LITERATURA
La palabra dada
Emilia Casas Fernández
En estos tiempos en que la palabra se devalúa de un discurso a otro, quizá sea oportuno reflexionar sobre ella. Muchos sostienen que descubrir el fuego fue la circunstancia que nos sacó de las cavernas. Sin desmerecer el gesto de Prometeo, creo que el mérito es de la palabra. Con ella el hombre transmitió el conocimiento para encenderlo y mantenerlo. De lo contrario cada día hubiésemos tenido que esperar la visita de Prometeo o la reiteración del suceso fortuito que lo encendiera otra vez.
En un mundo que se enfrenta a preguntas profundas, que demandan reflexión, coherencia y seriedad, la voz de la inteligencia no encuentra un espacio con oxígeno suficiente para abrirse camino. Qué tiempos aquellos en los que los negocios se cerraban con un apretón de manos, las promesas se cumplían y coincidían pensamientos, palabras y obras. Está claro que la virtud de la coherencia no pasa por su mejor momento. Encontrar personas que piensen, digan y hagan lo mismo es más difícil que ver llover hacia arriba. La percepción del mundo se acomoda a lo que interesa en cada momento, con lo que uno tiene la sensación de vivir simultáneamente en universos paralelos. Si las palabras pierden su valor, su significado, surge la falta de coherencia que implica falta de credibilidad y pérdida de confianza.
Considero que respetar la palabra dada es respetarnos a nosotros mismos, es revelar nuestro grado de integridad y seriedad y, más aún, es demostrar al prójimo que nos importa. Pero, por encima de todo, es el único patrimonio moral que nos queda cuando ya no nos queda nada... lo realmente importante no es lo que se promete, sino lo que se cumple.
En estos tiempos en que la palabra se devalúa de un discurso a otro, quizá sea oportuno reflexionar sobre ella. Muchos sostienen que descubrir el fuego fue la circunstancia que nos sacó de las cavernas. Sin desmerecer el gesto de Prometeo, creo que el mérito es de la palabra. Con ella el hombre transmitió el conocimiento para encenderlo y mantenerlo. De lo contrario cada día hubiésemos tenido que esperar la visita de Prometeo o la reiteración del suceso fortuito que lo encendiera otra vez.
En un mundo que se enfrenta a preguntas profundas, que demandan reflexión, coherencia y seriedad, la voz de la inteligencia no encuentra un espacio con oxígeno suficiente para abrirse camino. Qué tiempos aquellos en los que los negocios se cerraban con un apretón de manos, las promesas se cumplían y coincidían pensamientos, palabras y obras. Está claro que la virtud de la coherencia no pasa por su mejor momento. Encontrar personas que piensen, digan y hagan lo mismo es más difícil que ver llover hacia arriba. La percepción del mundo se acomoda a lo que interesa en cada momento, con lo que uno tiene la sensación de vivir simultáneamente en universos paralelos. Si las palabras pierden su valor, su significado, surge la falta de coherencia que implica falta de credibilidad y pérdida de confianza.
Considero que respetar la palabra dada es respetarnos a nosotros mismos, es revelar nuestro grado de integridad y seriedad y, más aún, es demostrar al prójimo que nos importa. Pero, por encima de todo, es el único patrimonio moral que nos queda cuando ya no nos queda nada... lo realmente importante no es lo que se promete, sino lo que se cumple.

















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