OPINIÓN
Flores eternas
Se acercó a dejar frescos ramos floridos sobre las lápidas donde había depositado los cuerpos de los suyos. Emociones, su historia, ahí, pasto de gusanos, cenizas o putrefacción: dolor mortal. En misa habían leído un sugestivo texto. Oraba por sus seres queridos, conectando de nuevo con ellos... "Dice Qohelet: vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol? Una generación se va, otra generación viene, mientras la tierra siempre está quieta. Sale el sol, se pone el sol, jadea por llegar a su puesto y de allí vuelve a salir. (...) Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. (...) Nadie se acuerda de los antiguos y lo mismo pasará con los que vengan: no se acordarán de ellos sus sucesores."
Sí, recordaba a sus padres, a los abuelos, sepultados ahí, pero más allá de los bisabuelos todo se tornaba neblinoso. Al escuchar las noticias sobre las luchas políticas sentía lo que Antonio Colinas sobre Jorge Manrique antes de su última batalla escribía, interrogando a la madrugada: "¡Tanto luchar por todo y para nada!/ ¿También mi batallar equivocado?” ¿Pero, quedarse con los brazos cruzados? No podemos dejar de actuar y aunque erramos en nuestras batallas, debemos seguir buscando bondad y luz... La cercanía del fin, pensada o real, ayuda a ver la esencia.
Decía San Antonio de Padua: “Quien se humilla en el pensamiento de la muerte, pone en orden toda su vida, y está atento a todo lo que le rodea. Sacude de sí la ociosidad, se da ánimo en los trabajos y confía en la misericordia del Señor, y dirige el curso de la existencia hacia el puerto de la eternidad.” Dejamos un reguero de maravillas, aunque el mundo nos confunda. San Bernardo advierte: “La muerte os espera en todas partes; pero si sois prudentes, en todas partes la esperáis vosotros”. ¿Se trata acaso de prepararse a vivir como si hoy tuviéramos que morir? Llenar nuestros instantes de eternidad. Rabrindanath Tagore escribía: "¿Qué ofrecerás a la muerte el día que llame a tu puerta? -Le tenderé el cáliz de mi vida, lleno del dulce mosto de mis días de otoño y de mis noches de verano. (...) Ahora quiero morir en lo Inmortal. Llevaré el arpa de mi vida al tribunal que está junto al abismo sin fin de donde asciende la música que nunca fue tocada. Y enlazaré mis notas a la música eterna, y cuando haya cantado su último sollozo, pondré mi arpa muda a los pies del silencio..." Las flores que dejaba en el cementerio se marchitarían, pero no las que en esa otra dimensión había depositado con ellas. Besos impregnados con el aroma del amor, ese amar que no era sino un destello de la eternidad.
Se acercó a dejar frescos ramos floridos sobre las lápidas donde había depositado los cuerpos de los suyos. Emociones, su historia, ahí, pasto de gusanos, cenizas o putrefacción: dolor mortal. En misa habían leído un sugestivo texto. Oraba por sus seres queridos, conectando de nuevo con ellos... "Dice Qohelet: vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol? Una generación se va, otra generación viene, mientras la tierra siempre está quieta. Sale el sol, se pone el sol, jadea por llegar a su puesto y de allí vuelve a salir. (...) Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. (...) Nadie se acuerda de los antiguos y lo mismo pasará con los que vengan: no se acordarán de ellos sus sucesores."
Sí, recordaba a sus padres, a los abuelos, sepultados ahí, pero más allá de los bisabuelos todo se tornaba neblinoso. Al escuchar las noticias sobre las luchas políticas sentía lo que Antonio Colinas sobre Jorge Manrique antes de su última batalla escribía, interrogando a la madrugada: "¡Tanto luchar por todo y para nada!/ ¿También mi batallar equivocado?” ¿Pero, quedarse con los brazos cruzados? No podemos dejar de actuar y aunque erramos en nuestras batallas, debemos seguir buscando bondad y luz... La cercanía del fin, pensada o real, ayuda a ver la esencia.
Decía San Antonio de Padua: “Quien se humilla en el pensamiento de la muerte, pone en orden toda su vida, y está atento a todo lo que le rodea. Sacude de sí la ociosidad, se da ánimo en los trabajos y confía en la misericordia del Señor, y dirige el curso de la existencia hacia el puerto de la eternidad.” Dejamos un reguero de maravillas, aunque el mundo nos confunda. San Bernardo advierte: “La muerte os espera en todas partes; pero si sois prudentes, en todas partes la esperáis vosotros”. ¿Se trata acaso de prepararse a vivir como si hoy tuviéramos que morir? Llenar nuestros instantes de eternidad. Rabrindanath Tagore escribía: "¿Qué ofrecerás a la muerte el día que llame a tu puerta? -Le tenderé el cáliz de mi vida, lleno del dulce mosto de mis días de otoño y de mis noches de verano. (...) Ahora quiero morir en lo Inmortal. Llevaré el arpa de mi vida al tribunal que está junto al abismo sin fin de donde asciende la música que nunca fue tocada. Y enlazaré mis notas a la música eterna, y cuando haya cantado su último sollozo, pondré mi arpa muda a los pies del silencio..." Las flores que dejaba en el cementerio se marchitarían, pero no las que en esa otra dimensión había depositado con ellas. Besos impregnados con el aroma del amor, ese amar que no era sino un destello de la eternidad.















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