Eugenio de Ávila
Jueves, 19 de Diciembre de 2019
COSAS MÍAS

Españolito, zamorano, que vienes al mundo…

[Img #32784]

Advertía, resignado, Antonio Machado aquello de “españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Adoro al poeta sevillano profundamente. Sus obras completas y las de su hermano Manuel las guardo en mi librería desde hace décadas. Me gusta hojearlas. Aprendo y me reconforta su lectura. Ahora bien, no estoy de acuerdo con el vate que casó con Leonor, en Soria, porque jamás hubo dos Españas, sino muchas.

Me atrevería a escribir que en cada español hay una España, una nación. Aquí no hay ocho, como dice, con perdón, el cantamañanas multimillonario de Iceta, sino unas 47 millones de naciones. Incluso hay, dentro de esos españolitos, unos dos millones que odian a España, los secesionistas, unos asesinos y otros golpistas, que, curiosamente, viven en dos de las regiones que alcanzaron mayores privilegios del Estado, antes, cuando Cánovas del Castillo y La Restauración, después, II República, dictadura de Franco, democracia, con Felipe, Aznar, Zapatero, Rajoy y ahora con Sánchez.

Los zamoranos dan por hecho que son españoles, aunque algunos badulaques manchasen, no ha mucho tiempo,  las paredes de la Subdelegación y otras fachas de edificios privados cual si fueran miembros de los CDR. Mis paisanos nunca se sintieron castellanoleoneses.  Puta mentira que emplean, con asiduidad, los políticos y los medios de comunicación premiados con la publicidad del ejecutivo autonómico.

Yo no puedo sentirme hombre y mujer a la vez, quizá si fuera hermafrodita. El zamorano no es castellano. Nunca lo fue. Si me apuras, leonés, y, ante todo, hijo de nuestra provincia. Lo de las autonomías constituyó el mayor error de la Transición, causa de grandes males que aquejan a la nación. Catalanes y vascos querían diferenciarse del resto. Los políticos diseñaron, en principio, un reparto territorial y administrativo  semejante en la forma, si bien con profundas diferencias en el fondo.  Hubo café para todos, aunque de distintas calidades, achicoria y descafeinado. Y se fastidió el invento. Las grandes autonomías dieron lugar a enormes bolsas de corrupción. Empírico. Hasta el inmaculado PNV, hijo del mayor racista conocido, más incluso que el monstruo de Hitler, también cobijaba golfos.

Expresado lo anterior, me atrevería a escribir, con la misma tristeza que Machado, parafraseándolo: “Zamoranito que vienes al mundo te guarde Dios, el ejecutivo de la Junta de Castilla y León (Valladolid y Burgos) ha de congelarte en el tiempo, ningunearte, reírse de ti y obligarte a emigrar lejos de las fronteras provinciales”.

Carece de sentido común y político que haya autonomías uniprovinciales, aunque, sin duda, los ciudadanos de La Rioja, Murcia, Navarra y Asturias hayan salido muy beneficiados. Un jacobino, persona de izquierdas, nunca  admitiría un Estado de las Autonomías, estupidez supina, propia de una España sin hombres de Estado, sin políticos de fuste, que piensen más allá de su partido, de su ideología, y piensen en grande: libertad, igualdad y justicia para cada ciudadano, que, a su vez, respete la Carta Magna.

No es tarde para que se vuelva al cantonalismo que colapsó la I República. De ser así, Zamora se convertirá en cantón independiente. Y así lo pedirán Benavente y Toro. Y, puestos a exigir, barrios como San José Obrero, Los Bloques y Pinilla se rebelarán contra el centralismo del centro de la ciudad. Y después conoceremos calles, callejones, rúas, plazas y plazuelas secesionistas, para concluir en edificios-nación y, en su nivel máximo de independencia, en viviendas-estado.

“Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra España que bosteza”. Sí, ya hay un zamorano que quiere vivir y a vivir empieza,  entre una España, la de Zamora, moribunda, y una España apática y pusilánime. A no tardar, las cigüeñas se irán de nuestra ciudad por falta de trabajo. Nadie querrá nacer ya en Zamora. Quizá regresar para morir entre la niebla del Duero.

Son mis consideraciones, taciturnas, lúgubres y atribuladas cuando el solsticio de invierno se convierte en Navidad. Después, crecerá los días en detrimento de la oscuridad. Ojalá que los hijos de la luz venzan esta batalla por el porvenir de España y de nuestra tierra. Confieso mi realismo antropológico.

 

Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.53

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

El Día de Zamora

Ir al contenido
Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.