NOCTURNOS
Amar de noche, cópula de luna
Ahora, cuando se nos muere este diciembre, mes del solsticio de invierno, me dio por hacer balance de los besos de mi vida. Y, entre otras conclusiones de menor importancia, acordé conmigo mismo que casi siempre acaricié los labios de una mujer con los míos, con dulzura, pero también con pasión, cuando la luna decoraba el escenario de ese cielo tembloroso, cuando las estrellas cotilleaban con sus palabras de luz, con su titilar de guiños.
Cuando se ama de noche, el alma se olvida del cuerpo para levitar sobre el placer. De día, el amor sabe a nata de nada, a néctar de cardo, esqueleto de mariposa. Yo no sé amar a la luz del sol. Pero soy doctor en acariciar una epidermis femenina cuando Selene platea mi barba, ilumina mi boca y humedece mi lengua. El amor como las palabras se hace poesía cuando la soledad, la mía; la luna, la amante del sol, y el silencio desafía al ruido.
Cuando escribo a la luz del día, mi carne habla, mis huesos conversan, mis vísceras dicen. Cuando escribo a la sombra de la luna, las palabras surgen de la alcoba de mi esencia, donde se siente, se palpita, y se colorean en el óleo de la pasión. El amor se muere al alba, pero renace cuando el sol se moja su cabello de oro en el agua salada del Atlántico. Amar y morir son dos verbos que se conjugan cuando al día se le coloca del revés. Besar unos labios femeninos con perfume de Selene, amar de noche, cópula de luna. Y la Vía Láctea de mi cuerpo selenita eyacula.
Ahora, cuando se nos muere este diciembre, mes del solsticio de invierno, me dio por hacer balance de los besos de mi vida. Y, entre otras conclusiones de menor importancia, acordé conmigo mismo que casi siempre acaricié los labios de una mujer con los míos, con dulzura, pero también con pasión, cuando la luna decoraba el escenario de ese cielo tembloroso, cuando las estrellas cotilleaban con sus palabras de luz, con su titilar de guiños.
Cuando se ama de noche, el alma se olvida del cuerpo para levitar sobre el placer. De día, el amor sabe a nata de nada, a néctar de cardo, esqueleto de mariposa. Yo no sé amar a la luz del sol. Pero soy doctor en acariciar una epidermis femenina cuando Selene platea mi barba, ilumina mi boca y humedece mi lengua. El amor como las palabras se hace poesía cuando la soledad, la mía; la luna, la amante del sol, y el silencio desafía al ruido.
Cuando escribo a la luz del día, mi carne habla, mis huesos conversan, mis vísceras dicen. Cuando escribo a la sombra de la luna, las palabras surgen de la alcoba de mi esencia, donde se siente, se palpita, y se colorean en el óleo de la pasión. El amor se muere al alba, pero renace cuando el sol se moja su cabello de oro en el agua salada del Atlántico. Amar y morir son dos verbos que se conjugan cuando al día se le coloca del revés. Besar unos labios femeninos con perfume de Selene, amar de noche, cópula de luna. Y la Vía Láctea de mi cuerpo selenita eyacula.

















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