ME QUEDA LA PALABRA
Nos odian
Eugenio-Jesús de Ávila
Zamora, humillada, olvidada, despoblada y empobrecida, siempre se sintió española. Los pobres suelen ser gente fidelísima. Cataluña, la enriquecida, la que se sumó a un golpe de Estado el 6 de octubre de 1934, para después sus cabecillas, Dencàs y los hermanos Badía, huir por las alcantarillas y acabar en la Italia fascista, donde fueron muy bien recibidos, renuncia a ser España, no quiere serlo, aunque lo sea. Cataluña, la región española más favorecida antes de la República, durante y en el franquismo y, por supuesto, en la Transición, odia a España. Los ricos son muy egoístas. Marx acuñó aquello de que todo pequeño burgués se comporta de esa manera tan poco ejemplar.
Felipe González y el PSOE, 140 años de historia, que desconocen sus propios militantes, 40 sin saber nada sobre su lucha contra el franquismo, salvo contadas excepciones, permitieron que el cerebro de la secesión, Jordi Pujol, saliera limpio del caso de corrupción que significó Banca Catalana. Después, Aznar también le rindió pleitesía, tanto como para hablar el idioma de Salvador Espriu en la intimidad. Zapatero colocó al secesionismo en la cabecera de su cama, mientras Rajoy y la vicepresidenta del bolso, doña Soraya, se convirtieron en un par de “pamplinas” ante el golpe de Estado de Puigdemont, al que permitieron largarse de España para impedir encarcelarlo.
Durante todos los gobiernos socialistas y populares, los profesores catalanes educaron a sus alumnos en el odio a España, asignatura en que todos, como le han demostrado sobradamente, obtuvieron matrícula de honor. El Estado dejó de estar en aquella región del NE de España, la primera que se levantó contra las tropas de Napoleón, en la defensa de su monarca, el golfo de Fernando VII. El odio es violencia. El odio quiere sangre. El odio desea clavar testas españolas en picas, como durante el Terror jacobino. Nos odian a nosotros por ser españoles, por haber nacido en Zamora, Zaragoza, Albacete o Teruel, que no deja de ser un accidente. Nos odian porque han nacido en Vich, Palamós, Reus o Figueras. No son más guapos, ni más inteligentes, ni más buenos. Pero aprendieron a odiarnos, porque somos pobres, y, aun así, afirman que España les roba.
A esos malandrines, cabestros, castrados del talento, badulaques de los CDR y grupos terroristas del anarquismo inútil, del comunismo reaccionario, del nacionalismo como patología, les invito a pasarse unos días de invierno, o también de primavera, para que contemplen con que dificultad surge la hierba y la flor en nuestra tierra, en nuestras hermosas comarcas, ya desiertos demográficos, de Sayago, Aliste, Sanabria, Tierra de Campos, del Vino, La Guareña, los Valles de Benavente, el alfoz de Toro para que comprueben cómo se vive por estos pagos, qué pensiones cobran nuestros jubilados, dónde moran nuestros jóvenes, qué futuro aguarda a nuestro sector primario, cómo merman nuestras ciudades, qué nos devoró el futuro.
Y nos sentimos españoles. La misma patria de Rodrigo de Triana, Cortes, Cervantes, Rojas, Quevedo; de los intelectuales de la Escuela de Salamanca, de Velázquez, de Goya, de Picasso, de Dalí, de Claudio Rodríguez, de García Calvo, de Berlanga y Buñuel, de Antonio Machado y García Lorca, de Unamuno y Ortega…
Y no tenemos mucho. Pero vivimos con muy poco. Y no odiamos a nadie, aunque ya, por mímesis, hemos empezado a odiar a esa canalla que porta “esteladas” y banderas negras de la muerte.
Aquí, las nubes pasan. Cuando les parece, llueven. Otras veces, por noviembre, les da por besar el Duero, la tierra, las calles y las plazas. Hay gente que va a la iglesia, cada vez menos; pero los ateos no nos metemos en cuestiones de fe. Muchos zamoranos viven por y para la Semana Santa. Si son felices así. Nunca intentaré destruir las querencias de mis paisanos por cargar con cristos, vírgenes, romanos y demás personajes o cubrirse con caperuces. Es la fe de mis mayores, de algunos de mis mejores amigos. Soy muy raro.
