ZAMORANA
Reflexiones post navideñas
Ya ha pasado la Navidad, los Reyes, los pertinaces anuncios de perfumes y juguetes que nos han minado hasta el último resquicio de la mente, las comidas, las cenas, los cotillones y las consabidas obligadas reuniones familiares. Por fin pasamos página y llega un año que, como todos, comienza con la sana idea de realizar esos buenos propósitos que con mejor intención creemos que vamos a llevar a término, pero que se apagarán con el transcurso de unos pocos meses: dejar de fumar, aprender un idioma, caminar más, quedar con los amigos… sin embargo empezar un año no es más que arrancar una hoja del calendario y poner la siguiente; siguen siendo los mismos días, los mismos problemas, las mismas ilusiones o las mismas faltas de coherencia con las que hemos convivido el año anterior y el otro y el otro; en resumen, un nuevo año no es más que una sucesión de días que se enlazan.
La familia regresa a su casa, los viajeros se van, los padres mayores a los que trajimos para pasar las fiestas y, de paso, hacerles el chequeo médico anual, una vez que han visto la iluminación de la ciudad, les hemos llevado a un centro comercial que les apabulla mientras contemplan absortos tiendas y luces, vuelven a su pueblo con los deberes hechos y nos dejan una anhelada paz hasta el próximo puente o el verano que les veremos de nuevo.
Tenemos una resaca física y también mental; muchos deseamos que torne la rutina, así que guardamos en el altillo del armario los adornos, las bolas, el belén, el árbol y los espumillones; limpiamos la casa y nos preparamos para pasar las páginas del calendario que nos van preparando los grandes almacenes: periodos comerciales y crematísticos que son las señas de identidad por las que van corriendo los meses: ahora las rebajas, después S. Valentín, luego bodas y comuniones… todo está previamente perfilado, solo hemos de seguir el camino que nos marcan; resulta fácil y muy conveniente porque todo va ligado a un consumo voraz del que no podemos despegarnos por mucho que lo intentemos a fuerza de insistencia y presión social.
Sin embargo hoy quiero detenerme siquiera un momento en algo que inevitablemente a todos nos ha ocurrido, quiero pensar en mi costumbre de brindar “por los que estamos y por los que faltan” cuando levanto mi copa en Navidad; pienso en la silla dolorosamente vacía o que ahora ocupan otros, en los que se fueron para siempre, en las amistades que se quedaron por el camino tal vez por no cuidarlas porque la amistad, como el amor, hay que pelearla cada día so pena de perderla. Pienso también en los amores pasados, en la infancia que ahora se ve muy lejana, en aquella hermosa adolescencia que nos abrió los ojos y los sentidos a la vida, en la ingenuidad, en la pureza, en el primer amor… en esos recuerdos que llevamos encerrados con llave en un cajón de la mente y se cuelan en algún momento desbordando por completo un montón de sensaciones. Las fechas navideñas son proclives a estos pensamientos, al menos en mi caso, y he de luchar cada año por reprimir las lágrimas cuando llegan estas reflexiones románticas y agridulces.
Sí, la Navidad se acabó –al menos este año- y hemos sobrevivido a las reuniones no deseadas, las conversaciones manidas, las pequeñas inquinas y esos problemas que quedan sin resolver en muchas familias y se hacen más patentes que nunca en estas reuniones. Ahora, cada cual regresará a su rutina y la vida volverá a ser igual…. al menos hasta las próximas navidades.
Mª Soledad Martín Turiño
Ya ha pasado la Navidad, los Reyes, los pertinaces anuncios de perfumes y juguetes que nos han minado hasta el último resquicio de la mente, las comidas, las cenas, los cotillones y las consabidas obligadas reuniones familiares. Por fin pasamos página y llega un año que, como todos, comienza con la sana idea de realizar esos buenos propósitos que con mejor intención creemos que vamos a llevar a término, pero que se apagarán con el transcurso de unos pocos meses: dejar de fumar, aprender un idioma, caminar más, quedar con los amigos… sin embargo empezar un año no es más que arrancar una hoja del calendario y poner la siguiente; siguen siendo los mismos días, los mismos problemas, las mismas ilusiones o las mismas faltas de coherencia con las que hemos convivido el año anterior y el otro y el otro; en resumen, un nuevo año no es más que una sucesión de días que se enlazan.
La familia regresa a su casa, los viajeros se van, los padres mayores a los que trajimos para pasar las fiestas y, de paso, hacerles el chequeo médico anual, una vez que han visto la iluminación de la ciudad, les hemos llevado a un centro comercial que les apabulla mientras contemplan absortos tiendas y luces, vuelven a su pueblo con los deberes hechos y nos dejan una anhelada paz hasta el próximo puente o el verano que les veremos de nuevo.
Tenemos una resaca física y también mental; muchos deseamos que torne la rutina, así que guardamos en el altillo del armario los adornos, las bolas, el belén, el árbol y los espumillones; limpiamos la casa y nos preparamos para pasar las páginas del calendario que nos van preparando los grandes almacenes: periodos comerciales y crematísticos que son las señas de identidad por las que van corriendo los meses: ahora las rebajas, después S. Valentín, luego bodas y comuniones… todo está previamente perfilado, solo hemos de seguir el camino que nos marcan; resulta fácil y muy conveniente porque todo va ligado a un consumo voraz del que no podemos despegarnos por mucho que lo intentemos a fuerza de insistencia y presión social.
Sin embargo hoy quiero detenerme siquiera un momento en algo que inevitablemente a todos nos ha ocurrido, quiero pensar en mi costumbre de brindar “por los que estamos y por los que faltan” cuando levanto mi copa en Navidad; pienso en la silla dolorosamente vacía o que ahora ocupan otros, en los que se fueron para siempre, en las amistades que se quedaron por el camino tal vez por no cuidarlas porque la amistad, como el amor, hay que pelearla cada día so pena de perderla. Pienso también en los amores pasados, en la infancia que ahora se ve muy lejana, en aquella hermosa adolescencia que nos abrió los ojos y los sentidos a la vida, en la ingenuidad, en la pureza, en el primer amor… en esos recuerdos que llevamos encerrados con llave en un cajón de la mente y se cuelan en algún momento desbordando por completo un montón de sensaciones. Las fechas navideñas son proclives a estos pensamientos, al menos en mi caso, y he de luchar cada año por reprimir las lágrimas cuando llegan estas reflexiones románticas y agridulces.
Sí, la Navidad se acabó –al menos este año- y hemos sobrevivido a las reuniones no deseadas, las conversaciones manidas, las pequeñas inquinas y esos problemas que quedan sin resolver en muchas familias y se hacen más patentes que nunca en estas reuniones. Ahora, cada cual regresará a su rutina y la vida volverá a ser igual…. al menos hasta las próximas navidades.
Mª Soledad Martín Turiño
















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