ZAMORANA
Mi faro, mi guía: mi padre
Me duele ver tus ojos hundidos y empequeñecidos, me apena ver como tu cabellera disminuye y se convierte en una fina capa de pelo perfectamente rasurado que deja algunas calvas canas. Me conmueve cuando caminas a mi lado y me aferro a tu brazo sujetándote debido a tu andar lento e inestable porque, pese a que en tu mente te sientes fuerte, sin embargo el cuerpo no te responde. Me apena que no recuerdes cosas, que se te hayan olvidado fechas, acontecimientos, incluso personas y hasta una parte de tu vida permanezca en blanco en tu mente; sin embargo me emociona cuando me recibes en la puerta de tu casa con un abrazo mientras esos ojos pequeños se alegran y esbozas esa sonrisa tuya tan especial que todo lo ilumina.
Me gusta verte así, jovial pese a todo, con la risa presta, tu figura elegante y fuerte, tus enseñanzas… ¡es tanto lo que tengo que agradecerte!: de ti aprendí mucho de lo que sé; me hiciste fuerte ante los golpes, comprendiste las inquietudes y las desesperanzas de mi vida en momentos clave en los que solo confié en ti, supiste entenderme y calmarme, heredé de ti esa curiosidad que nos hace estar pendientes, hambrientos de aprendizaje, de ser más, de mirar a nuestro alrededor con ojos críticos, de ser valientes para seguir adelante en los momentos más duros, de soportar las insolencias y las intemperancias de pobres gentes que dañan con sus palabras… pero sobre todo aprendí el valor del esfuerzo, del trabajo, que la existencia tiene un precio y nadie regala nada, que hay que crecer como personas, que hay que seguir adelante ante los envites de la vida, que el mundo no se detiene con tus penas y la gente tampoco quiere escucharlas.
A pesar de tu avanzada edad, de tu precaria salud, de tu viudez, de tu soledad, sigues siendo el hombre fuerte de siempre, aseado, siempre perfumado; no te quejas y tampoco reclamas atención, pero te ha empeorado el carácter, cosa que entiendo natural con tantas dolencias, y que a veces te asemeja a esos viejos enfadados con el mundo, que protestan por todo y no saben o no quieren ver el lado amable de la vida, tú que hiciste de la positividad tu bandera, ¡qué paradoja!.
Tus horas transcurren entregado a la lectura, los periódicos y los debates televisivos relacionados con noticias de actualidad son tus pasatiempos favoritos, además de algún breve paseo al pueblo para caminar un poco, hacer alguna compra y tomar café, ese vicio heredado de tu padre y que también han adquirido mis hijos.
Te veré mañana y el fin de semana en mis consabidas visitas de cinco a ocho de la tarde y en ese tiempo intentaré llenar tu vacío con mi verborrea; hablaremos de política, de nuestra vida, de mi trabajo, de las cosas banales de cada día…, lo que sea con tal de seguir manteniendo atenta tu curiosidad, y cuando salga de casa sé que me estallará la cabeza de tanto parloteo porque solo he pretendido llenar esas tres horas por ti y para ti. Cuando me vaya cerrarás la puerta despacio, no sin antes agitar la mano en el umbral de la casa a modo de despedida; luego continuarás con una soledad que se paliará un poco con el recuerdo de nuestra reciente conversación.
Mª Soledad Martín Turiño
Me duele ver tus ojos hundidos y empequeñecidos, me apena ver como tu cabellera disminuye y se convierte en una fina capa de pelo perfectamente rasurado que deja algunas calvas canas. Me conmueve cuando caminas a mi lado y me aferro a tu brazo sujetándote debido a tu andar lento e inestable porque, pese a que en tu mente te sientes fuerte, sin embargo el cuerpo no te responde. Me apena que no recuerdes cosas, que se te hayan olvidado fechas, acontecimientos, incluso personas y hasta una parte de tu vida permanezca en blanco en tu mente; sin embargo me emociona cuando me recibes en la puerta de tu casa con un abrazo mientras esos ojos pequeños se alegran y esbozas esa sonrisa tuya tan especial que todo lo ilumina.
Me gusta verte así, jovial pese a todo, con la risa presta, tu figura elegante y fuerte, tus enseñanzas… ¡es tanto lo que tengo que agradecerte!: de ti aprendí mucho de lo que sé; me hiciste fuerte ante los golpes, comprendiste las inquietudes y las desesperanzas de mi vida en momentos clave en los que solo confié en ti, supiste entenderme y calmarme, heredé de ti esa curiosidad que nos hace estar pendientes, hambrientos de aprendizaje, de ser más, de mirar a nuestro alrededor con ojos críticos, de ser valientes para seguir adelante en los momentos más duros, de soportar las insolencias y las intemperancias de pobres gentes que dañan con sus palabras… pero sobre todo aprendí el valor del esfuerzo, del trabajo, que la existencia tiene un precio y nadie regala nada, que hay que crecer como personas, que hay que seguir adelante ante los envites de la vida, que el mundo no se detiene con tus penas y la gente tampoco quiere escucharlas.
A pesar de tu avanzada edad, de tu precaria salud, de tu viudez, de tu soledad, sigues siendo el hombre fuerte de siempre, aseado, siempre perfumado; no te quejas y tampoco reclamas atención, pero te ha empeorado el carácter, cosa que entiendo natural con tantas dolencias, y que a veces te asemeja a esos viejos enfadados con el mundo, que protestan por todo y no saben o no quieren ver el lado amable de la vida, tú que hiciste de la positividad tu bandera, ¡qué paradoja!.
Tus horas transcurren entregado a la lectura, los periódicos y los debates televisivos relacionados con noticias de actualidad son tus pasatiempos favoritos, además de algún breve paseo al pueblo para caminar un poco, hacer alguna compra y tomar café, ese vicio heredado de tu padre y que también han adquirido mis hijos.
Te veré mañana y el fin de semana en mis consabidas visitas de cinco a ocho de la tarde y en ese tiempo intentaré llenar tu vacío con mi verborrea; hablaremos de política, de nuestra vida, de mi trabajo, de las cosas banales de cada día…, lo que sea con tal de seguir manteniendo atenta tu curiosidad, y cuando salga de casa sé que me estallará la cabeza de tanto parloteo porque solo he pretendido llenar esas tres horas por ti y para ti. Cuando me vaya cerrarás la puerta despacio, no sin antes agitar la mano en el umbral de la casa a modo de despedida; luego continuarás con una soledad que se paliará un poco con el recuerdo de nuestra reciente conversación.
Mª Soledad Martín Turiño
















Gonzalo Julián | Viernes, 22 de Noviembre de 2019 a las 23:29:02 horas
Enhorabuena por el artículo y por la sensibilidad, gratitud y amor que transmite.
Enhorabuena, también y sobre todo, por tener "ese padre". Sus olvidos, que tanto me recuerdan a los que empiezo a tener, nunca te llegarán, María Soledad... porque su mirada, cuanto menos, siempre te trasmitirá su gratitud, orgulloso de su hija.
Un abrazo y os deseo que "os disfrutéis" mucho tiempo aún.
Accede para votar (0) (0) Accede para responder