ESPAÑA
El pacto Sánchez-Iglesias: ¿Hacia una revolución marxista pacífica?
Podremos vivir otro Frente Popular, pero sin la tutela de Stalin y con características burguesas, un momento apasionante de la Historia de España.
Mi ilusión secreta, desde que estudié la asignatura del Frente Popular, con especial dedicación al POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), tildado de trotskista -su líder, Andreu Nin, fue despellejado en una checa del PCE, en Madrid- fue vivir otro proceso revolucionario como el que se inauguró entre el 16 y el 23 de febrero de 1936, fecha en la que se inició un triple revolución: la que lideraba el PSOE de Largo Caballero y Prieto, que se odiaban, por cierto; la del PCE, dirigido por Stalin, y la de CNT-FAI. Y hoy, 12 de noviembre de 2019, podría vivir la génesis de otro Frente Popular, ocho décadas después, que fue, en su momento, una idea de Dimítrov, búlgaro, secretario general de la Comintern, aprobada por Stalin, con el fin de atraerse a los partidos de izquierdas republicanas, la pequeña burguesía, ante el temor a Hitler, con el objetivo de lograr la hegemonía comunista, como así fue a lo largo de la contienda civil. Después, Molotov y Ribbentrop firmarían el célebre pacto germano-soviético, por el que se repartían Polonia, como correspondía a dos totalitarios de postín.
No creo que Sánchez e Iglesias sean ni Largo Caballero ni, pongamos, José Díaz, un anarquista que acabó siendo secretario general del PCE. No necesitan una guerra civil para poner en práctica sus tesis sobre la sociedad perfecta. El neomarxista, un ingeniero social, lo va a intentar. ¿Cómo? Empezará por aumentar los impuestos a los grandes grupos empresariales, por supuesto a la Banca. Después, subirá el salario base, efectuará una reforma laboral profunda, dura y devastadora para las pymes. Expropiará viviendas vacías, para alojar a los más necesitados, al lumpen. Elaborará una nueva Ley de Educación, por la que los niños españoles, desde parvulitos, asuman que ser de derechas es muy feo, como hurgarse la nariz, y, que la burguesía explota a los trabajadores. Facilitará la independencia de Cataluña y la del País Vasco, aunque el PNV no querrá, ante el temor a que Bildu vaya a otra revolución marxista para construir la Albania del Cantábrico. Suprimirá las festividades religiosas y se buscará el culto a la Diosa Razón, como homenaje a Robespierre, el padre de la izquierda moderna, el creador del Terror jacobino, tan admirado por Lenin y los bolcheviques, todos ellos burgueses, gente bien, aristócratas, excepción hecha de Stalin, hijo de zapatero y ama de casa. Y los jueces conservadores nunca ocuparán plaza en el Tribunal Supremo. Mientras, el CGPJ desaparecerá. El gobierno tutelará los nombramientos en la Justicia.
¿Qué papel jugará Pedro Sánchez en esta revolución marxista silente? El de la imagen. Nada más. Hará de hombre bueno. Sonreirá a las cámaras. Besará a los niños. Viajará mucho al extranjero para vender cómo se ejecuta la revolución marxista desde el poder y en paz, sin asaltar palacios de invierno, ni cerrar parlamentos, ni periódicos, ni radios, ni televisiones burguesas, ni prohibir partidos conservadores, ni nada parecido. Pero, cuando nos queramos dar cuenta, todos los españoles seremos iguales ante la ley, no necesitaremos trabajar tanto como ahora, con 30 horas semanales nos bastará, viernes, sábados y domingos, festivos; y los 48 millones de personas que vivimos en España nos convertiremos en funcionarios. Todos serviremos al Estado. Nada fuera del Estado. Tal y como quería Mussolini y los marxistas también.
He tenido la suerte, ¡Dios mío!, de asistir a un momento histórico. Mi memoria recordará siempre este día 12 de noviembre de 2019, génesis de una revolución pacífica que emancipará al pueblo español del sufrimiento de obedecer a gobiernos de derechas, a políticos conservadores; ya no habrá ni un Aznar, ni un Rajoy, ni un Casado, hombres que solo aspiran a gobernar esta democracia, que no ha sido otra cosa que un franquismo liberaloide, una estafa, una mentira. Poco a poco, además, el movimiento feminista se irá diluyendo, una vez que, desde la escuela, se destruya todo machismo mediante la educación. Los homosexuales tampoco celebrarán más fiestas de orgullo gay, porque nadie se atreverá a ridiculizarlos. No habrá diferencias por razones de sexo, inteligencia, talento, solo el trabajo nos hará libres e iguales. España se pondrá como ejemplo de la democracia popular más avanzada. Hasta los coreanos del norte nos envidiarán.
Además, ya no existe peligro alguno de que unos cuantos militares de ultraderecha se levanten, como Mola y Franco, para acabar con este proceso revolucionario pacífico. Ni tampoco ha sido necesario asesinar a un líder conservador, como sucedió el 13 de julio de 1936, cuando guardaespaldas de Indalecio Prieto lo sacaron, a la fuerza, de su casa, le pegaron un tiro en la cabeza y lo tiraron en la tapia del cementerio.
¡Qué suerte he tenido de nacer en una época en la que sé que “mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre, el español, libre para construir una sociedad mejor”!
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, monta tanto, tanto monta, podrán emular a Allende en Chile. Aquí no hay generales como Pinochet.