Sé que tampoco se puede destacar en Zamora, que si eres más inteligente, culto, elegante que el vulgo, te castigarán con los flagelos de la envidia. Que es mejor pasar desapercibido, sin dar motivo para el rencor. El resentimiento nace siempre en el alma del mezquino, del que no tolera el triunfo, el éxito, la gloria del semejante. Admito que en nuestra tierra se goza más con el fracaso del prójimo que con la victoria propia.
Pero los zamoranos no odiamos a otros españoles porque no hayan nacido aquí. A veces, incluso los envidiamos de una forma sana. No somos muchos, pero suficientes para sentirnos a nosotros mismos. Quizá seamos pusilánimes. Se lo debemos a nuestra apatía antropológica, producto de una larga historia de fracasos, golpes, actitudes y una moral arcaica. Aquí se teme más a los poderosos que a Dios. Se le piden más favores y enchufes al cacique que a la Virgen y a los santos.
En Zamora, no se odia; solo se envidia. En Cataluña, la mitad de su población, los más jóvenes, educados en el proselitismo pancatalinista, de la secesión, solo saben odiarnos. Dicen que nosotros, los zamoranos, que somos españoles, les robamos. ¡Collons!
Zamora, humillada, olvidada, despoblada y empobrecida, siempre se sintió española. Los pobres suelen ser gente fidelísima. Cataluña, la enriquecida, la que se sumó a un golpe de Estado el 6 de octubre de 1934, para después sus cabecillas, Dencàs y los hermanos Badía, huir por las alcantarillas y acabar en la Italia fascista, donde fueron muy bien recibidos, renuncia a ser España, no quiere serlo, aunque lo sea. Cataluña, la región española más favorecida antes de la República, durante y en el franquismo y, por supuesto, en la Transición, odia a España. Los ricos son muy egoístas. Marx acuñó aquello de que todo pequeño burgués se comporta de esa manera tan poco ejemplar.
Felipe González y el PSOE, 140 años de historia, que desconocen sus propios militantes, 40 sin saber nada sobre su lucha contra el franquismo, salvo contadas excepciones, permitieron que el cerebro de la secesión, Jordi Pujol, saliera limpio del caso de corrupción que significó Banca Catalana. Después, Aznar también le rindió pleitesía, tanto como para hablar el idioma de Salvador Espriu en la intimidad. Zapatero colocó al secesionismo en la cabecera de su cama, mientras Rajoy y la vicepresidenta del bolso, doña Soraya, se convirtieron en un par de “pamplinas” ante el golpe de Estado de Puigdemont, al que permitieron largarse de España para impedir encarcelarlo.
Durante todos los gobiernos socialistas y populares, los profesores catalanes educaron a sus alumnos en el odio a España, asignatura en que todos, como le han demostrado sobradamente, obtuvieron matrícula de honor. El Estado dejó de estar en aquella región del NE de España, la primera que se levantó contra las tropas de Napoleón, en la defensa de su monarca, el golfo de Fernando VII. El odio es violencia. El odio quiere sangre. El odio desea clavar testas españolas en picas, como durante el Terror jacobino. Nos odian a nosotros por ser españoles, por haber nacido en Zamora, Zaragoza, Albacete o Teruel, que no deja de ser un accidente. Nos odian porque han nacido en Vich, Palamós, Reus o Figueras. No son más guapos, ni más inteligentes, ni más buenos. Pero aprendieron a odiarnos, porque somos pobres, y, aun así, afirman que España les roba.
A esos malandrines, cabestros, castrados del talento, badulaques de los CDR y grupos terroristas del anarquismo inútil, del comunismo reaccionario, del nacionalismo como patología, les invito a pasarse unos días de invierno, o también de primavera, para que contemplen con que dificultad surge la hierba y la flor en nuestra tierra, en nuestras hermosas comarcas, ya desiertos demográficos, de Sayago, Aliste, Sanabria, Tierra de Campos, del Vino, La Guareña, los Valles de Benavente, el alfoz de Toro para que comprueben cómo se vive por estos pagos, qué pensiones cobran nuestros jubilados, dónde moran nuestros jóvenes, qué futuro aguarda a nuestro sector primario, cómo merman nuestras ciudades, qué nos devoró el futuro.
Y nos sentimos españoles. La misma patria de Rodrigo de Triana, Cortes, Cervantes, Rojas, Quevedo; de los intelectuales de la Escuela de Salamanca, de Velázquez, de Goya, de Picasso, de Dalí, de Claudio Rodríguez, de García Calvo, de Berlanga y Buñuel, de Antonio Machado y García Lorca, de Unamuno y Ortega…
Y no tenemos mucho. Pero vivimos con muy poco. Y no odiamos a nadie, aunque ya, por mímesis, hemos empezado a odiar a esa canalla que porta “esteladas” y banderas negras de la muerte.
