ME QUEDA LA PALABRA
Los enemigos del progreso de Zamora
No soy, ni tan si quiera, persona escéptica. Más bien no creo en nada. Ni en Dios, que si se me apareciera, le diría dos cosas a la cara. Amo la política, pero me caen muy mal los políticos profesionales. Ni tan si quiera los odio. Derechas e izquierdas engañan. Tales para cuales. Hay mucho conservador en la siniestra y demasiado socialdemócrata en la diestra. Punto. No quiero discutir sobre esta reflexión.
A lo que voy. Convencido estoy –después de lo escrito en ese primer párrafo, tengo mérito-que Zamora tiene enemigos internos, una quinta columna, que viene trabajando, desde siempre, para impedir su progreso. Esta tierra no es pobre, en absoluto. La han hecho pobre una alianza por el mal, un vínculo de malandrines de la política y del mundo económico y empresarial, a los que no les interesa que aumente la población, que la cultura alcance a las clases desposeídas, que haya trabajadores en las mismas cafeterías, cines, teatros, calles, centros públicos que utilizan esa falsa aristocracia, la del dinero y la res pública.
El objetivo de este neocaciquismo consiste en despoblar aún más las comarcas, para después adquirir terrenos a precios insultantes, para dedicarlos al ocio; impedir que la gente piense, porque el señor de haciendas y mentes piensa ya por nosotros, y repeler cualquier tipo de proyecto que busque Zamora y su provincia para instalarse y crear puestos de trabajo.
Su poder es tal que dominan medios de comunicación, alquilados al mejor postor; instituciones públicas, asociaciones empresariales y culturales. A través de la prensa y sus políticos han llegado a convencer a los ciudadanos que vivir en Zamora supone, entre otras ventajas, sosiego, tranquilidad, paz -la de los cementerios-; no hay prisa, se llegue a todos los sitios en un rato y la Semana Santa te eleva tanto el espíritu que llegas a levitar.
Pero hay una Zamora, la de los casi 11.000 parados, que no vive en paz, que no está tranquila, porque no encuentra un trabajo que le dé opciones para disfrutar de la vida, adquirir o alquilar una vivienda, divertirse los fines de semana, viajar, cenar en restaurantes o tomarse unos vinos de Toro en bares y cafeterías o ir al cine, incluso el día del espectador.
Hay una Zamora joven que se ha visto obligada a marcharse de su tierra, a dejar a sus amigos y a sus familias, porque tanta paz, cuando no se tiene nada que hacer, sabe a guerra, a conflicto bélico interior.
Hay una Zamora que no puede comprar ropa de temporada, que viste el mismo pantalón, chaqueta y camisa desde hace un lustro; jubilados que cobran la pensión más baja de España, ancianos en los pueblos, aislados, donde cualquier leve dolencia puede costarles la vida.
Hay una Zamora, harta de políticos que solo piden el voto cuando tocan elecciones y que después, en sus escaños en Senado y Congreso, percibiendo sueldos extraordinarios, muy superiores a los que corresponderían a sus profesiones, se olvidan de que aquí hay personas, casadas, solteras o divorciadas, jóvenes o mayores, que las pasan putas, para los que la vida resulta sucia, aburrida y fea.
Pero hay otra Zamora, la de los caciques, las de los politicastros, la de los empresarios especuladores, que impiden el progreso, que castran ilusiones, que abortan las esperanzas de muchos zamoranos, gente normal, sin grandes aspiraciones, que desean la transformación, la metamorfosis, el cambio profundo de esta sociedad anquilosada, pusilánime y estática. Los enemigos del progreso mandan en Zamora.
No soy, ni tan si quiera, persona escéptica. Más bien no creo en nada. Ni en Dios, que si se me apareciera, le diría dos cosas a la cara. Amo la política, pero me caen muy mal los políticos profesionales. Ni tan si quiera los odio. Derechas e izquierdas engañan. Tales para cuales. Hay mucho conservador en la siniestra y demasiado socialdemócrata en la diestra. Punto. No quiero discutir sobre esta reflexión.
A lo que voy. Convencido estoy –después de lo escrito en ese primer párrafo, tengo mérito-que Zamora tiene enemigos internos, una quinta columna, que viene trabajando, desde siempre, para impedir su progreso. Esta tierra no es pobre, en absoluto. La han hecho pobre una alianza por el mal, un vínculo de malandrines de la política y del mundo económico y empresarial, a los que no les interesa que aumente la población, que la cultura alcance a las clases desposeídas, que haya trabajadores en las mismas cafeterías, cines, teatros, calles, centros públicos que utilizan esa falsa aristocracia, la del dinero y la res pública.
El objetivo de este neocaciquismo consiste en despoblar aún más las comarcas, para después adquirir terrenos a precios insultantes, para dedicarlos al ocio; impedir que la gente piense, porque el señor de haciendas y mentes piensa ya por nosotros, y repeler cualquier tipo de proyecto que busque Zamora y su provincia para instalarse y crear puestos de trabajo.
Su poder es tal que dominan medios de comunicación, alquilados al mejor postor; instituciones públicas, asociaciones empresariales y culturales. A través de la prensa y sus políticos han llegado a convencer a los ciudadanos que vivir en Zamora supone, entre otras ventajas, sosiego, tranquilidad, paz -la de los cementerios-; no hay prisa, se llegue a todos los sitios en un rato y la Semana Santa te eleva tanto el espíritu que llegas a levitar.
Pero hay una Zamora, la de los casi 11.000 parados, que no vive en paz, que no está tranquila, porque no encuentra un trabajo que le dé opciones para disfrutar de la vida, adquirir o alquilar una vivienda, divertirse los fines de semana, viajar, cenar en restaurantes o tomarse unos vinos de Toro en bares y cafeterías o ir al cine, incluso el día del espectador.
Hay una Zamora joven que se ha visto obligada a marcharse de su tierra, a dejar a sus amigos y a sus familias, porque tanta paz, cuando no se tiene nada que hacer, sabe a guerra, a conflicto bélico interior.
Hay una Zamora que no puede comprar ropa de temporada, que viste el mismo pantalón, chaqueta y camisa desde hace un lustro; jubilados que cobran la pensión más baja de España, ancianos en los pueblos, aislados, donde cualquier leve dolencia puede costarles la vida.
Hay una Zamora, harta de políticos que solo piden el voto cuando tocan elecciones y que después, en sus escaños en Senado y Congreso, percibiendo sueldos extraordinarios, muy superiores a los que corresponderían a sus profesiones, se olvidan de que aquí hay personas, casadas, solteras o divorciadas, jóvenes o mayores, que las pasan putas, para los que la vida resulta sucia, aburrida y fea.
Pero hay otra Zamora, la de los caciques, las de los politicastros, la de los empresarios especuladores, que impiden el progreso, que castran ilusiones, que abortan las esperanzas de muchos zamoranos, gente normal, sin grandes aspiraciones, que desean la transformación, la metamorfosis, el cambio profundo de esta sociedad anquilosada, pusilánime y estática. Los enemigos del progreso mandan en Zamora.

















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