España se convertirá en el País de las Maravillas. Momento apasionante para todo historiador, periodista y sociólogo.
Mi ilusión secreta, desde que estudié la asignatura del Frente Popular, con especial dedicación al POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), tildado de trotskista -su líder, Andreu Nin, fue despellejado en una checa del PCE, en Madrid- fue vivir otro proceso revolucionario como el que se inauguró entre el 16 y el 23 de febrero de 1936, fecha en la que se inició un triple revolución: la que lideraba el PSOE de Largo Caballero y Prieto, que se odiaban, por cierto; la del PCE, dirigido por Stalin, y la de CNT-FAI. Y hoy, 12 de noviembre de 2019, podría vivir la génesis de otro Frente Popular, ocho décadas después, que fue, en su momento, una idea de Dimítrov, búlgaro, secretario general de la Comintern, aprobada por Stalin, con el fin de atraerse a los partidos de izquierdas republicanas, la pequeña burguesía, ante el temor a Hitler, con el objetivo de lograr la hegemonía comunista, como así fue a lo largo de la contienda civil. Después, Molotov y Ribbentrop firmarían el célebre pacto germano-soviético, por el que se repartían Polonia, como correspondía a dos totalitarios de postín.
No creo que Sánchez e Iglesias sean ni Largo Caballero ni, pongamos, José Díaz, un anarquista que acabó siendo secretario general del PCE. No necesitan una guerra civil para poner en práctica sus tesis sobre la sociedad perfecta. El neomarxista, un ingeniero social, lo va a intentar. ¿Cómo? Empezará por aumentar los impuestos a los grandes grupos empresariales, por supuesto a la Banca. Después, subirá el salario base, efectuará una reforma laboral profunda, dura y devastadora para las pymes. Expropiará viviendas vacías, para alojar a los más necesitados, al lumpen. Elaborará una nueva Ley de Educación, por la que los niños españoles, desde parvulitos, asuman que ser de derechas es muy feo, como hurgarse la nariz, y, que la burguesía explota a los trabajadores. Facilitará la independencia de Cataluña y la del País Vasco, aunque el PNV no querrá, ante el temor a que Bildu vaya a otra revolución marxista para construir la Albania del Cantábrico. Suprimirá las festividades religiosas y se buscará el culto a la Diosa Razón, como homenaje a Robespierre, el padre de la izquierda moderna, el creador del Terror jacobino, tan admirado por Lenin y los bolcheviques, todos ellos burgueses, gente bien, aristócratas, excepción hecha de Stalin, hijo de zapatero y ama de casa. Y los jueces conservadores nunca ocuparán plaza en el Tribunal Supremo. Mientras, el CGPJ desaparecerá. El gobierno tutelará los nombramientos en la Justicia.
¿Qué papel jugará Pedro Sánchez en esta revolución marxista silente? El de la imagen. Nada más. Hará de hombre bueno. Sonreirá a las cámaras. Besará a los niños. Viajará mucho al extranjero para vender cómo se ejecuta la revolución marxista desde el poder y en paz, sin asaltar palacios de invierno, ni cerrar parlamentos, ni periódicos, ni radios, ni televisiones burguesas, ni prohibir partidos conservadores, ni nada parecido. Pero, cuando nos queramos dar cuenta, todos los españoles seremos iguales ante la ley, no necesitaremos trabajar tanto como ahora, con 30 horas semanales nos bastará, viernes, sábados y domingos, festivos; y los 48 millones de personas que vivimos en España nos convertiremos en funcionarios. Todos serviremos al Estado. Nada fuera del Estado. Tal y como quería Mussolini y los marxistas también.
He tenido la suerte, ¡Dios mío!, de asistir a un momento histórico. Mi memoria recordará siempre este día 12 de noviembre de 2019, génesis de una revolución pacífica que emancipará al pueblo español del sufrimiento de obedecer a gobiernos de derechas, a políticos conservadores; ya no habrá ni un Aznar, ni un Rajoy, ni un Casado, hombres que solo aspiran a gobernar esta democracia, que no ha sido otra cosa que un franquismo liberaloide, una estafa, una mentira. Poco a poco, además, el movimiento feminista se irá diluyendo, una vez que, desde la escuela, se destruya todo machismo mediante la educación. Los homosexuales tampoco celebrarán más fiestas de orgullo gay, porque nadie se atreverá a ridiculizarlos. No habrá diferencias por razones de sexo, inteligencia, talento, solo el trabajo nos hará libres e iguales. España se pondrá como ejemplo de la democracia popular más avanzada. Hasta los coreanos del norte nos envidiarán.
Además, ya no existe peligro alguno de que unos cuantos militares de ultraderecha se levanten, como Mola y Franco, para acabar con este proceso revolucionario pacífico. Ni tampoco ha sido necesario asesinar a un líder conservador, como sucedió el 13 de julio de 1936, cuando guardaespaldas de Indalecio Prieto lo sacaron, a la fuerza, de su casa, le pegaron un tiro en la cabeza y lo tiraron en la tapia del cementerio.
¡Qué suerte he tenido de nacer en una época en la que sé que “mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre, el español, libre para construir una sociedad mejor”!
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, monta tanto, tanto monta, podrán emular a Allende en Chile. Aquí no hay generales como Pinochet.
España se convertirá en el País de las Maravillas. Momento apasionante para todo historiador, periodista y sociólogo.
















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