ZAMORANA
Otoño en el alma
Esta lluvia torrencial e incesante desde hace horas que parecen ser lágrimas de Dios limpia la ciudad y abate las hojuelas que permanecían inestablemente sujetas a sus ramas, y una a una van tapizando el suelo para convertirlo casi en una pista al resbalar el agua con el brillo del follaje.
Dios debe estar muy enfadado porque su llanto no cesa y, a buen recaudo tras los cristales, contemplamos el magnífico espectáculo guarecidos en la comodidad de nuestras casas como puerto seguro, en la dulce compañía de un buen libro y un humeante café; la música de fondo la ponen las gotas de agua que arrecian sin parar y golpean con firmeza las persianas cerradas.
En estos días lluviosos el alma se muestra proclive a la melancolía y a los dulces recuerdos, a veces pasan por la mente sin orden alguno, inconexos, y surgen rostros, frases o situaciones que vivimos un día y habíamos olvidado; otras veces son los sentidos los que nos retrotraen al pasado: un aroma, un contacto especial al estrechar las manos, alguien que pasa cerca y nos evoca a una persona conocida, una canción que nos marcó en la juventud y resuena a lo lejos… Resulta curiosa la forma en que la mente puede confundirnos, mezclando realidad y recuerdo; vivencia y ensoñación.
Hoy se diría que se han aliado los elementos para que detengamos un momento la celeridad con que vivimos y nos paremos siquiera unos minutos a meditar en silencio, a vaciar la mente de ruidos y artefactos, a comprobar en qué punto de la existencia nos encontramos, en valorar lo bueno, en perdonar, en recuperar las amistades perdidas en el tiempo… tal vez el propósito de este día lluvioso que impide salir a la calle sea hacer una introspección para poner las cosas en orden; limpiando todo lo tóxico, lo que sobra, para mantener tan solo lo imprescindible, lo auténtico, porque aunque resulta costoso empezar, cuando se termina la tarea, se produce una catarsis de la que salimos renovados.
A lo lejos llega el sonido de una melodía desconocida, sin embargo sus notas me embriagan hasta el punto que agudizo el oído para intentar descifrar la letra. En los retazos deshilvanados descubro que se trata de una canción de amor y ausencia entonada por alguien que, con voz quejumbrosa, lamenta una pasión perdida y pienso casi sin querer en los amores, decepciones, ilusiones y tormentos que nos han pasado de cerca, en cómo los encajamos, en que siempre suele haber arrepentimiento por las palabras que no se dijeron o los silencios que debieron producirse.
El pasado no puede repetirse, pero en ocasiones llega a nosotros para hacernos recapacitar sobre conductas modificables. En esta tarde lluviosa me propongo escribir un presente sin remordimientos.
Mª Soledad Martín Turiño
Esta lluvia torrencial e incesante desde hace horas que parecen ser lágrimas de Dios limpia la ciudad y abate las hojuelas que permanecían inestablemente sujetas a sus ramas, y una a una van tapizando el suelo para convertirlo casi en una pista al resbalar el agua con el brillo del follaje.
Dios debe estar muy enfadado porque su llanto no cesa y, a buen recaudo tras los cristales, contemplamos el magnífico espectáculo guarecidos en la comodidad de nuestras casas como puerto seguro, en la dulce compañía de un buen libro y un humeante café; la música de fondo la ponen las gotas de agua que arrecian sin parar y golpean con firmeza las persianas cerradas.
En estos días lluviosos el alma se muestra proclive a la melancolía y a los dulces recuerdos, a veces pasan por la mente sin orden alguno, inconexos, y surgen rostros, frases o situaciones que vivimos un día y habíamos olvidado; otras veces son los sentidos los que nos retrotraen al pasado: un aroma, un contacto especial al estrechar las manos, alguien que pasa cerca y nos evoca a una persona conocida, una canción que nos marcó en la juventud y resuena a lo lejos… Resulta curiosa la forma en que la mente puede confundirnos, mezclando realidad y recuerdo; vivencia y ensoñación.
Hoy se diría que se han aliado los elementos para que detengamos un momento la celeridad con que vivimos y nos paremos siquiera unos minutos a meditar en silencio, a vaciar la mente de ruidos y artefactos, a comprobar en qué punto de la existencia nos encontramos, en valorar lo bueno, en perdonar, en recuperar las amistades perdidas en el tiempo… tal vez el propósito de este día lluvioso que impide salir a la calle sea hacer una introspección para poner las cosas en orden; limpiando todo lo tóxico, lo que sobra, para mantener tan solo lo imprescindible, lo auténtico, porque aunque resulta costoso empezar, cuando se termina la tarea, se produce una catarsis de la que salimos renovados.
A lo lejos llega el sonido de una melodía desconocida, sin embargo sus notas me embriagan hasta el punto que agudizo el oído para intentar descifrar la letra. En los retazos deshilvanados descubro que se trata de una canción de amor y ausencia entonada por alguien que, con voz quejumbrosa, lamenta una pasión perdida y pienso casi sin querer en los amores, decepciones, ilusiones y tormentos que nos han pasado de cerca, en cómo los encajamos, en que siempre suele haber arrepentimiento por las palabras que no se dijeron o los silencios que debieron producirse.
El pasado no puede repetirse, pero en ocasiones llega a nosotros para hacernos recapacitar sobre conductas modificables. En esta tarde lluviosa me propongo escribir un presente sin remordimientos.
Mª Soledad Martín Turiño

















Anónima | Jueves, 05 de Diciembre de 2019 a las 10:37:39 horas
Cada estación evoca un sentimiento tan diferente... Gracias por ser capaz de expresar esas sensaciones. Feliz invierno
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