Aquí, las nubes pasan. Cuando les parece, llueven. Otras veces, por noviembre, les da por besar el Duero, la tierra, las calles y las plazas. Hay gente que va a la iglesia, cada vez menos; pero los ateos no nos metemos en cuestiones de fe. Muchos zamoranos viven por y para la Semana Santa. Si son felices así. Nunca intentaré destruir las querencias de mis paisanos por cargar con cristos, vírgenes, romanos y demás personajes o cubrirse con caperuces. Es la fe de mis mayores, de algunos de mis mejores amigos. Soy muy raro.
Sé que tampoco se puede destacar en Zamora, que si eres más inteligente, culto, elegante que el vulgo, te castigarán con los flagelos de la envidia. Que es mejor pasar desapercibido, sin dar motivo para el rencor. El resentimiento nace siempre en el alma del mezquino, del que no tolera el triunfo, el éxito, la gloria del semejante. Admito que en nuestra tierra se goza más con el fracaso del prójimo que con la victoria propia.
Pero los zamoranos no odiamos a otros españoles porque no hayan nacido aquí. A veces, incluso los envidiamos de una forma sana. No somos muchos, pero suficientes para sentirnos a nosotros mismos. Quizá seamos pusilánimes. Se lo debemos a nuestra apatía antropológica, producto de una larga historia de fracasos, golpes, actitudes y una moral arcaica. Aquí se teme más a los poderosos que a Dios. Se le piden más favores y enchufes al cacique que a la Virgen y a los santos.
En Zamora, no se odia; solo se envidia. En Cataluña, la mitad de su población, los más jóvenes, educados en el proselitismo pancatalinista, de la secesión, solo saben odiarnos. Dicen que nosotros, los zamoranos, que somos españoles, les robamos. ¡Collons!



















Tony Santos | Sábado, 19 de Octubre de 2019 a las 15:56:26 horas
El texto sería más interesante de no ser por esas afirmaciones categóricas que destilan lo evidente: las ausencias de crítica hacia la caralanofobia sociológica de gran parte de la ciudadanía de la región leonesa. Ese truco de hacer sentir a los zamoranos como víctimas del "odio al español" por parte del sistema educativo catalán me recuerda a George Bush en la zona cero de Nueva York diciendo a sus ciudadanos con cinismo infinito: "por qué nos odian tanto??"
Ya...
Hace escasos diez años, partidos políticos como el PP y algunos medios como El Mundo o Antena Tres ofrecían una imagen de Cataluña que parecía balcanizada. Hace 10 años se podría haber hecho una consulta democrática por ser una demanda social de la ciudadanía catalana. El argumento de su ilegalidad es obsceno cuando observamos que se ha transformado en legal la ley mordaza, la reforma laboral o el cambio de la Constitución española para que sea más importante pagar a banqueros que financiar a los españoles sin que ningún ciudadano de a pie lo haya demandado.
La sociedad catalana reclama este gesto política por necesario. Parece que la ceguera es proporcional a los intereses de ciertos partidos políticos que ya se sabe, trabajaban como máquinas de robar nuestro dinero público.
Si hace 10 años se hubiera hecho la consulta con garantías legales se hubiera demostrado varias cosas:
- que los secesionistas eran cuatro, bastantes menos que la proporción de Quebec o Escocia,
- que España demostraría que es un estado lo suficientemente maduro como para resolver democráticamente un problema político,
- que al hacer esto con este gesto fideliza la lealtad de más catalanes y rompe los lazos definitivamente con el periodo oscuro de los vicios del integrismo católico del régimen militar anterior...
- y sobretodo, se hubiera demostrado que no había tal enemigo "rompespaña" odiador de "todolosespañoles" del cual se nutren políticos, empresarios de la comunicación y columnistas como tú.
Vivís mejor omitiendo la solución democrática y participando del fomento del odio, haciendo creer que los catalanes "odian a los zamoranos" y entonces son "una panda de cabrones adoctrinados" de los cuales, claro, por lógica reduccionista, sólo nos queda defendernos...
Pujol y Aznar se están descojonando de catalanes y del resto de España. Así nos va.
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