Miércoles, 21 de Enero de 2026

Eugenio de Ávila
Domingo, 08 de Diciembre de 2019
ME QUEDA LA PALABRA

España, nación sumida en el surrealismo político

Profetizó Engels algo así como que en el futuro se pasaría del gobierno de los hombres (política) a la gestión de las cosas (economía). El capitalista de Marx, el compilador de su caótica obra, no nos dijo cuándo llegaría ese futuro. Creo, cuestión de fe, que, ha tiempo, las sociedades avanzadas deberían ser dirigidas desde la razón, el talento, y la inteligencia. Los mediocres han acabado con la política, al guiarse por sus vísceras, por sus sentimientos, por sus filias y fobias. El político, de derecha, de izquierdas o medio pensionista, no tiene ideas, pero hace proselitismo de su ideología y promete al pueblo, estabulado, desabastecido intelectualmente por tantas televisiones, siempre al servicio del poder, darle lo que es imposible, favorecerle con sus políticas, señalarle cuál es el enemigo.

 

Los de izquierdas, si pudieran, acabarían con las derechas, cerrarían todos sus medios de comunicación y prohibirían sus formaciones. Los de derechas, como viven amedrantados porque creen en su inferioridad moral, gobiernan como si fueran de izquierdas: Montoro subió los impuestos de tal manera que los convirtió en confiscatorios. Ni un comunista se hubiera atrevido a tanto. Los políticos de derechas carecen de ideología. No militaron en partidos de izquierdas más por estética que por ética. No obstante, conozco a gente del PP, aquí, en Zamora, que se hubieran nacido y vivido en Andalucía, tendrían el carné del PSOE, y si su nacencia hubiese sido en el País Vasco, del PNV. Hay personas que les da igual defender una idea o su contraria. Lo importante es vivir de la res pública y, cuanto más tiempo, mucho mejor, casi del pañal a la mortaja.

 

Reconozco de los conservadores gestionan mejor el Estado que los “progres”. Pero, durante la administración de las cosas públicas, algunos derivan millones de euros para sus bolsillos. El partido no es el primer beneficiado con la corrupción, sino la persona, el individuo. Hubo socialistas, los hay, en Andalucía –ahí están los célebres EREs- que repartieron la pasta entre sus afines y sin miramientos.

 

Convencido estoy  que el PSOE y el resto de partidos de izquierdas necesitan un PP corrupto como chivo expiatorio, con el objetivo de señalarlo como la causa de todos los males de España. Cuando joven, pensé que la izquierda se distinguía de la diestra por un código ético. Después, el felipismo me desveló la verdad. Porque el problema de la gobernanza de esta nación –país para los progres, Estado para el franquismo- consiste en que las políticas económicas de unos y de otros suelen parecerse como una gota de agua del Duero a otra del Tormes. Las diferencias deberían haberles marcado el talante y el talento, la ética y la moral, la teoría y la praxis.

 

Veamos: Felipe González aplicó políticas impropias de un socialista clásico. Recuerdo: gato blanco o gato gris, lo importante es que cace ratones. Frase copiada de un dirigente chino comunista. Traduzco: da igual la política, la izquierda o la derecha, lo que valora es la gestión. Mejor educación, para todos; sanidad extraordinaria, equidad entre gastos e ingresos, bajar impuestos a las clases medias y trabajadores y que paguen los que más tienen.

 

Rajoy y su chica, la ínclita Soraya, nombre de mujer del Sha de Persia, nos machacaron a impuestos a la gran mayoría de los ciudadanos, a la mesocracia, propio de políticos muy la izquierda de la izquierda. El PP transigió con leyes como la de Memoria Histórica (oxímoron) y Aborto. Por lo tanto, no gobernaron para quiénes les votaron, un sector amplio de clases medias y burguesía, y algún obrero despistado, sino como su presunto enemigo.

 

González tampoco gobernó para el pueblo, sino para ejecutar las grandes transformación que el gran capital europeo y  norteamericano exigieron para entrar en la U.E. Zapatero gastó dinero como si nos sobrase, con el ridículo Plan E; eso sí, hizo creer a los seguidores socialistas que él era muy de izquierdas con tener un abuelo republicano -¿Y el otro?-,  la Memoria Histórica y el Aborto, propuestas ideológicas, escondían  lo que distingue a los partidos de izquierda y derechas, sus políticas económicas.

 

¿Son de izquierdas partidos que no realizaron profundas reformas agrarias en los dos territorios con mayores latifundios de España, como son Extremadura y Andalucía? ¿Son de izquierdas partidos que gobiernan con el consenso de formaciones racistas como PNV y los catalanes secesionistas?

 

Se es de izquierdas cuando se vive como una persona de izquierdas, nunca jamás como un burgués, un millonario. Un partido es de izquierdas cuando protege a los más desfavorecidos, incluso a la pequeña burguesía, comerciantes, agricultores, autónomos, y se castiga al militante corrupto, ladrón, prevaricador y mentiroso,  y la herencia de cada cual que se deje al Estado.

 

Para ser de izquierdas, como para todo cristiano, hay que cumplir con una serie de mandamientos éticos, predicar con el ejemplo, coherencia con la ideología y las creencias. Ya vale de tanta hipocresía.

 

Ahora, en breve, Pedro Sánchez, la última excrecencia de lo que fue el PSOE, será investido como presidente del Gobierno por un partido que odia a España, desde su fundación, desde el Estat Catalá, los escamots (fascistas catalanes), pasando por el golpe de Estado contra la República, el 6 de octubre de 1934, hasta este presente, cuando el Estado español se halla más debilitado. Un tío que se encuentra en la cárcel, porque la Justicia dictó sentencia, decidirá quién debe gobernar a los españoles. ¡Qué locura de nación! ¡Qué partidos políticos tan siniestros! ¡Qué mediocridad administra nuestros impuestos!

 

Derechas que no lo son, cobardes hasta sangrar; izquierdas, que nunca aplicaron políticas igualitarias cuando gobernaron; dirigentes sectarios, politicastros inútiles en una España a la deriva, que padece una democracia de cartón piedra, en la que la mentira se ha convertido en verdad, y la bondad en conducta de tonto. España, una nación sumida en el surrealismo político.

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