tórridos. ¡Y los campos desertizados!
La inmensa mayoría de la población, si no toda, rechaza la contaminación en las ciudades o el excesivo calor, pero la consecuencia de nuestros combustibles quemados radicaliza nuestro clima. Así nos lo predican con insistencia los científicos y de ellos más me fío que de los políticos. Pero siguen sin cambiar, pese a la presión popular. Resulta significativo que Alemania haya elaborado un audaz plan para cambiar la economía con energías limpias y renovables.
No nos costaría apenas vivir de eólica energía o solar, pero hay empresas y financieros contubernios que no quieren que nos independicemos de ellos. La energía eléctrica en España nos cuesta una fortuna, un infierno en muchos hogares aplastados por la sequía de hogareñas divisas. Llama la atención que el gobierno, aunque se denomine socialista, no transforme radicalmente la política sobre las energías y sigamos dependiendo de extranjeros petróleos, multinacionales compañías y nucleares o centrales térmicas que nos imponen sus criterios. Claro es que no quieren que seamos energéticamente independientes, que un edificio con tejado solar pueda casi liberarse de la red de suministro o que pueda vender el excedente de su energía, reduciendo el consumo de carbón o de plutonio. Las ciudades más desarrolladas cada vez muestran con más orgullo sus avances en vehículos eléctricos o que con poco consumo apenas manchan nuestros pulmones. El clima se recalienta, nos dicen los científicos, mientras la economía se enfría en todo el planeta, situación llamativa.
Su piel sudaba y el sol todavía los campos tostaba. Algunos muchachos en la charca se bañaban y el verano, lánguido, continuaba. Había que seguir regando las plantas, los árboles jóvenes con sus raíces pequeñas podían secarse. Pero estaban en otoño, según los calendarios proclamaban. Los cielos despejados, sin embargo, emitían su venganza.
Avanza octubre y seguimos en verano, los campos continúan agostados. Nos hemos pasado, decían los estudiosos climatológicos: la contaminación de cientos de miles de ciudades y carreteras, de incendios en bosques y selvas, está destruyendo la capa de ozono que nos protege: el clima cambia. Los jóvenes europeos protestan, saben que su futuro será extremoso y sufrirá los cambios, abrasado e inundado de tormentas violentas. Movimientos masivos de población en las zonas más áridas buscarán cruzar los mares para hallar el agua que a vida sabe, más inmigrantes, más problemas en muchas sociedades.
En España, el verano ya es cinco semanas más largo que hace cuarenta años, y este año parece que el otoño desaparece y sin lluvias no hay verde ni alimentos. La ola mundial de calor en 2003 produjo setenta mil muertos, según los estudios nos ofrecen. No olvidemos las noches en que dormir es imposible por abrasamiento incluso bajo la luz de las estrellas, la sombra que ofrece la noche ya no es tan poderosa en nuestros veranos tórridos. ¡Y los campos desertizados!
La inmensa mayoría de la población, si no toda, rechaza la contaminación en las ciudades o el excesivo calor, pero la consecuencia de nuestros combustibles quemados radicaliza nuestro clima. Así nos lo predican con insistencia los científicos y de ellos más me fío que de los políticos. Pero siguen sin cambiar, pese a la presión popular. Resulta significativo que Alemania haya elaborado un audaz plan para cambiar la economía con energías limpias y renovables.
No nos costaría apenas vivir de eólica energía o solar, pero hay empresas y financieros contubernios que no quieren que nos independicemos de ellos. La energía eléctrica en España nos cuesta una fortuna, un infierno en muchos hogares aplastados por la sequía de hogareñas divisas. Llama la atención que el gobierno, aunque se denomine socialista, no transforme radicalmente la política sobre las energías y sigamos dependiendo de extranjeros petróleos, multinacionales compañías y nucleares o centrales térmicas que nos imponen sus criterios. Claro es que no quieren que seamos energéticamente independientes, que un edificio con tejado solar pueda casi liberarse de la red de suministro o que pueda vender el excedente de su energía, reduciendo el consumo de carbón o de plutonio. Las ciudades más desarrolladas cada vez muestran con más orgullo sus avances en vehículos eléctricos o que con poco consumo apenas manchan nuestros pulmones. El clima se recalienta, nos dicen los científicos, mientras la economía se enfría en todo el planeta, situación llamativa.


















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